sábado, 6 de febrero de 2016

Binge binge binge




Voy a describiros cómo fue mi último atracón.

Como ya lo he dicho, sucedió el miércoles pasado y todo empezó con un mango.

No sé por qué, pero siempre que mi madre me dice que a lo mejor no va a estar en casa cuando yo regrese de la uni, me entra la ansiedad. Me desespera la idea de que cuando llegue no estará la comida lista y detesto pensar que, tras de que llego débil y agotada, debo esperar a que mi madre llegue para poder comer juntas. Ese miércoles no tenía pensado atracarme. Lo juro, no estaba dentro de mis planes y sin embargo pasó, surgió de la nada, como un Big Bang.

Mi madre me había dicho que debía ir a arreglar el carro y que trataría de estar en casa a eso de las dos. Sin embargo, aunque ese día yo también llegaría a las dos, no pude contenerme, me dejé llevar por la ansiedad y decidí comprarme un mango para "calmar las ansias" en uno de esos puestitos de fruta hay en la calle. Pero la idea de que acababa de comer algo extra, algo que no había planeado comer para ese día, empezó a angustiarme, y a hacerme creer que la había cagado. Cuando llegué a casa mi madre no estaba y la angustia empezó a crecer tanto que terminé en la cocina buscando unas almendras que había comprado el día anterior. Y justo cuando estaba allí, escarbando enloquecida, escuché a mi madre entrar y me invadió el miedo de ser descubierta buscando comida. Tenía pánico. No sé qué tengo con que mi familia me vea desesperada por más comida. Aún no lo tengo claro, pero no me gusta que me vean en una situación así, me avergüenza demasiado. Así que actúe como si nada y en lugar de comerme las almendras, saqué la botella de agua en la que regularmente tomo agua para fingir que estaba a punto de sacar agua de la nevera. Pero mientras mi madre preparaba el almuerzo, pensé que no iba a parecer una loca desesperada por comer si se trataba simplemente de unas almendras, así que saqué la bolsita de almendras y empecé a comer al frente de ella, y luego sola en mi habitación. Decidí calmarme, me dije a mí misma que no pasaba nada, que tan solo habían sido dos cosas más que, por cierto, eran saludables, pero no funcionó. Mi cerebro ya estaba empezando a razonar mal. Después de eso, vino el almuerzo: frijoles rojos, arroz blanco, tres patacones medianamente pequeños y jugo de tomate de árbol.


A ese punto yo ya estaba repleta, y empecé a desesperarme. Luego le dije a mi madre, quien por cierto ya sabía que llevaba días sin comer nada de dulce, que "el cuerpo me estaba pidiendo dulce" y que si había algo de dulce para comer. En realidad yo ya sabía que teníamos Arequipe en la casa porque lo había visto minutos antes cuando estaba buscando las almendras, pero, como siempre, quise disimular la cosa como para no parecer tan ansiosa. Entonces me comí una, dos, tres, cuatro cucharas grandes de Arequipe (en una de esas hasta le puse tres almendras), hasta que me acabé el tarro entero. No es que estaba nuevo ni nada, de hecho creo que había menos de la mitad, pero yo me lo terminé todo.

Estando en mi habitación empecé a afanarme, a pensar que nuevamente había perdido el control y que quería más. Y tuve más. Fui entonces a la cocina y mezclé en un posillo milo, leche en polvo y azúcar morena, y escondí un bocadillo en mi pijama para comérmelo a escondidas en mi habitación. Como mi padre ya no está en casa, el dulce que hay es mínimo; por suerte mi madre ya no compra nada de dulce en el mercado y el poco que queda es lo que sobró del mercado anterior: Arequipe, bocadillos y mermelada de fresa. Y yo, aun sin ser fanática del bocadillo, me llevé uno a mi habitación porque simplemente estaba desesperada por comer dulce. 

Llegó la noche y por primera vez desde que llegué de mis vacaciones en Estados Unidos le dije a mi madre que quería cenar, lo cual la cogió por sorpresa y supongo que también la alegró.

—Quiero milo frío.
—¿Frío? Pero con este frío que hace...
—Quiero milo frío con galletas saltinas.
—¿Cuántas? ¿Dos?
—Tres.
—¿Tres? Wao.

