We had it all. Lo teníamos todo. Vivíamos en el paraíso sin saber que vivíamos. Nos rodeábamos de mar y sin embargo no nos cansamos lo suficiente como quien vive sin saber que un día las cosas se acaban, y a nosotros se nos acababa el tiempo. No nos cansamos como debimos. No nos quemamos de la manera en que suelen quemarse dos humanos juntos. Vivimos con demasiada libertad cada día que iba llegando sin contar las horas ni escuchar las manecillas del reloj y ya no sé si eso es bueno o malo. Nos divertimos como suelen hacerlo los niños antes de tropezar con los cordones sin amarrar. A lo mejor me quise quemar contigo pero fue el sol quien lo hizo en la playa. Quería que fueras tú para tener suficiente. Que un día, de la nada, me levantara y dijera «ya no más», pero no me bastó con las mañanas que desperté a tu lado. Lo teníamos todo y no lo agotamos. Flotamos, ciegos, inadvirtiendo el futuro con esta manera nuestra de extrañarnos porque no nos besamos lo suficiente, no nos arrojamos al mar las veces que fueran necesarias hasta que la sal nos secara la piel. No te miré tantas veces como pude, como quise. No te rodeé hasta el tedio con mis brazos flacos para que me protegieras de una caída. Todo venía y luego se iba como el viento y tú y yo éramos dos fantasmas en el tiempo lento de los mortales. Eras vino y no te bebí lo suficiente hasta embriagarme. Mi postre en la tarde, mi flan de sobremesa y no te repetí tantas veces hasta que el azúcar me helara la sangre. En la embriaguez de tu licor me hubiera frenado, pero fuiste vino que nunca terminé de beber porque el tiempo me lo arrebató de los labios como un animal violento. Necesitaba cansarme de ti pero no te agoté, no te besé hasta el cansancio porque creí ver al tiempo estirarse como la piel sobre los huesos cuando en realidad a la mañana siguiente te perdía. A lo mejor un día despertaba y ya no eras tú con un beso precipitado en mi frente antes de irte al trabajo. Ya no eras tú llegando a las doce. Ya no eras tú en el paraíso; en mi paraíso ilusorio de cielo exento y la infinidad del mar a cincuenta metros de nuestros pies descalzos. A menos de un metro te tenía siempre y ese también era mi paraíso. Pero una mañana te perdía y yo con mi copa de vino a punto de estallarse en mis labios ya rotos te dije adiós. Una herida sobra otra. Qué adiós tan a medias, tan mediocre, tan fracturado, tan escéptico, porque en el fondo te rogaba «no te vayas» y porque el adiós que más duele es el que nunca quiere darse, pero te fuiste y me quedé incompleta con un sentimiento inconcluso que nunca se esfumó. Hoy todo lo que sumo es lo que nunca me restó de ti con tu cariño incompleto. Siempre me faltó algo más: un beso más, un abrazo más, un día más para volver a hacerte el amor, una canción más para volvértela a bailar, una tormenta más para aferrarme más a ti, una noche más para llorarte con mi angustia infantil y decirte que te voy a extrañar. Siempre más. Más mar, más vino, más flan, más sal, más cielo, más horas, más tiempo, más todo, hasta el tope, hasta el pico, hasta el final... pero solo me quedó tu copa de vino a medio terminar.