lunes, 28 de mayo de 2018

Tartrazine


La noche del jueves:
  1. Recibí un mensaje de Andrés Coca-Cola a las once y cuarenta.
  2. Yo estaba en la cocina.
  3. Hablamos por WhatsApp, como si cuatro meses no hubiesen pasado.
  4. Me dijo que nos viéramos al día siguiente.
  5. Llegué a mi casa a las tres y cuarenta de la mañana.
  6. No estaba soñando con Andrés Coca-Cola.
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La ciudad duerme y yo estoy despierta en el único carro que se desplaza por toda la Autopista. Estoy en el asiento delantero. Alzo los brazos y canto muy alto Smile Like You Mean It. No me importa que esté incomodando al Uber con mi voz disonante and I’m smiling, like I mean it. Son The Killers, al fin y al cabo, y soy yo en este carro a las dos y media de la mañana preguntándome si la chaqueta roja que llevo puesta es real, si las manos cálidas de Andrés Coca-Cola son las que se extienden para rodearme el cuello desde atrás y si es cierto que no se trata de otro de los sueños que llevo teniendo con Andrés Coca-Cola desde que dejamos de hablar.

No es un sueño. Somos él, yo y el conductor de Uber dirigiéndonos al McDonald’s de la 127 con Autopista mientras la ciudad reposa en un suspiro. La ciudad amodorrada y Andrés Coca-Cola y yo, como sacados de un cuento de un librito viejo, estamos despiertos uno al lado del otro, o mejor dicho, uno al frente del otro, porque le estoy robando besos para divertirme.

El McDonald’s de 24 horas estaba en mantenimiento y Andrés Coca-Cola y yo hemos terminado en el estacionamiento de una estación de gasolina comiendo cualquier cosa que nos quitara el hambre: él un perro caliente y yo unas papitas de limón con té Hatsu. Nos sentamos en una de las mesas. Cerca a nosotros hay un hombre viejo en pijama muy extraño, pero no le presto mucha atención. Hago ruido al morder las papitas, me divierto, me siento, por fin, libre. Me dice que nadie antes lo había llamado bastardo y ambos nos reímos. Me pregunta si sigo siendo vegana de mentiras, le digo que he olvidado su segundo apellido, él recuerda mi nombre completo, le digo que me dé una pista, él me dice que aparece en la Biblia, me da las primeras letras, B y A, yo le digo: Andrés Santafé BAstardo, y él se ríe. Veo al respaldo de mi paquete de papas la palabra tartrazina y le pregunto qué es. Me responde enseguida: un colorante amarillo número 5. Le digo que es un ñoño y él me dice que sus papas de pollo son más saludables porque no contienen tartrazina. Yo me río, le digo que no me importa, que me da igual y sigo comiendo. Y seguimos hablando, ya no recuerdo de qué.
Tartrazina.
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Mi vida es una ruleta de colores que no para. Jamás esperé un mensaje de Andrés Coca-Cola. Jamás un jueves a las once y cuarenta de la noche. Jamás un Maria. Jamás un ¿nos vemos mañana? Jamás un ven temprano. Jamás un ven ya. Jamás un baja y voy. Jamás un ¿dirección? Jamás un salgo ya. Jamás un baja en cinco.

Está claro que Andrés Coca-Cola está loco. Y digo que está claro porque incluso yo se lo he dicho y él me ha respondido que siempre. Y está claro que yo también lo estoy. Por haber aceptado y haberlo visto, y por haberme subido a ese Renault Clio a las dos y media de la mañana. Por haberme vestido de nuevo, por haber bajado, medio resfriada, y haber caminado hacia él mientras me esperaba al pie de la portería. Por haberme acercado y haberlo saludado de beso en la mejilla con recelo, pero de beso en la mejilla. Por dejarme abrazar y haberlo abrazado. Una, dos, tres veces. Por haberlo besado tanto. Una, dos, tres, cuatro, cinco... tantas veces. Por haberle dicho maldito bastardo y luego besarlo otra vez. Por haberle dicho que ya todo me daba igual. Por haberlo ahorcado ligeramente con mis manos mientras le miraba a los ojos. Por decirle que yo no iba a ser su cuarta novia de mentiras y reírme y besarlo. Por decirle que a su apartamento no volvía jamás y besarlo.

Andrés Coca-Cola y yo hablábamos de todo y nada. Con enigmas y sin reproches. Con metáforas. Con odio y asco y cariño y deseo. Me dice por primera vez estás más alta que yo. A manera de metáfora, estoy segura. Yo estaba apoyada sobre un murito que me permitía estar unos centímetros más alta que él. Lo suficientes para rodearlo con mis brazos y besarlo cuando yo quisiera. Besarle la frente, la mejilla, el mentón, la boca, lamerme el cuello, morderle el lóbulo de la oreja derecha, susurrarle maldito bastardo al oído y meterle la pierna entre sus muslos para rozarlo y provocarlo, porque me encanta hacerlo.