Y eso cené aquella noche. Claramente no era que tuviera hambre a esa hora ni nada por el estilo, era mi mente que de nuevo me estaba controlando y obligándome a hacer cosas que están lejos de mi propia voluntad. Pero eso es lo que pasa cuando tienes un trastorno alimenticio. Siempre está esa voz que se aferra a ti y que te tienda, te incita y te provoca hasta que terminas comiendo desenfrenadamente y no puedes parar. Entonces luego viene la vergüenza, la sucidad, el oprobio y la injuria contigo misma.


Claro que hasta ahí no llegaba el atracón, mi atracón terminó con una Cadbury Caramello que me había traído de Estados Unidos y que llevaba días guardada en el armario. Estaba deliciosa, quise compartirla con mi madre pero mi ansiedad no me dejó. Me la comí toda yo sola y no pude dejar de sentirme egoísta y avara mientras que partía la chocolatina en cuadritos y me los llevaba a la boca. En esas mi madre escuchó desde su habitación el ruido provocado por el papel que envolvía el dulce y me preguntó qué estaba comiendo. A mí se me paró el corazón, se me ruborizaron las mejillas y no supe qué decir ni cómo reaccionar. Le dije que "nada" con un tono un poco burlón, un poco apenado, un poco triste. Me limité  entonces a subirle todo el volumen a "Entre tú y mil mares" que sonaba en mi computador (canción demasiado cursi, la verdad) de Paulina Rubio y me eché a llorar en silencio y hasta con la puerta abierta.

Debo confesar que no tengo las palabras para describir lo mal que me siento después de un atracón. Simplemente no hay palabras, no las encuentro por ningún lado . Es dolor y deshonra por sí mismos. Un sentimiento de deslealtad conmigo misma y con ese yo que lucha por demostrarle a mi salvaje instinto animal que aún tengo la suficiente fuerza de voluntad para decir "no", que puedo ser fuerte y no d
ébil. Pero ahí estaba yo, lloriqueando como un bebé y preguntándome con rabia por qué lo había estropeado de nuevo si lo estaba haciendo tan bien.


Ese miércoles en la noche hablé por Skype con un chico de Suiza que conocí por internet hace aproximadamente tres años. Lo único que me ayudó a olvidarme por un rato de lo que había pasado ese día y lo único que me sacó una sonrisa. Se lo agradecí en el fondo. Esa noche mi novio D no apareció y me fui a la cama con la sensación de estar más sola que nunca y el corazón encogido. Me dormí entre lágrimas, sintiéndome fracasada y hasta considerando la idea de atracarme al día siguiente. Pero ese jueves decidí castigarme a mí misma prohibiéndome comer cualquier tipo de alimento por más mínimo que fuera. El viernes por la mañana observé sorprendida la báscula y me alegré de haber bajado un kilo, de sentirme hasta alentada y de haber recuperado nuevamente el control. "Valió la pena", pensé.

¿Cuándo volveré a atracarme? No lo sé; ya no se puede ni decir que "esa será la última vez" porque, ¿a quién engañamos? Quienes cometemos este tipo de actos sabemos que los atracones siempre terminan tomándolo a uno por sorpresa y en el peor momento. Quizás pase mañana, pasado mañana o en una semana. Ya no sé qué pensar de mí, soy tan impredecible... Todo lo que puedo decir es que, por difícil que parezca, prometo esforzarme. Mi trastorno es una lucha constante de todos los días que no cesa, que a veces parece irs
e pero siempre está ahí. Una batalla conmigo misma que no llega a su fin y no hay nada que yo pueda hacer.





I'm a firefighter - Cigarettes after sex



Baby I'm a firefighter Trapped in a burning house And the sudden picture: I think there's no way out Except to watch the love between us die Let's call the fallen angel It's an army whose men pack ride Some sort of a roller-coaster It takes you up and then it brings you down It gives you butterflies And now I'm longing for your kiss Bet you could read or draw like this Waterfalls are traveling down I know you're leaving baby The birds are flying south There's nothing to say I need you here I need your love Inside of mine like I could die I need your love Inside of mine like I could die


