sábado, 6 de febrero de 2016

58 horas

Si mi madre supiera que llevo exactamente 58 horas seguidas sin probar bocado saldría corriendo a la cocina a prepararme el desayuno, pero yo solo puedo callar. Sin embargo, hoy por fin me decido a comer el desayuno y el almuerzo. Desayunaré avena en hojuelas y quizás hasta me permita una saltín noel (que aparentemente tiene 13 calorías). En el almuerzo, comeré pausado, trataré de disfrutar sin resentimientos, y, si posible, dejaré una que otra sobra para no parecer tan gorda.

¿Un update? He bajado de peso pero sigo siendo increíblemente gorda. O así me veo yo. Aún no me gusta mi cuerpo y no puedo evitar sentirme incómoda con mis piernas. Pero supongo que en un caso como este todo lo que puedo hacer es llenarme de paciencia y pensar que algún día podré volver a lucir mi cuerpo delgado. También pienso en que los martes y jueves podrían ser días de
casi completa restricción. A lo mejor solo coma una que otra fruta a eso de la una de la tarde, y nada más. Estoy tan empeñada, tan empapada e influenciada que no hay otra cosa más en la que pueda pensar por ahora.


Mi hermana se ha ido a Estados Unidos por un año, mi padre ha conseguido trabajo en otra ciudad y por tanto ha tenido que mudarse. En casa solo somos mi madre, mi perrita, quien prácticamente es un fantasma porque ya ni se siente, y yo. En la universidad solo pienso en mi cuerpo y en que tengo hambre. Debo lidiar siempre con gente comiendo a mi alrededor y en el recorrido que hago de la casa a la universidad y viceversa, todo lo que veo es comida por todas partes.


He pensado que para llevar una carga como la que llevo yo hay que ser muy fuerte y débil a la vez. Fuerte, porque aparento ser una persona normal con una vida común y corriente. Voy a la universidad todos los días, hago mis deberes, trato de ser responsable, socializo con la gente y hasta soy graciosa y de vez en cuando charlatana. Y aunque la mayoría de veces no acepto salir con personas un viernes o un fin de semana con el fin de huirle a la comida, tampoco es que sea como esas chicas que literalmente se desentienden de todo tipo de contacto social y su vida se convierte en un eterno aislamiento. Aunque, para ser sincera, he considerado la idea más de una vez. He pensando en que si llegase a vivir sola evitaría a la gente y la comida lo más que pueda. Abandonaría cualquier tipo de relación social para entregarme de lleno a mi obsesión de siempre.


Pienso también en aquellas personas que adoptan estas cosas como un estilo de vida. ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo lo logran? Esas personas que se sumergen a dietas eternas y pueden vivir con ello. Yo sinceramente hago dietas y restrinjo pero con esfuerzo, con sacrificio y el sufrimiento de no poder estar saboreando una galleta de avena, un pan de chocolate o una Cadbury de caramelo. Lo sufro, lo lloro por dentro, pero me contengo.


He tenido muchísimas dudas sobre qué es lo que realmente me pasa. Anorexia, claramente no es. Las anoréxicas son capaces de llevar semanas, meses enteros restringiendo y le tienen pavor a la comida. Yo en cambio la amo y a duras penas puedo aguantar catorce días seguidos evitando la comida. Amo la repostería, el dulce y la glotonería. Mi debilidad incluso se podría decir que es la comida. Y bulimia, bulimia tampoco es. Sí, he tenido mis períodos tormentosos de atracones pero no es algo que haga todos los días de mi vida y a toda hora. Tampoco vomito tan seguido como una persona bulímica usualmente lo haría. Entonces, ¿qué es lo que realmente tengo? ¿EDNOS? ¿Bulimarexia? ¿Trastorno por atracón? ¿Permarexia? ¿¡Qué es!? ¿¡Qué es lo que pasa por mi cabeza!? Estoy desesperada por saber y aun así no puedo salir corriendo a buscar a un doctor para que me diagnostique porque tengo miedo de que mi familia se entere, y ese es el lado débil al que me refiero. La falta de valentía, la escasa voluntad para salir de mi escondite y decirle a mis padres lo que me sucede me convierte en alguien cobarde. Soy fuerte y débil, blanco y negro... luz y oscuridad.


Me pregunto cuánto más tiempo tendré vivir con esa duda que carcome. Seguro que tengo un trastorno alimenticio que, irónicamente, alimento cada día más con pensamientos, actos y cosas que veo a diario. Pero no sé más. Y para hacer un pequeño paréntesis, acabo de desayunar mi plato entero de avena en hojuelas, estoy repleta, me siento pesada y no, no me comí ninguna galleta saltín noel (me avergonzaba comerla en frente de mi madre) y sí, ya me remuerde la idea de que he comido.


Vuelvo al blog con la idea de que lo único que me queda por ahora es escribir. Sacar a flote todo lo que llevo por dentro, lo que me atormenta y me impacienta. No salgo con nadie. En la universidad me la pago básicamente sola porque, quien yo consideraba ser mi mejor amiga, se ha ido a Estados Unidos y no puedo sentirme cómoda como solía sentirme con ella si estoy con alguien más. El hecho de estar tan sola es algo que me entristece y me alegra a la vez. Una parte de mí siente el alivio de hacer lo que quiero, ir adonde quiero y comprar lo que quiero. Si quiero almorzar piña voy y la compro yo sola sin que nadie me diga: ¿ese es tu almuerzo? Si quiero meterme a una tienda (cosa que ya he hecho) a mirar comida y averiguar las calorías que tiene cada cosa, puedo hacerlo tranquilamente sin el miedo a ser juzgada. Si quiero ir a mirar ropa y tomarme todo el tiempo posible con la idea de que entre más camino y me muevo quemo más calorías, lo hago dichosa sin la presión de nadie, sin nadie que me pregunte: ¿nos vamos ya?


Pienso en lo fragile y small que quiero verme ante el espejo, ante mis propios ojos y los ojos de la sociedad. En el deseo, la necesidad y las ganas que he tenido siempre de impresionar a la gente y escucharlas decir: te vez muy delgada. En alguna época, cuando decidí hacer una dieta estricta para ir al concierto de Damien Rice flaca y hermosa, escuché comentarios como: "Eres muy flaquita", "estás muy flaquita", "te ves más delgada", y yo no podía evitar sonreír por dentro. Ahora no escucho nada parecido y eso me entristece. En la calle los hombres suelen mirarme mucho y algunos me lanzan comentarios a veces vulgares, a veces medianamente aceptables, a veces agradables, pero yo me pregunto si es por mi cuerpo, que ahora está más voluptuoso, supongo. Mis piernas sin duda deben verse más gordas, mi cara más redonda...


Y yo solo quiero adelgazar.


Tengo muchísimas ganas de verme con alguien con quien desde enero no hablo por una fuerte discusión que tuvimos. Pero me detiene la idea de que estoy gorda, y no quiero que me vea así hasta perder por lo menos tres kilos más. Para ello seguiré con la dieta, vivo con hambre y esta semana no será la excepción. Escucho a mi madre hablar por teléfono con mi padre y diciéndole que "estoy haciendo unas cosas en el computador". Si tan solo supiera... que estoy escribiendo todo esto. A veces también duele el engaño. Las mentiras casi inocentes que esconden sigilosas todo un nido de palabras y pensamientos. Todo un sufrimiento que se va acumulando con los años. La otra cara de la moneda, la cruda realidad.



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