Es cierto que por primera vez yo estaba más alta que él. Estaba por encima y no por debajo, observándolo en todo su esplendor sobre su pedestal. Esta vez era yo quien se reía y le decía: ¿Qué sentiste cuando te enteraste? Qué risa todo. Y él me decía: a mí no me parece nada chistoso, Maria Catalina. Estaba por encima de sus comentarios, de lo que hiciera o pensara de mí. De lo que sintiera por mí. Al y al cabo fue él quien volvió a mí, quien vino a buscarme y quien quiso venir a verme, al pie de mi edificio.

No me creo esta escena en la que estamos Andrés Coca-Cola y yo en estas calles vacías. Me siento en otra órbita, en algún planeta que solo habitamos Andrés Coca-Cola y yo. Estoy en un espacio y tiempo completamente aislados de todo, porque mientras la ciudad dormía, Andrés y yo nos reinventábamos en esas tres calles diferentes a oscuras y en secreto, mientras nadie nos miraba. Mientras nadie nos descubría. Mientras solo la noche era testigo de que nos habíamos vuelto a ver.

Me agarró el pelo varias veces a manera de coleta y me dijo qué ganas de calvearte. Me preguntó varias veces de qué me reía. Yo honestamente no dejaba de reírme, porque no lo creía. Primero, Andrés al pie de mi edificio a medianoche. Segundo, Andrés y yo besándonos como si nada nunca hubiera pasado. Le dije tú y yo funcionamos muy bien así. Y él me dice ¿cómo? Y yo le digo sin pasados ni futuros.

Y no me importa, nada de lo que haga o diga me importa. Nada de lo que haya pasado me importa. Nada de lo que haya sido o hecho Andrés Coca-Cola hace unos meses me importa. Entonces lo provoco, le sonrío, mostrándole los dientes y me muerdo los labios, porque sé que le excita. Andrés Coca-Cola se acerca a mi pelo y me huele. Le pregunto a qué huelo y me dice: Hueles a Maria Catalina González Moreno. Le pregunto si a sus otras tres noviecitas de ahora también les habla de sus muelas. Él me dice que sí, que el mismo repertorio para todas y yo me río aún más alto. Me bajo del murito. Lo observo de pies a cabeza y él se queda quieto, mirando cómo le miro. Lo tengo ahí al frente, de pie, con sus gafas, sus jeans sueltos y su patética camiseta de Batman. Tiembla de frío porque yo tengo su chaqueta. Se ha adelgazado. No le digo nada. No sé qué siento ahora por este Andrés Coca-Cola que tengo a tres pasos de mí.
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A las tres de la mañana salíamos del estacionamiento. Yo voy antes que él, aún con su chaqueta roja y empujo la puerta sin sostenérsela. No me importa que le dé en las narices. Camino hasta el andén, cerca a la Autopista y le digo que me lleve a mi casa. Andrés Coca-Cola quiere que vayamos a su apartamento y yo me río y le digo que no. Mi misión es provocarlo y luego irme, aunque me muera de ganas por meterme a la cama con Andrés Coca-Cola. Como sabe que no voy a hacerle caso, que no soy la misma tonta de hace cuatro meses, no le queda más remedio que sacar la billetera y darme todo el dinero que tiene. Su casa está a tres cuadras en taxi, pero no iré con él. Tomamos el taxi, él me dice vamos, quiere que vayamos a su apartamento y yo me río y lo beso. Le digo que es como en los viejos tiempos, como la noche en que nos conocimos y estábamos en un taxi, en el asiento trasero besándonos y tocándonos. Andrés Coca-Cola se ríe. Creo que no entiende nada. Me quito la chaqueta y se la doy cuando se baja. Me dice que le escriba cuando llegue pero qué va, no le escribo porque no se me da la gana. Me meto a la cama a las tres y cuarenta y tengo cinco llamadas perdidas de Andrés Coca-Cola y un mensaje suyo pidiéndome que me devuelva. Pero no, chao. Tengo sueño y me quiero ir a dormir con los besos de Andrés Coca-Cola en mi boca.
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No. No hablamos del pasado. No aclaramos nada, no resolvimos nada, ¿porque para qué? Andrés Coca-Cola y yo no éramos una pareja intentando solucionar los problemas de nuestra relación. Esa noche éramos dos locos impulsivos que hacían las cosas porque sí. Qué vivían cada minuto que pasaba como viniera. Con o sin besos. Con o sin verdades. Con o sin mentiras. Pero esa noche Andrés Coca-Cola me había demostrado ese genuino cariño que sentía por mí y yo solo lo estaba aprovechando porque sabía que después de esa noche no habría más así.