Food picture



Nunca subo fotos de lo que como y esta vez me gustaría presumir un poco y enseñaros uno de mis postres preferidos de todos los tiempos: el brownie con helado. Esta foto la tomé hace dos semanas aproximadamente, un día después de que llegué de Estados Unidos. Invité a mi madre y a mi hermana a cenar en Buffalo Wings, nuestro restaurante familiar preferido. El día que probé este plato me prometí a mí misma que esa sería la última vez que me daría el lujo de comer algo así. Había llegado gorda del viaje y claramente necesitaba bajar. Recuerdo a mi madre hacer comentarios sobre mis piernas y mirándome con ojos de alteración, como si estuviese mirando a un extraño, a una hija que no es suya. Mi hermana se veía flaquísima al lado mío y yo solo podía sentirme avergonzada. Sin embargo, debo ser honesta y confesar que el hecho de que mi propia madre reconociera que estaba gorda, me permitiría hacer dieta sin tener que ocultar nada esta vez y eso me causaba cierta alegría. De hecho, la idea de la dieta fue de ella misma. "Hay que bajar", me decía, y yo solo sonreía tímidamente, como si me hiciera gracia, pero por dentro lloraba. Mirarme al espejo me costaba y vestirme todos los días era lo peor. Pero aquí estoy, otra vez. Otra vez restringiendo, otra vez bajando, otra vez pesándome cada mañana al despertar, otra vez prisionera...


Mi amor por este hombre



Solo me limitaré a decir que amo a Damien Rice con el alma. Fin.


58 horas

Si mi madre supiera que llevo exactamente 58 horas seguidas sin probar bocado saldría corriendo a la cocina a prepararme el desayuno, pero yo solo puedo callar. Sin embargo, hoy por fin me decido a comer el desayuno y el almuerzo. Desayunaré avena en hojuelas y quizás hasta me permita una saltín noel (que aparentemente tiene 13 calorías). En el almuerzo, comeré pausado, trataré de disfrutar sin resentimientos, y, si posible, dejaré una que otra sobra para no parecer tan gorda.

¿Un update? He bajado de peso pero sigo siendo increíblemente gorda. O así me veo yo. Aún no me gusta mi cuerpo y no puedo evitar sentirme incómoda con mis piernas. Pero supongo que en un caso como este todo lo que puedo hacer es llenarme de paciencia y pensar que algún día podré volver a lucir mi cuerpo delgado. También pienso en que los martes y jueves podrían ser días de
casi completa restricción. A lo mejor solo coma una que otra fruta a eso de la una de la tarde, y nada más. Estoy tan empeñada, tan empapada e influenciada que no hay otra cosa más en la que pueda pensar por ahora.


Mi hermana se ha ido a Estados Unidos por un año, mi padre ha conseguido trabajo en otra ciudad y por tanto ha tenido que mudarse. En casa solo somos mi madre, mi perrita, quien prácticamente es un fantasma porque ya ni se siente, y yo. En la universidad solo pienso en mi cuerpo y en que tengo hambre. Debo lidiar siempre con gente comiendo a mi alrededor y en el recorrido que hago de la casa a la universidad y viceversa, todo lo que veo es comida por todas partes.


He pensado que para llevar una carga como la que llevo yo hay que ser muy fuerte y débil a la vez. Fuerte, porque aparento ser una persona normal con una vida común y corriente. Voy a la universidad todos los días, hago mis deberes, trato de ser responsable, socializo con la gente y hasta soy graciosa y de vez en cuando charlatana. Y aunque la mayoría de veces no acepto salir con personas un viernes o un fin de semana con el fin de huirle a la comida, tampoco es que sea como esas chicas que literalmente se desentienden de todo tipo de contacto social y su vida se convierte en un eterno aislamiento. Aunque, para ser sincera, he considerado la idea más de una vez. He pensando en que si llegase a vivir sola evitaría a la gente y la comida lo más que pueda. Abandonaría cualquier tipo de relación social para entregarme de lleno a mi obsesión de siempre.


Pienso también en aquellas personas que adoptan estas cosas como un estilo de vida. ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo lo logran? Esas personas que se sumergen a dietas eternas y pueden vivir con ello. Yo sinceramente hago dietas y restrinjo pero con esfuerzo, con sacrificio y el sufrimiento de no poder estar saboreando una galleta de avena, un pan de chocolate o una Cadbury de caramelo. Lo sufro, lo lloro por dentro, pero me contengo.


