Nunca subo fotos de lo que como y esta vez me gustaría presumir un poco y enseñaros uno de mis postres preferidos de todos los tiempos: el brownie con helado. Esta foto la tomé hace dos semanas aproximadamente, un día después de que llegué de Estados Unidos. Invité a mi madre y a mi hermana a cenar en Buffalo Wings, nuestro restaurante familiar preferido. El día que probé este plato me prometí a mí misma que esa sería la última vez que me daría el lujo de comer algo así. Había llegado gorda del viaje y claramente necesitaba bajar. Recuerdo a mi madre hacer comentarios sobre mis piernas y mirándome con ojos de alteración, como si estuviese mirando a un extraño, a una hija que no es suya. Mi hermana se veía flaquísima al lado mío y yo solo podía sentirme avergonzada. Sin embargo, debo ser honesta y confesar que el hecho de que mi propia madre reconociera que estaba gorda, me permitiría hacer dieta sin tener que ocultar nada esta vez y eso me causaba cierta alegría. De hecho, la idea de la dieta fue de ella misma. "Hay que bajar", me decía, y yo solo sonreía tímidamente, como si me hiciera gracia, pero por dentro lloraba. Mirarme al espejo me costaba y vestirme todos los días era lo peor. Pero aquí estoy, otra vez. Otra vez restringiendo, otra vez bajando, otra vez pesándome cada mañana al despertar, otra vez prisionera...
sábado, 6 de febrero de 2016
Food picture
Nunca subo fotos de lo que como y esta vez me gustaría presumir un poco y enseñaros uno de mis postres preferidos de todos los tiempos: el brownie con helado. Esta foto la tomé hace dos semanas aproximadamente, un día después de que llegué de Estados Unidos. Invité a mi madre y a mi hermana a cenar en Buffalo Wings, nuestro restaurante familiar preferido. El día que probé este plato me prometí a mí misma que esa sería la última vez que me daría el lujo de comer algo así. Había llegado gorda del viaje y claramente necesitaba bajar. Recuerdo a mi madre hacer comentarios sobre mis piernas y mirándome con ojos de alteración, como si estuviese mirando a un extraño, a una hija que no es suya. Mi hermana se veía flaquísima al lado mío y yo solo podía sentirme avergonzada. Sin embargo, debo ser honesta y confesar que el hecho de que mi propia madre reconociera que estaba gorda, me permitiría hacer dieta sin tener que ocultar nada esta vez y eso me causaba cierta alegría. De hecho, la idea de la dieta fue de ella misma. "Hay que bajar", me decía, y yo solo sonreía tímidamente, como si me hiciera gracia, pero por dentro lloraba. Mirarme al espejo me costaba y vestirme todos los días era lo peor. Pero aquí estoy, otra vez. Otra vez restringiendo, otra vez bajando, otra vez pesándome cada mañana al despertar, otra vez prisionera...
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