Diecisiete años, ese era mi todo. Y las ganas, por supuesto, de meterme de pies y manos al mundo, saberlo todo, conocerlo todo y hacer con los hombres una escalera para ver todo desde arriba.
De todos modos, ya había comenzado a construirla: una escalera de mano como las que veía recostadas en las fachadas de Entrerríos, y que evitaba pasar por debajo por miedo a la mala suerte. Cada hombre en mi vida iba a ser un travesaño que pisaría para subir. Josué y Turri fueron los primeros y, como en todo ascenso, los primeros pasos parecen ser los más fáciles pero son de una simpleza engañosa; sin embargo, hay que ver cómo estamos en la mitad de la cuesta, que fue hasta donde logré llegar.
Retoma, Leticia, ¿en dónde ibas?, ¿en los brazos de quién? En alguna cama quedaste perdida creyendo que ahí encontrabas la libertad. Recuerda que habías trepado dos peldaños y estabas lista para poner pie en el tercero. Ah, y no te olvides de decir que peldaño que pisabas, peldaño que partías. Tenlo en cuenta para que todos sepan que cuando fuiste a bajar no encontraste en qué apoyarte.
Santa Suerte, Jorge Franco
No hay comentarios:
Publicar un comentario