He tenido muchísimas dudas sobre qué es lo que realmente me pasa. Anorexia, claramente no es. Las anoréxicas son capaces de llevar semanas, meses enteros restringiendo y le tienen pavor a la comida. Yo en cambio la amo y a duras penas puedo aguantar catorce días seguidos evitando la comida. Amo la repostería, el dulce y la glotonería. Mi debilidad incluso se podría decir que es la comida. Y bulimia, bulimia tampoco es. Sí, he tenido mis períodos tormentosos de atracones pero no es algo que haga todos los días de mi vida y a toda hora. Tampoco vomito tan seguido como una persona bulímica usualmente lo haría. Entonces, ¿qué es lo que realmente tengo? ¿EDNOS? ¿Bulimarexia? ¿Trastorno por atracón? ¿Permarexia? ¿¡Qué es!? ¿¡Qué es lo que pasa por mi cabeza!? Estoy desesperada por saber y aun así no puedo salir corriendo a buscar a un doctor para que me diagnostique porque tengo miedo de que mi familia se entere, y ese es el lado débil al que me refiero. La falta de valentía, la escasa voluntad para salir de mi escondite y decirle a mis padres lo que me sucede me convierte en alguien cobarde. Soy fuerte y débil, blanco y negro... luz y oscuridad.


Me pregunto cuánto más tiempo tendré vivir con esa duda que carcome. Seguro que tengo un trastorno alimenticio que, irónicamente, alimento cada día más con pensamientos, actos y cosas que veo a diario. Pero no sé más. Y para hacer un pequeño paréntesis, acabo de desayunar mi plato entero de avena en hojuelas, estoy repleta, me siento pesada y no, no me comí ninguna galleta saltín noel (me avergonzaba comerla en frente de mi madre) y sí, ya me remuerde la idea de que he comido.


Vuelvo al blog con la idea de que lo único que me queda por ahora es escribir. Sacar a flote todo lo que llevo por dentro, lo que me atormenta y me impacienta. No salgo con nadie. En la universidad me la pago básicamente sola porque, quien yo consideraba ser mi mejor amiga, se ha ido a Estados Unidos y no puedo sentirme cómoda como solía sentirme con ella si estoy con alguien más. El hecho de estar tan sola es algo que me entristece y me alegra a la vez. Una parte de mí siente el alivio de hacer lo que quiero, ir adonde quiero y comprar lo que quiero. Si quiero almorzar piña voy y la compro yo sola sin que nadie me diga: ¿ese es tu almuerzo? Si quiero meterme a una tienda (cosa que ya he hecho) a mirar comida y averiguar las calorías que tiene cada cosa, puedo hacerlo tranquilamente sin el miedo a ser juzgada. Si quiero ir a mirar ropa y tomarme todo el tiempo posible con la idea de que entre más camino y me muevo quemo más calorías, lo hago dichosa sin la presión de nadie, sin nadie que me pregunte: ¿nos vamos ya?


Pienso en lo fragile y small que quiero verme ante el espejo, ante mis propios ojos y los ojos de la sociedad. En el deseo, la necesidad y las ganas que he tenido siempre de impresionar a la gente y escucharlas decir: te vez muy delgada. En alguna época, cuando decidí hacer una dieta estricta para ir al concierto de Damien Rice flaca y hermosa, escuché comentarios como: "Eres muy flaquita", "estás muy flaquita", "te ves más delgada", y yo no podía evitar sonreír por dentro. Ahora no escucho nada parecido y eso me entristece. En la calle los hombres suelen mirarme mucho y algunos me lanzan comentarios a veces vulgares, a veces medianamente aceptables, a veces agradables, pero yo me pregunto si es por mi cuerpo, que ahora está más voluptuoso, supongo. Mis piernas sin duda deben verse más gordas, mi cara más redonda...


Y yo solo quiero adelgazar.


Tengo muchísimas ganas de verme con alguien con quien desde enero no hablo por una fuerte discusión que tuvimos. Pero me detiene la idea de que estoy gorda, y no quiero que me vea así hasta perder por lo menos tres kilos más. Para ello seguiré con la dieta, vivo con hambre y esta semana no será la excepción. Escucho a mi madre hablar por teléfono con mi padre y diciéndole que "estoy haciendo unas cosas en el computador". Si tan solo supiera... que estoy escribiendo todo esto. A veces también duele el engaño. Las mentiras casi inocentes que esconden sigilosas todo un nido de palabras y pensamientos. Todo un sufrimiento que se va acumulando con los años. La otra cara de la moneda, la cruda realidad.



viernes, 5 de febrero de 2016

Dreaming of you - Cigarettes after sex




Dreaming Of You

Seen you from afar
Wondered who you are
Wondered what you're like
Think you're just my type 

And now I'm dreaming of you
Want you, yes I do
Bet you never knew it
Think you'd suit me fine
Want you all the time...


