martes, 2 de enero de 2018

Coca-Cola


Con Andrés Coca-Cola me pasa algo extraño. De él guardo una imagen que se ha ido distorsionando con los días. Puede que el Andrés que ahora me guste sea el Andrés de esa imagen que aún conservo en mi cabeza: la del primer día. La del saludo imprevisto con su mirada firme, su acentico caldense y su voz gruesa. La de ese perfecto extraño demasiado serio y maduro que entre más me trataba con indiferencia más me excitaba. No voy a decir que aún no lo hace, porque afortunadamente me sigue tratando así y por ende me sigue excitando, pero esa imagen ha perdido color y ha adoptado otras formas. Ya no lo veo tal cual, hay cosas que han cambiado. Al fin y al cabo si el dinero es una ilusión, el amor también lo es. Quizás, si estoy con él, es porque quiero pensar que estoy con el Andrés que yo misma inventé.

Andrés Coca-Cola es demasiado simplón: no lee, no escribe, no baila, no ve películas, no tiene nada artístico. Muchas veces me ha preguntado qué haces y yo le respondo escribo y en mi mente digo sobre ti otra vez, idiota, pero él jamás se preocupa por lo que escribo. No me dice muéstrame, yo quiero ver, ni me pregunta por qué lo hago, ni dónde, ni sobre qué. Andrés es desabrido y sin embargo me tiene ahí detrás llamándolo, escribiéndole, rogándole, buscándolo al apartamento, haciendo lo que él me diga, dejando de hacer lo que no y así... Ya les dije que estaba siendo una tonta. Lo importante es que lo sé.


Tal vez he dado razones por las que Andrés Coca-Cola debería no gustarme, es decir, ¿cómo podría fijarme en un tipo que de artístico no tiene nada? No va conmigo, pero la verdad es que lo he pensado muy bien y no hay ni un solo tipo que hasta el momento haya dado la talla. Todos han tenido pero también les ha faltado. Entonces, ¿para qué exijo? ¿Por qué necesariamente tiene que ser uno que escriba y lea? Es cierto que toda la vida hablé mal de los ingenieros, pero yo ya no quiero un amor a letras, porque esos son los amores que no dan más, se quedan ahí, en letras y no más. Ya lo viví con alguien y no pienso volver a hacerlo. Hasta la ilusión de acostarme con ese alguien se quedó congelada en narrativa y palabras, porque cuando la materializábamos en una cama era un fracaso total. Un revés muy grande que me bajó de las nubes para aterrizar en la realidad que me envolvía, lejos de todas esas letras que significaron mucho y nada. Entonces no. No, thanks. I had enough.


Hace poco me estaba cayendo un tipo que no solo lee y escribe, sino que además dibuja muy bien (alcanzó a dibujarme un Husky siberiano en la nieve y un elefante africano), pero no pude con su físico y lo descarté enseguida. Me di cuenta de que detestaba sus manos blanditas, la irregularidad acentuada de su cuerpo, su caminado tambaleante y corcovado, su boca babosa (escupía al hablar) y hasta su nariz demasiado imperfecta. Me gustaban su mente y su edad mayor, pero nunca me sentí atraída por su físico a pesar de que había perdido peso. Preferí tenerlo en la pantalla, hablando de mundos y personas; de nosotros y la vida. Me aproveché de que yo le gustaba para mandarle nudes que tomaba para él por el solo capricho de sentirme deseada por un hombre que jamás me iba a tener porque no me despertaba nada, pero un día me cansé de hablar tanto, de tener que responderle largo y tendido, de tener que filosofar siempre con cada conversación que teníamos, y le dije que no más. De todas formas, Andrés Coca-Cola había llegado a mi vida y supuse que con eso tendría suficiente cuando en realidad seguía sin tener nada. Solo se tiene suficiente cuando se está solo.


A Andrés Coca-Cola sigo sin entenderlo. Tal vez es por esa imagen que se distorsiona y yo intento enfocarla con el lente pequeño de mis ojos, porque este Andrés es ahora otro Andrés para mí. No logro entenderlo pero lo que sí sé es que él es como la Coca-Cola: too sweet. Pero no hablo del sweet relativo a tierno y cariñoso, hablo de ese nivel desorbitado de azúcar que hace daño, que indigesta y enferma, porque así es él: dulce y dañino. Dulce y oscuro. Dulce y nocivo. Una palabra suya son diez cucharadas de azúcar, un beso veinte, cada gemido mil. Voy a morir de sobredosis y me encanta.


No entiendo cómo duraron tanto sus relaciones de cinco y seis años; Andrés es demasiado complicado. Nunca lo sabré porque él no habla del pasado, o mejor dicho, de sus pasados, pero eso es algo que me gusta. Supongo que prefiero no entender. Lo único que se me ocurre es que puede que a sus otros pasados Andrés también les haya resultado adictivo, como la Coca-Cola, porque si algo deben saber es que Andrés absorbe. ¿Cómo? No tengo la más remota idea, pero absorbe. Uno solito se va empecinando sin darse cuenta y en menos de nada ya está dentro de una pesadilla. Sin darme cuenta ya estaba haciendo lo que él dijera. Una vez intenté borrarlo de mi vida y no pude, le seguía respondiendo cada mensaje, cada llamada que me entrara, y al día siguiente estaba de nuevo haciendo sombra en su puerta.


Creo que le tengo miedo. No quiero que me deje porque si lo hace me quedaré sin dolor. No me va a doler cuando se vaya, por eso lo necesito ahí, como mecanismo para sentir un dolor constante que me cautive y embobe; recuerden que soy masoquista. Un día Andrés Coca-Cola me va a salir mal, peor que todos mis pasados, y yo me voy a reír, porque te lo dije, Catalina, te lo repetí muchas veces: ¿Qué hacías detrás de un tipo de treinta y dos que lo único que hizo fue empequeñecerte? Te fascinaba, te encantaba cómo te hacía sentir y por eso no podías dejarlo. He broke your bones while you laughed. Ese día no vayas a salir corriendo buscando en quién apoyarte. Recuerda que fuiste tú la que empezó el juego.


No hay comentarios:

Publicar un comentario