martes, 22 de enero de 2019

Niña roja

Lo he escrito todo en mi mente. Nuestra historia, los momentos, el principio, el dolor. Lo he registrado en mi mente. Jamás aquí. Porque no, no hay palabras, no hay manera de descifrarlo. En mi mente lo plasmé con sentimientos, con el verdadero peso y valor de las cosas, con lo que me sacudía y me movía. Con el verdadero significado de las lágrimas, de las risas, del tacto, de las ganas. Nunca bastará con palabras. Nunca con letras.

¿Qué puedo ser yo, frente a ocho años? Nada, absolutamente nada. No puedo creer en mí. No puedo creer en lo que pueda significar para él, para el hombre que más quiero, al lado de sus ocho años de relación. Yo y mi insoportable complejo de pequeñez. Yo y mis descolgamientos, yo y mi opacidad inventada. No puede ser. No puede ser que esto me esté pasando así, cada vez de una forma más tremenda, más desgarradora y lloro. Lloro, lloro, lloro, como si todo mi ser se me escapara en cada lágrima. Lloro y no puedo parar.


No tengo cabida. No hay espacio para lo poco que pueda ser yo. Quería ser ella. Quería ser esos ocho años, ese amor desesperado, sufrido, estoico en su momento. Esto, no. Estos momentos contados, no. Esta impuntualidad. Este reloj retardado. Esta maldita manía de llegar siempre tarde. Cada palabra dolía, cada cosa que me decía al oído, mientras yo, sentada tiesa en sus piernas, me derrumbaba por dentro como un castillito de arena. Las incontables lágrimas que me empaparon segundos después eran el mar salado.


Me abrazas, me gritas, me levantas del baño, me ves los rasguños, me abrazas, me besas, me gritas otra vez. Qué noche tan rara. Qué horas más extrañas. Qué picos intensos. Qué océano de sentimientos en el que me he sumergido contigo en este bar de luces amarillas. Tantas cosas. Tanto desenfreno en estas horas. Grito, dejo que me beses sin besarte, te lloro, me duelen los rasguños, escucho una canción, te abrazo, te deseo, me embriago un poco, me aparto, te beso, te busco, lloro, lloro...


No puedo creer en mí.


Nebulosa. Mi mente es bruma y no sé qué hago aquí. Siento que sobro. Que estoy de más. Que estoy de adorno al lado de esos ocho años. Un fantasma para mí, alguien de quien no sé ni su nombre, una silueta negra, intangible, extraña, tan ajena a mi vida, tan dueña de la tuya, tan esencial para ti. ¿Podré significar tanto algún día? Me río porque sé la respuesta. Sé que no. No puedes estar conmigo enteramente, entregarte a mí, como yo lo añoraría, porque eres incapaz de traicionar eso que aún llevas dentro y que conservas para ella. Qué triste. Qué corta me quedo yo ahí. Qué exigua yo, mi nombre, lo que soy, todo.


Qué insoportable levedad. Eso que soy. Algo sutil, algo que apenas germina, que si acaso roza, no deja vestigio aún. Algo que apenas se asoma a tu vida llena de cosas a las que yo no pertenezco. No correspondo ahí.


Me duele la cabeza de tanto llorar. Te quiero mucho. Me cuesta aceptar todo esto. Aunque digas que solo es tu pasado, que estás en tu presente, que me quieres mucho, que significo mucho, que te gusto mucho, que me estuviste buscando por años, que me creíste muerta, que quieres estar conmigo, que soy tu niña, que soy hermosa, que soy suficiente, que no diga bobadas... no puedo aceptar todo esto. No puedo aceptarme. Soy yo, soy yo, yo, yo...

-

Salimos del bar, por fin, después de que logro controlar el llanto y mi mente empieza a despejarse. Veo un poco mejor. Hemos hablado largo y tendido toda la tarde y noche. Me has explicado muchas cosas que en mi cabeza he almacenado en fracciones para después pensarlas y repensarlas en los momentos aislados de mis días, quizá. 


Claro que sé lo que voy a hacer. Aunque haya llorado mucho, aunque me sentí perdida, aunque te haya dicho que no sabía qué hacía ahí, aunque sentí rabia y aversión, ya sabía lo que iba a hacer antes de que me lo preguntaras. Yo ya lo sabía. Iba a quedarme contigo, claro que sí. Iba a seguir mi vida contigo. Esos ocho años los iba a apresar con mis manos y los iba a guardar para mí, en secreto. Los iba a atesorar como una gran incógnita, como una oquedad inmensa que ahora se abría a mi vida porque siempre querré saberlo todo y nada sobre esos ocho años. Ese ocho con forma de infinito me lo iba a quedar yo con mis preguntas y confabulaciones y haría lo posible por no volverlo a mencionar en voz alta. Porque aunque no te diga nada, siempre querré saberlo todo. Cómo fue, cómo eras, todo lo que sentías. Querré saberte todo: tu pensamiento, tu amor, tus mil lágrimas, tus ganas, tu ser, tu manera de andar. De ella también querré tener algo más que una imagen difusa, un concepto borroso indescifrable para mí. Querré saber cómo era, cómo vestía, cómo hablaba... pero tampoco querré saberlo. Ella es tuya, ella se queda contigo; conmigo, no.


¿Qué más iba a hacer yo con una cosa del pasado, con algo que ya no estaba ahí, que no era tu presente? No me lo iba a quedar para dejar que todo muriera ahí. Me lo iba a quedar para aprender a vivir con ello, porque si te quería, te quería con pasado y todo. Tal y como eras. Roto o no, herido o no, con ella o sin ella, con pasado o sin pasado. De cualquier forma, es cierto que yo había decidido estar contigo, y una persona dispuesta a estar con alguien ocho años mayor debe anticiparse a todo lo que pudo haberse vivido en tanto tiempo, y aceptarlo. De cualquiera forma, era tu verdad y habías decidido compartírmela abiertamente. Tu verdad y me la habías confiado, y eso era más valioso para mí. 


Caminamos un poco y nos detenemos a bailar en un rincón de la calle en plena oscuridad de la noche. Deben ser las diez o las once y no hay más público que nuestros propios cuerpos meciéndose con ternura.
 Ahí, en ese instante en el que te tengo de frente, te beso y lloro. Me secas las lágrimas y me dices que ya no llore más. Sé que te quiero. Sé que me va a seguir doliendo, que me va a costar, pero sé que quiero seguir teniéndote conmigo, en mi vida, en mis días, en mis mañanas cuando me despierto y sé que es un nuevo día y sigues ahí; en mis noches cuando me besas para despedirte y me dices muy bajito: te quiero, mi niña roja.