Keep on loving you - Cigarettes after sex





Keep On Loving You

You should've seen by the look in my eyes
That there was something missing
You should've known by the tone of my voice,
But you didn't listen
You play dead, but you never bled
Instead you lie still in the grass all coiled up & hissing

& I know all about those men
Still I don't remember
Because it was us baby way before them
& we're still together
& I meant every word I said
When I said that I love you I meant that I love you forever

& I'm gonna keep on loving you
Because it's the only thing I wanna do
I don't wanna sleep 
I just wanna keep on loving you

& I meant every word I said
When I said that I love you I meant that I loved you forever...


Vuelta

Escucho One de Damien y vuelvo a escribir porque echo de menos mi blog. Es difícil empezar cuando no tienes claro qué pretendes escribir exactamente, pero no me voy a preocupar mucho por eso. Hace dos semanas entré a la uni. Este semestre las clases se me hacen largas y aburridas. Las cosas dejaron de ser lo mismo desde hace mucho tiempo; supongo que es porque cuando te acostumbras a algo le pierdes tanto el sentido que ya no te causa emoción. En mis clases no siento nada, todo me parece tan lento, tan pesado, tan anestesiante. En mis clases ya no siento, pero incluso eso es lo de menos. La uni es lo de menos. Lo que realmente importa, como siempre, es mi cuerpo, la comida, mi mente tan trazada de pensamientos que poco a poco se arraigan más a mí. 

Llevo dos días enteros sin comer. Lo único que he tenido en mi boca ha sido agua y chicles, y estoy bien. Un poco débil, un poco ida, un poco perdida, pero estoy bien, lo juro. Decidí ayunar porque tuve un atracón de comida el miércoles. Empezó con un mango que no estaba dentro de mi lista de alimentos permitidos de ese día, y terminó con una Cadbury de caramelo, mi nuevo chocolate preferido, a las diez de la noche. Otra vez derrotada y humillada por mí misma. Por mi yo que se mofa de mí cada vez que no puedo, que cedo rendida. 


Sobrellevar el hambre ha sido fácil y difícil. Como siempre, he tenido que rechazar comida y he estado muy cerca de ella. La he olido, tocado y casi que saboreado mentalmente, pero no más. También he mentido. Si hay algo en lo que te vuelves experto cuando tienes un trastorno alimenticio, es en mentir. Más que en aguantar hambre, más que en saber de calorías y dietas, más que en comer desmedidamente, lo que más aprendes a hacer es mentir. Le he mentido a mi madre. Nuevamente me he encontrado a mí misma ensuciando platos por la mañana de la forma en que normalmente se ensuciarían en el desayuno, y luego me voy de la cocina tranquila, callada, sonriente y orgullosa de mi audacia que en ocasiones no puedo dejar de admirar.


Por suerte, este semestre mi horario me permite fingir que como.
El único día que madrugo son los miércoles y por tanto es el único día en que mi madre se levanta temprano a prepararme el desayuno. Martes y jueves entro a las 11 y salgo a las 4, lo que significa que debo almorzar fuera de casa, lo que significa que no almuerzo. Y si lo hago, solo como fruta e intento quedar satisfecha con ello. 


Por primera vez en mi vida mi madre me dijo que estaba gorda, y tenía razón. Esta vez era más que cierto y yo no podía juzgarla. Llegué de Estados Unidos con 5 kilos más encima. Durante una semana no pude usar otra cosa que leggins porque simplemente ya no entraba en mis pantalones. Y si entraba, debía ser con mucho esfuerzo y la sensación de incomodidad me resultaba insoportable. Es como que te estén recordando lo gorda que te has puesto, el rollito que se te sale, lo mucho que te cuesta agacharte, lo fea que estás, la grasa que sobreabunda. Un infierno. 


Comí tantísimas cosas exquisitas y subí tantísimos kilos. Me atraqué hasta no poder más, hasta querer vomitar y no poder hacerlo porque estaba en una casa ajena y más que vergüenza me daba asco, y no lo digo por mi vómito. Tengo guardada una montaña de papelitos de comida que me traje de Estados Unidos. Pensé que algún día me gustaría recordar cada sabor, cada cosa que quizás no volvería a probar dentro de mucho tiempo, cada momento en el que me vi nuevamente atrapada. Cada vez que terminaba de comer, guardaba en secreto el papelito en mi bolso, cautelosa, como si de un delito se tratara. Y es que en realidad lo es, ¿no? Comer, para las personas como yo, con el tiempo se termina convirtiendo en un delito.


