Voy
a describiros cómo fue mi último atracón.
Como ya lo he dicho, sucedió el miércoles pasado y todo empezó con un mango.
No sé por qué, pero siempre que mi madre me dice que a lo mejor no va a estar en casa cuando yo regrese de la uni, me entra la ansiedad. Me desespera la idea de que cuando llegue no estará la comida lista y detesto pensar que, tras de que llego débil y agotada, debo esperar a que mi madre llegue para poder comer juntas. Ese miércoles no tenía pensado atracarme. Lo juro, no estaba dentro de mis planes y sin embargo pasó, surgió de la nada, como un Big Bang.
Mi madre me había dicho que debía ir a arreglar el carro y que trataría de estar en casa a eso de las dos. Sin embargo, aunque ese día yo también llegaría a las dos, no pude contenerme, me dejé llevar por la ansiedad y decidí comprarme un mango para "calmar las ansias" en uno de esos puestitos de fruta hay en la calle. Pero la idea de que acababa de comer algo extra, algo que no había planeado comer para ese día, empezó a angustiarme, y a hacerme creer que la había cagado. Cuando llegué a casa mi madre no estaba y la angustia empezó a crecer tanto que terminé en la cocina buscando unas almendras que había comprado el día anterior. Y justo cuando estaba allí, escarbando enloquecida, escuché a mi madre entrar y me invadió el miedo de ser descubierta buscando comida. Tenía pánico. No sé qué tengo con que mi familia me vea desesperada por más comida. Aún no lo tengo claro, pero no me gusta que me vean en una situación así, me avergüenza demasiado. Así que actúe como si nada y en lugar de comerme las almendras, saqué la botella de agua en la que regularmente tomo agua para fingir que estaba a punto de sacar agua de la nevera. Pero mientras mi madre preparaba el almuerzo, pensé que no iba a parecer una loca desesperada por comer si se trataba simplemente de unas almendras, así que saqué la bolsita de almendras y empecé a comer al frente de ella, y luego sola en mi habitación. Decidí calmarme, me dije a mí misma que no pasaba nada, que tan solo habían sido dos cosas más que, por cierto, eran saludables, pero no funcionó. Mi cerebro ya estaba empezando a razonar mal. Después de eso, vino el almuerzo: frijoles rojos, arroz blanco, tres patacones medianamente pequeños y jugo de tomate de árbol.
A ese punto yo ya estaba repleta, y empecé a desesperarme. Luego le dije a mi madre, quien por cierto ya sabía que llevaba días sin comer nada de dulce, que "el cuerpo me estaba pidiendo dulce" y que si había algo de dulce para comer. En realidad yo ya sabía que teníamos Arequipe en la casa porque lo había visto minutos antes cuando estaba buscando las almendras, pero, como siempre, quise disimular la cosa como para no parecer tan ansiosa. Entonces me comí una, dos, tres, cuatro cucharas grandes de Arequipe (en una de esas hasta le puse tres almendras), hasta que me acabé el tarro entero. No es que estaba nuevo ni nada, de hecho creo que había menos de la mitad, pero yo me lo terminé todo.
Estando en mi habitación empecé a afanarme, a pensar que nuevamente había perdido el control y que quería más. Y tuve más. Fui entonces a la cocina y mezclé en un posillo milo, leche en polvo y azúcar morena, y escondí un bocadillo en mi pijama para comérmelo a escondidas en mi habitación. Como mi padre ya no está en casa, el dulce que hay es mínimo; por suerte mi madre ya no compra nada de dulce en el mercado y el poco que queda es lo que sobró del mercado anterior: Arequipe, bocadillos y mermelada de fresa. Y yo, aun sin ser fanática del bocadillo, me llevé uno a mi habitación porque simplemente estaba desesperada por comer dulce.
Llegó la noche y por primera vez desde que llegué de mis vacaciones en Estados Unidos le dije a mi madre que quería cenar, lo cual la cogió por sorpresa y supongo que también la alegró.
—Quiero milo frío.
—¿Frío? Pero con este frío que hace...
—Quiero milo frío con galletas saltinas.
—¿Cuántas? ¿Dos?
—Tres.
—¿Tres? Wao.
Y eso cené aquella noche. Claramente no era que tuviera hambre a esa hora ni nada por el estilo, era mi mente que de nuevo me estaba controlando y obligándome a hacer cosas que están lejos de mi propia voluntad. Pero eso es lo que pasa cuando tienes un trastorno alimenticio. Siempre está esa voz que se aferra a ti y que te tienda, te incita y te provoca hasta que terminas comiendo desenfrenadamente y no puedes parar. Entonces luego viene la vergüenza, la sucidad, el oprobio y la injuria contigo misma.
