miércoles, 23 de mayo de 2018

John Doe


Lo vi. Vi a Andrés Coca-Cola en la calle. Así es, señores. Este mundo es un pañuelito. No es un pañuelo, es un puto pañuelito que termina encontrándote con las personas que menos quisieras ver. ¿O en realidad quería verlo? Quizás sí, pero no estaba preparada. Uno no se prepara para un reencuentro inesperado en la calle con la persona que te arrebató la vida en cuestión de segundos, y Andrés Coca-Cola lo había hecho impecablemente, sin fallo alguno.

Han pasado cuatro meses desde esa última llamada por teléfono. Cuatro meses de nuestra mutua y deliberada desaparición. Cuatro meses sin hablar, sin saber del otro, cuatro meses intentando olvidar y sanar, o por lo menos en mi caso. Y lo estaba logrando. De verdad lo estaba logrando. I was doing well, I swear. I was healing the grief in time, porque no es paja que el tiempo todo lo cura dependiendo de lo que hagas con él. Y yo me estaba curando. Había encontrado mil formas de olvidar y escapar. Bastaba con ver una foto suya para no sentir nada más que asco y unas ganas terribles de vomitar, aunque todavía tenía su imagen revoloteando en mi cabeza casi todo el tiempo. Todavía soñaba con él, sin quererlo. Todavía pronunciaba su nombre, todavía contaba mi historia, todavía lo recordaba, todavía lo maldecía.
-

Un día vas caminando en la calle mientras no piensas en nada. Eres otra persona, dolida y sanada. Y caminas, caminas entre multitud de personas que desconoces y no te conocen. Millones de caras sin nombre. Demasiados John y Jane Does. Pero me equivoco, porque sí había una sola cara con nombre y apellido. Camino y lo veo a lo lejos, con esa misma chaqueta roja que llevaba puesta la noche que lo conocí. Lo reconocí enseguida. Era él, tan él, con sus gafas y pelo negro. Con sus jeans de siempre, con su caminado soso. Andrés y yo íbamos a encontrarnos en algún punto si ambos seguíamos moviendo nuestros cuerpos a pesar de que estuviésemos en andenes distintos y nos separara una calle amplia, thank God. Lo observé mientras se acercaba desde las hojas de un árbol diminuto que, según yo, alcanzaban a ocultarme. Lo miré un segundo, quizás dos, tres, y después no más cuando descubrí que sabía que yo también estaba ahí. Después seguí caminando con la sensación de que se había girado para mirarme, quizá para ir detrás de mí hasta alcanzarme, tocarme el hombro y frenarme en seco con un: Maria. Pero está claro que eso solo iba a pasar en mi cabeza. 

No hablamos, no nos miramos directamente a los ojos, no hicimos ningún esfuerzo por frenarnos, por gritarnos, por berrear nuestros nombres, por cruzar la calle, por dejar el orgullo, por hablarnos frente a frente. Esas cosas solo pasan en las películas y mi vida no es una película, porque eso no pasó. Ambos continuamos nuestro camino de la misma forma en que habíamos continuado nuestra vida cuatro meses atrás porque ninguno de los dos era motivo para frenar la vida del otro al fin y al cabo. Andrés siguió su camino y yo el mío. En andenes opuestos, hacia direcciones opuestas, hacia destinos opuestos, como siempre. Como todo con él. Como mi corta relación con él, como me lo había insinuado la vida desde un principio: nunca íbamos a encontrarnos, incluso si Andrés y yo hubiésemos decidido en ese instante, diez segundos después, caminar hacia atrás para volver a ese segundo de vida que nos había tomado por sorpresa de nuevo.

Éramos líneas paralelas que se habían encontrado de la misma forma en que solo pueden encontrarse las líneas paralelas: encontrándose y no a la vez. Nada de intersecciones. Nada de ángulos perfectos de noventa grados. Nada de perpendicularidades que nos unieran por fin después de cuatro meses de curación y olvido. Cuatro meses y era como si enero hubiera terminado ayer. Cuatro meses y Andrés Coca-Cola acababa de decirme adiós por teléfono, antes de colgar.