Lo curioso es que era inmensamente feliz con cada atracón. Me sentía libre y ansiosa por querer más y más. Por burlarme de mí misma y mis ganas de no querer parar. Iba a la tienda, me tomaba unos minutos para observar con los cinco sentidos puestos cada cosa que percibía, y, cuando por fin me decidía, me dirigía a la caja con las manos repletas de comida y el rostro avergonzado. No me había sentado a la mesa a comer cuando ya estaba pensando en qué sería lo siguiente que iba a comprar. Me gastaba la propina que ganaba en el restaurante en que trabajaba en comida altamente calórica. Salía del restaurante afanosa, con la propina en la mano y la emoción de atracarme y comer con gusto. En el restaurante me imaginaba lo que iba a comer mientras limpiaba mesas y lavaba platos; hacía cuentas en mi cabeza y no hallaba la hora de salir corriendo de allí para irme al DELI y entregarme a la comida, prisionera.


Como es de esperar, el sentimiento de culpa siempre venía después. Por un lado, me insultaba a mí misma por echar a perder todo un esfuerzo de una mañana trabajando es un restaurante en un atracón que duraría quince minutos, y, por el otro, por las graves consecuencias a las que ya me estaba empezando a enfrentar con la notable subida que peso. Y esa era la peor parte. Y en más de una ocasión me vi tirada en el sueño del baño sollozando, con el sentimiento de soledad y remordimiento de siempre, y yo misma preguntándome por qué hacía lo que hacía, cuándo iba a parar y en qué momento había permitido que todo esto pasara.


Le agradecía al invierno por permitirme usar tanta ropa encima que lo cubriera todo y disimulara esa horrible realidad que yo misma ocultaba. Bañarme todos los días era una continua lucha y una tortura que amenazaba con enfrentarme a mi gran miedo. A verme en el espejo y ser obligada a ver esa versión gorda de mí que tanto odiaba y repugnaba. En navidad, a pesar del asco y el miedo a ser descubierta, vomité el almuerzo aprovechando que no había nadie en el segundo piso. Me sentía tan sola y engañada por la misma vida que quise vomitar para deshacerme de toda la mierda que llevaba dentro, y no hablo específicamente de la comida. 


Con el tiempo he aprendido a vomitar con más facilidad. Algo que me hace enorgullecerme. Desde que llegué lo he hecho dos veces y debo admitir que vomitar es algo que me gusta hacer. Lo haría más seguido si no fuera por mi madre que casi siempre está en casa y por mi inodoro que es torpe y a veces no baja bien.


Por ahora estoy enfocada en restringir, como siempre, hasta recuperar por lo menos el peso de antes. Ese peso por el que hoy lo daría todo. Ese número en la báscula que si antes no me hacía sentir satisfecha, ahora me haría la persona más feliz del planeta. Los encuentros con la psicóloga se quedaron atrás y no sé si quisiera volver. En ese entonces sentía que no podía más y creía desear una salida a todo esto. Pero en realidad lo que creía era farsa, una simulación de que quería recuperarme cuando todo lo que quería era dejar de comer como cerda, porque llevaba tres o cuatro semanas seguidas haciéndolo y no hallaba la manera de detenerme. Y ahora que tengo el control, ahora que puedo tolerar el hambre, me niego a buscar ayuda. 


Sí, hasta te vuelves experto en mentirte a ti mismo. Veo que esta enfermedad mental se dilata en mi vida a medida que la va manchando más y más. Me pierdo y pierdo momentos, personas... tiempo. Y aun así me niego a salir, a escapar. No quiero alejarme, no pienso ceder. Quiero alcanzar ese límite irreal que ya sabemos que no existe. Un engaño más. Una falsificación de lo que creo querer porque de antemano sé, por experiencia propia, que nunca, nunca será suficiente.


En algún futuro, cuando la comida ya haya dejado de ser problema y solución, querré recordar todo esto y más. Por eso esta entrada, por eso este blog y mi manera de documentar algunas de las cosas que a diario consumen mi mente. Algún día, cuando de verdad sea libre y logre salir de esto, leeré cada entrada como si estuviese leyendo a un extraño, un alguien remoto que ya se perdió.