Claro que hasta ahí no llegaba el atracón, mi atracón terminó con una Cadbury
Caramello que me había traído de Estados Unidos y que llevaba días guardada en
el armario. Estaba deliciosa, quise compartirla con mi madre pero mi ansiedad
no me dejó. Me la comí toda yo sola y no pude dejar de sentirme egoísta y avara mientras que partía la chocolatina en cuadritos y me los llevaba a la boca. En esas mi madre escuchó desde su
habitación el ruido provocado por el papel que envolvía el dulce y me preguntó qué
estaba comiendo. A mí se me paró el corazón,
se me ruborizaron las mejillas y no supe qué decir ni cómo reaccionar. Le dije
que "nada" con un tono un poco burlón, un poco apenado, un poco
triste. Me limité entonces a subirle todo el volumen a "Entre tú y mil mares" que sonaba en mi computador (canción demasiado cursi, la verdad) de Paulina Rubio y me eché a llorar en silencio y hasta con la puerta abierta.
Debo confesar que no tengo las palabras para describir lo mal que me siento después de un atracón. Simplemente no hay palabras, no las encuentro por ningún lado . Es dolor y deshonra por sí mismos. Un sentimiento de deslealtad conmigo misma y con ese yo que lucha por demostrarle a mi salvaje instinto animal que aún tengo la suficiente fuerza de voluntad para decir "no", que puedo ser fuerte y no débil. Pero ahí estaba yo, lloriqueando como un bebé y preguntándome con rabia por qué lo había estropeado de nuevo si lo estaba haciendo tan bien.
Debo confesar que no tengo las palabras para describir lo mal que me siento después de un atracón. Simplemente no hay palabras, no las encuentro por ningún lado . Es dolor y deshonra por sí mismos. Un sentimiento de deslealtad conmigo misma y con ese yo que lucha por demostrarle a mi salvaje instinto animal que aún tengo la suficiente fuerza de voluntad para decir "no", que puedo ser fuerte y no débil. Pero ahí estaba yo, lloriqueando como un bebé y preguntándome con rabia por qué lo había estropeado de nuevo si lo estaba haciendo tan bien.
Ese miércoles en la noche hablé por Skype con un chico de Suiza que conocí por internet hace aproximadamente tres años. Lo único que me ayudó a olvidarme por un rato de lo que había pasado ese día y lo único que me sacó una sonrisa. Se lo agradecí en el fondo. Esa noche mi novio D no apareció y me fui a la cama con la sensación de estar más sola que nunca y el corazón encogido. Me dormí entre lágrimas, sintiéndome fracasada y hasta considerando la idea de atracarme al día siguiente. Pero ese jueves decidí castigarme a mí misma prohibiéndome comer cualquier tipo de alimento por más mínimo que fuera. El viernes por la mañana observé sorprendida la báscula y me alegré de haber bajado un kilo, de sentirme hasta alentada y de haber recuperado nuevamente el control. "Valió la pena", pensé.
¿Cuándo volveré a atracarme? No lo sé; ya no se puede ni decir que "esa será la última vez" porque, ¿a quién engañamos? Quienes cometemos este tipo de actos sabemos que los atracones siempre terminan tomándolo a uno por sorpresa y en el peor momento. Quizás pase mañana, pasado mañana o en una semana. Ya no sé qué pensar de mí, soy tan impredecible... Todo lo que puedo decir es que, por difícil que parezca, prometo esforzarme. Mi trastorno es una lucha constante de todos los días que no cesa, que a veces parece irse pero siempre está ahí. Una batalla conmigo misma que no llega a su fin y no hay nada que yo pueda hacer.
¿Cuándo volveré a atracarme? No lo sé; ya no se puede ni decir que "esa será la última vez" porque, ¿a quién engañamos? Quienes cometemos este tipo de actos sabemos que los atracones siempre terminan tomándolo a uno por sorpresa y en el peor momento. Quizás pase mañana, pasado mañana o en una semana. Ya no sé qué pensar de mí, soy tan impredecible... Todo lo que puedo decir es que, por difícil que parezca, prometo esforzarme. Mi trastorno es una lucha constante de todos los días que no cesa, que a veces parece irse pero siempre está ahí. Una batalla conmigo misma que no llega a su fin y no hay nada que yo pueda hacer.

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