Así como nos encontramos, así mismo nos desencontramos como dos paralelas que jamás intersectan por más que se prolonguen hacia el infinito. Por más que el tiempo pase y se lleve toda la mierda hasta que lo denso se convierta en plumas, por más que los días se extiendan y el viento levante el polvo, eso éramos Andrés Coca-Cola y yo: dos coplanares, dos vectores en un mismo plano que siempre mantendrían la misma distancia en este mundo de paralelismos e intersecciones. Algo de Geometría tenía que aprender que me sirviera para toda la vida.

Estaba viviendo un episodio de Black Mirror en el que de repente había encontrado a alguien del pasado a quien había bloqueado hace mucho tiempo. Y a una persona bloqueada no se le dirige la palabra, no le hablas, no le miras. Es sombra gris y blanca intermitente y su voz es un ruido sordo indescifrable. Ese era Andrés Coca-Cola aquel viernes en ese andén. Una puerta cerrada con llave, un recuerdo convertido en tumba, un nombre tapado con tierrita, un túmulo, una sombra blanca, gris, negra, una voz amortiguada, un extraño más, mi nuevo John Doe.

Si miráramos la escena desde lo alto de un helicóptero este sería el panorama: dos personas, A y C con un pasado en común rodeadas de perfectos extraños ignorantes de que ese mismo pasado sería lo que llevaría a A y C a no reconocerse en la calle o, mejor dicho, a ignorarse. A prolongar el bloqueo.
-

¿Pero qué le ibas a decir de todas formas? ¿Cómo ibas a empezar? “¡Hola!, ¿cómo estás?” o “Hola… ¿Cómo estás…?” , ¿o ibas a gritar su nombre en plan: ¡Andrés! E ibas a cruzar la calle corriendo, caminando como tonta? ¿Y si salía corriendo? ¿Y si no tenía tiempo para hablar? ¿Y si seguía derecho? ¿Y si te decía: “Maria Catalina, ¿cómo vas?” y se te caía el mundo a los pies? ¿Y si decía: “No quiero nada con vos” y te esquivaba? ¿Y si decía: “Vos no tenés nada que hacer aquí, permiso” y te apartaba? ¿Y si te dejaba ahí plantada, con la humillación cargando a los hombros? No, no podía. No podía arriesgarme así. Por eso seguí derecho, por eso hice como que no estaba pasando, como que nunca pasó. Él no iba a hacer nada y yo tampoco. Me había convertido en una persona nueva, me había reinventado por fin y tenía que aferrarme a ello. Aferrarme a mí, no a él. No podía soltar. Me había caído y me había sabido levantar yo solita. No iba a echar todo esto a la mierda para terminar de nuevo como estaba cuatro meses atrás: más rota que nunca. No iba a mandar todo mi progreso a la mierda de un momento a otro. Me había costado y ahí estaba caminando digna, tranquila, riéndome.

Claro que siempre lo tuve claro. Mi trabajo estaba demasiado cerca a su casa como para no encontrármelo algún día, pero no ese y en esa precisa hora, cuatro y media de la tarde, si mal no recuerdo. Ese día me habían cancelado la clase en una compañía y decidí regresar a la sede aunque llegase demasiado temprano para mi otra clase de siete y media. Es cierto que pude haberme quedado dando vueltas en algún centro comercial, es cierto que pude haberme quedado en alguna cafetería tomándome un café. Es cierto que mi bus pudo haberse tardado más o menos, para impedir ese vago reencuentro con Andrés Coca-Cola. Pero pasó, lo vi. Vi a Andrés Coca-Cola otra vez. Era él tan real e irreal a la vez. Tan olvidado y recordado, y tan importante que es aprender a querer y a no querer. Porque con el tiempo yo había aprendido a no quererlo. De todos modos, para mí era imposible querer a un John Doe, a un extraño más que ya no conocía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario