viernes, 5 de febrero de 2016

Vuelta

Escucho One de Damien y vuelvo a escribir porque echo de menos mi blog. Es difícil empezar cuando no tienes claro qué pretendes escribir exactamente, pero no me voy a preocupar mucho por eso. Hace dos semanas entré a la uni. Este semestre las clases se me hacen largas y aburridas. Las cosas dejaron de ser lo mismo desde hace mucho tiempo; supongo que es porque cuando te acostumbras a algo le pierdes tanto el sentido que ya no te causa emoción. En mis clases no siento nada, todo me parece tan lento, tan pesado, tan anestesiante. En mis clases ya no siento, pero incluso eso es lo de menos. La uni es lo de menos. Lo que realmente importa, como siempre, es mi cuerpo, la comida, mi mente tan trazada de pensamientos que poco a poco se arraigan más a mí. 

Llevo dos días enteros sin comer. Lo único que he tenido en mi boca ha sido agua y chicles, y estoy bien. Un poco débil, un poco ida, un poco perdida, pero estoy bien, lo juro. Decidí ayunar porque tuve un atracón de comida el miércoles. Empezó con un mango que no estaba dentro de mi lista de alimentos permitidos de ese día, y terminó con una Cadbury de caramelo, mi nuevo chocolate preferido, a las diez de la noche. Otra vez derrotada y humillada por mí misma. Por mi yo que se mofa de mí cada vez que no puedo, que cedo rendida. 


Sobrellevar el hambre ha sido fácil y difícil. Como siempre, he tenido que rechazar comida y he estado muy cerca de ella. La he olido, tocado y casi que saboreado mentalmente, pero no más. También he mentido. Si hay algo en lo que te vuelves experto cuando tienes un trastorno alimenticio, es en mentir. Más que en aguantar hambre, más que en saber de calorías y dietas, más que en comer desmedidamente, lo que más aprendes a hacer es mentir. Le he mentido a mi madre. Nuevamente me he encontrado a mí misma ensuciando platos por la mañana de la forma en que normalmente se ensuciarían en el desayuno, y luego me voy de la cocina tranquila, callada, sonriente y orgullosa de mi audacia que en ocasiones no puedo dejar de admirar.


Por suerte, este semestre mi horario me permite fingir que como.
El único día que madrugo son los miércoles y por tanto es el único día en que mi madre se levanta temprano a prepararme el desayuno. Martes y jueves entro a las 11 y salgo a las 4, lo que significa que debo almorzar fuera de casa, lo que significa que no almuerzo. Y si lo hago, solo como fruta e intento quedar satisfecha con ello. 


Por primera vez en mi vida mi madre me dijo que estaba gorda, y tenía razón. Esta vez era más que cierto y yo no podía juzgarla. Llegué de Estados Unidos con 5 kilos más encima. Durante una semana no pude usar otra cosa que leggins porque simplemente ya no entraba en mis pantalones. Y si entraba, debía ser con mucho esfuerzo y la sensación de incomodidad me resultaba insoportable. Es como que te estén recordando lo gorda que te has puesto, el rollito que se te sale, lo mucho que te cuesta agacharte, lo fea que estás, la grasa que sobreabunda. Un infierno. 


Comí tantísimas cosas exquisitas y subí tantísimos kilos. Me atraqué hasta no poder más, hasta querer vomitar y no poder hacerlo porque estaba en una casa ajena y más que vergüenza me daba asco, y no lo digo por mi vómito. Tengo guardada una montaña de papelitos de comida que me traje de Estados Unidos. Pensé que algún día me gustaría recordar cada sabor, cada cosa que quizás no volvería a probar dentro de mucho tiempo, cada momento en el que me vi nuevamente atrapada. Cada vez que terminaba de comer, guardaba en secreto el papelito en mi bolso, cautelosa, como si de un delito se tratara. Y es que en realidad lo es, ¿no? Comer, para las personas como yo, con el tiempo se termina convirtiendo en un delito.


Lo curioso es que era inmensamente feliz con cada atracón. Me sentía libre y ansiosa por querer más y más. Por burlarme de mí misma y mis ganas de no querer parar. Iba a la tienda, me tomaba unos minutos para observar con los cinco sentidos puestos cada cosa que percibía, y, cuando por fin me decidía, me dirigía a la caja con las manos repletas de comida y el rostro avergonzado. No me había sentado a la mesa a comer cuando ya estaba pensando en qué sería lo siguiente que iba a comprar. Me gastaba la propina que ganaba en el restaurante en que trabajaba en comida altamente calórica. Salía del restaurante afanosa, con la propina en la mano y la emoción de atracarme y comer con gusto. En el restaurante me imaginaba lo que iba a comer mientras limpiaba mesas y lavaba platos; hacía cuentas en mi cabeza y no hallaba la hora de salir corriendo de allí para irme al DELI y entregarme a la comida, prisionera.


Como es de esperar, el sentimiento de culpa siempre venía después. Por un lado, me insultaba a mí misma por echar a perder todo un esfuerzo de una mañana trabajando es un restaurante en un atracón que duraría quince minutos, y, por el otro, por las graves consecuencias a las que ya me estaba empezando a enfrentar con la notable subida que peso. Y esa era la peor parte. Y en más de una ocasión me vi tirada en el sueño del baño sollozando, con el sentimiento de soledad y remordimiento de siempre, y yo misma preguntándome por qué hacía lo que hacía, cuándo iba a parar y en qué momento había permitido que todo esto pasara.


Le agradecía al invierno por permitirme usar tanta ropa encima que lo cubriera todo y disimulara esa horrible realidad que yo misma ocultaba. Bañarme todos los días era una continua lucha y una tortura que amenazaba con enfrentarme a mi gran miedo. A verme en el espejo y ser obligada a ver esa versión gorda de mí que tanto odiaba y repugnaba. En navidad, a pesar del asco y el miedo a ser descubierta, vomité el almuerzo aprovechando que no había nadie en el segundo piso. Me sentía tan sola y engañada por la misma vida que quise vomitar para deshacerme de toda la mierda que llevaba dentro, y no hablo específicamente de la comida. 


Con el tiempo he aprendido a vomitar con más facilidad. Algo que me hace enorgullecerme. Desde que llegué lo he hecho dos veces y debo admitir que vomitar es algo que me gusta hacer. Lo haría más seguido si no fuera por mi madre que casi siempre está en casa y por mi inodoro que es torpe y a veces no baja bien.


Por ahora estoy enfocada en restringir, como siempre, hasta recuperar por lo menos el peso de antes. Ese peso por el que hoy lo daría todo. Ese número en la báscula que si antes no me hacía sentir satisfecha, ahora me haría la persona más feliz del planeta. Los encuentros con la psicóloga se quedaron atrás y no sé si quisiera volver. En ese entonces sentía que no podía más y creía desear una salida a todo esto. Pero en realidad lo que creía era farsa, una simulación de que quería recuperarme cuando todo lo que quería era dejar de comer como cerda, porque llevaba tres o cuatro semanas seguidas haciéndolo y no hallaba la manera de detenerme. Y ahora que tengo el control, ahora que puedo tolerar el hambre, me niego a buscar ayuda. 


Sí, hasta te vuelves experto en mentirte a ti mismo. Veo que esta enfermedad mental se dilata en mi vida a medida que la va manchando más y más. Me pierdo y pierdo momentos, personas... tiempo. Y aun así me niego a salir, a escapar. No quiero alejarme, no pienso ceder. Quiero alcanzar ese límite irreal que ya sabemos que no existe. Un engaño más. Una falsificación de lo que creo querer porque de antemano sé, por experiencia propia, que nunca, nunca será suficiente.


En algún futuro, cuando la comida ya haya dejado de ser problema y solución, querré recordar todo esto y más. Por eso esta entrada, por eso este blog y mi manera de documentar algunas de las cosas que a diario consumen mi mente. Algún día, cuando de verdad sea libre y logre salir de esto, leeré cada entrada como si estuviese leyendo a un extraño, un alguien remoto que ya se perdió.



No hay comentarios:

Publicar un comentario