No a la comida. No a mi cerebro, que muchas veces me ha hecho perder el control.
Tengo miedo, amigos. Lo malo de perder peso, es ese miedo a ganar lo que has perdido (e incluso el doble de lo que has perdido). Y tengo miedo de los atracones, que usualmente vienen a mí (o más bien, yo voy a ellos), cuando he pasado días esforzándome por evitar la comida lo más que puedo.
Uno no sabe qué hacer. No se halla.
Pero es que esta vez estoy tan tan decidida, que una parte de mí me dice que me calme. Que no pasará. De hecho, que entre menos piense en ello, menos probabilidades habrá de que suceda. Así que por ahora me esforzaré por no pensar en atracones, ni en la lista larga de alimentos que echo de menos y que moriría por saborear ahora mismo.
Últimamente me he despertado con la motivación de tirar rápidamente de las sábanas de encima para mirarme al espejo. Me levanto con la barriga tan plana que me siento feliz. Y me gusta verme y creer que he bajado.
Se siente bien.
Espero con ansias que sea mañana.

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