Llego al apartamento.
Me voy a la cama.
Tengo una sonrisa tonta que no se me quita.
Tengo mil besos robados.
Estoy agotada, extasiada y cierro los ojos por fin.
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La tarde del viernes fui a su apartamento a verlo. No me había olvidado del número y torre de su apartamento de tantas veces que lo habría dicho antes, o de tanto releerlo en una de las entradas del blog. Entrar fue como volver a un lugar del que recién había salido ayer. Cuatro meses no bastan para que un lugar cambie mucho y por eso el apartamento de Andrés Coca-Cola olía y se veía igual. Andrés Coca-Cola me recibe como alguna vez lo había hecho: con el cepillo de dientes en la boca, en shorts, medias y saco. Me ve y se ríe porque, al igual que yo, no esperaba volver a verme al pie de la puerta del 509. Pero ahí estoy, con Some Kind of Love de The Killers en mi cabeza y miro todo, intentando encontrar algo nuevo pero todo sigue igual. Le digo: cuatro meses y no has aprendido a ordenar tu apartamento, y dejo mi bolso en la cocina. Salgo al balcón mientras Andrés Coca-Cola tiende la cama. De repente tengo la sensación de haber imaginado este lugar más amplio. Quizás porque hace unos meses el poco cielo que se alcanzaba a ver era completamenta azul y no estaba tan nublado como ahora. O porque entraba el sol. O porque hace cuatro meses todo lo veía más colosal, más alto, más grandioso. Porque cuando uno está enamorado es y piensa así. Luego aterrizas y te das cuenta de que nada era tanto. Andrés Coca-Cola termina de hacer la cama y saca una cobija para que nos arropemos con ella. Yo lo conozco. A él y a sus reglas. Nada de meterse a la cama con ropa. Por eso la ha tendido y por eso la cobija. No quiere que pase nada. Yo me quito los zapatos y me acuesto a su lado, siempre al lado derecho de la cama. He venido a su apartamento sin decirle nada. Estaba durmiendo y le he despertado, ¿por qué no está molesto? 

¿Alguna vez hablé de lo mucho que siempre amé la cama de Andrés Coca-Cola? A Andrés y a mí nos encanta acurrucarnos y abrazarnos. Así, sin más. Sin hablar mucho. Sin preguntar. Solo mirarnos a los ojos. Sentirnos. Y eso hice, los primeros minutos. Acostarme de espaldas mientras él veía algún partido viejo de la Champions League en ESPN. Pero de vez en cuando se asomaba para ver si dormía y me observaba hasta que abriera los ojos. Me despierto, me giro y me siento encima de él. Me muevo despacio sobre su pierna izquierda y luego sobre su sexo, que está duro. Me dice que cierre las cortinas, que si no me da pena y yo le respondo casi gritando que no. Que no me importa que me estén viendo unos extraños, pero él insiste y entonces bajo las persianas. Regreso a la cama, sonriendo como niña, mordiéndome el labio. Gimo en su oído y él me dice que pare aunque no haga nada para detenerme. Yo le digo que está siendo un novio muy juicioso y que a la próxima le dijera al guarda que no me dejara pasar porque iría a su apartamento a hacer lo mismo siempre. Termino y me recuesto sobre él y dejo que me rodee con sus brazos. Tengo mi cabeza en su pecho y cierro los ojos. Me pasa las manos por debajo del saco que llevo puesto y me acaricia la espalda con ternura. ¿Alguna vez hablé de lo pequeña que me sentía en su cama? Amo la escena y la sensación. No quiero que se acabe nunca.

Suena mi alarma a las cuatro y veinte y me paro. Debo estar en el trabajo a las cuatro y media. Menuda mierda. Sonrío porque estoy mojada y él lo sabe. Me meto los dedos y se los paso por la cara. Me pongo los zapatos, me miro al espejo del baño y me peino un poco. Cojo mi bolso y me dirijo hacia la puerta, pero Andrés Coca-Cola me detiene y me dice: ven y te despides de beso en la mejilla. Voy a su cuarto y dejo que me bese en la mejilla derecha con cariño. Yo corro la cara y le robo más besos en la boca. No sé cuándo volveré a disfrutar de algo así.


Salgo con el corazón truncado bombeando sangre amarilla por todo mi cuerpo. Andrés Coca-Cola es polvo amarillo, tartrazina que consumo cuando lo veo y lo toco y lo beso. Estoy excitada y nostálgica. Feliz y triste. He vuelto al pasado en un abrir y cerrar de ojos. En un jueves y viernes. Y entonces pienso: qué vaina tan seria. Qué amor tan amarillo. Tan fingido, tan artificial. Todo tan falso. Qué amor de mentiras, tan amarillo, tan soluble en agua. Maldita tartrazina. 

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