¿No es increíble? Hice las cuentas mirando fechas de mis entradas pasadas y han pasado al rededor de cinco meses desde que no escribo en Infinitesimal. Seguramente me pierdo y a cualquiera le daría la impresión de que es porque ya lo dejé (ojalá fuese así), pero la realidad es otra. Me fui porque de la nada la vida me atrapó con otras cosas. La uni me ha mantenido muy ocupada y desde que dejé el blog empecé a comer tanto y me resultaba TAN difícil volver a restringir, que ya no me sentía digna de volver a un blog en el que hablo de mi anorexia a manera de diario... me empecé a ver muy lejos de ese mundo. Lejos de la niña que pesaba 44.4 e incluso menos. Así que me alejé...
Y D, D era otro motivo. Al final empecé a dedicar este blog más a él que a mi propio desorden y me desvié... en esa época empecé a comer mucho. D me causaba una ansiedad inmensa que solo me provocaba atracones y noches de llanto. Pero ahora las cosas han cambiado. He perdido peso y he vuelto con D. Pelié por él a capa y espada, sufrí y lloré mil veces, y ahora puedo darme el lujo de decir que es mío nuevamente y que lo amo con todo mi ser.
Y bueno... ¿A qué viene el título de mi entrada? A que en un mes se cumplen ya dos años desde que todo empezó. Hace dos años en un día común y corriente me paré frente al espejo de mi habitación y me vi las piernas. Dos años con altos y bajos, con días buenos y malos, y aquí estoy. Vivir con un desorden alimenticio es vivir con una lucha constante que te trae y te lleva constantemente. Alguna vez pensé que no me arrepentía de haber caído en esto, pero, ¿a quién engaño? ¿Qué no daría por tener una vida tranquila? ¿Qué no daría por comerme un chocolate sin tener esa horrible sensación de que inmediatamente engordaré 5 kilos?
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