domingo, 23 de abril de 2017

Btw, ¿adónde se fue mi e.d.?


Creo que a partir de ahora volveré a dedicarme a escribir aprovechando que estoy más sola que la una y no tengo ni con quién hablar. 

No hay nada más liberador que escribir.


Hoy es domingo y no es un domingo ni perfecto ni astromántico. Debo aclarar que hay dos canciones (muy buenas) que tienen esos nombres. Una se llama Domingo perfecto, de Dorian, y la otra se llama Domingo astromántico, de mis queridos lesbianos españoles. Pero como lo dije, hoy no es un domingo ni perfecto ni astromántico. Hoy es simplemente un domingo. Uno de esos domingos en los que no me siento ni demasiado feliz, ni demasiado triste. Quizás no siento nada y eso me ha ayudado a no entregarme a mi llanto habitual y penoso.


Ahora que pasan los días, siento que puedo empezar a ver las cosas desde otra perspectiva y no está mal. Estoy empezando a asumir mi regreso del viaje y todas las cosas que siento por él. Pienso también en mí. En mí y en mis hábitos alimenticios que me han tenido atrapada en una espiral de sufrimiento amargo desde hace cuatro años. No le he dado demasiada importancia ni protagonismo al tema en el blog porque otras cosas, como él, significan más and I can't help myself from writing about him.


Claro que el hecho de que no haya vuelto a escribir sobre el tema no quiere decir que ya estoy bien. En realidad, siguen pasando cosas y yo sigo desequilibrada y mal. Mentally ill. Hoy he pensado mucho en mi rebeldía y en la imposibilidad del fenómeno. De verdad, en serio, no puedo hacer dieta ya. I'm breaking my own rules y hace mucho que no sé lo que es pasar hambre de verdad. Estoy esforzándome por no atracarme, por escuchar a mi cuerpo (no a mi mente) y por entender cuándo, qué tanto y qué debo comer. No estoy siguiendo ninguna dieta, no estoy evitando ciertos alimentos, no estoy contando calorías ni haciendo ejercicio excesivo. Estoy aprendiendo a comer, como lo haría una persona común y corriente. Eso estoy haciendo.


Andrés me sorprendió con su delgadez casi exagerada. Eso kind of triggered me y me hizo sentir mal porque yo había llegado gorda al viaje y había incumplido mi promesa de llegar flaca y divina, sobre todo para él. Pero esto dejó de importar cuando fueron pasando los días y volví a recobrar esa confianza absoluta que siempre me invade cuando estoy él. Me sentía bien, me sentía plena, me sentía atractiva.


No sé si es esta sórdida ciudad la que me trae tantas inseguridades y una ansiedad horrible que me provoca either eat everything or nothing at all. En el viaje supe controlarme muy bien, ¿por qué coño no puedo hacer lo mismo acá? Maldita ansiedad.


Quiero aprender a escuchar a mi cuerpo y luchar por mi paz mental. En serio, quiero lograrlo. Quiero comer cuando me apetezca y no hacerlo cuando no. Punto.


A la pregunta ¿adónde se fue mi e.d.? debo responder que: no se ha ido a ningún lado. Que ya no tome laxantes, ni vomite, ni me atraque seguido y a solas no significa que se ha ido. Mi desorden sigue en mi mente y mientras siga en mi mente para mí sigue ahí. Me levanto todos los días cuestionando mi cuerpo, observándolo completo antes de meterme a la ducha y deseando ser flaca otra vez. ¿Adónde se fue mi metabolismo que funcionaba a las mil maravillas? ¿Por qué antes podía darme el lujo de cenar una bolsa de panes con Nutella y amanecer tres veces más flaca y ahora huelo una lechuga después de las nueve de la noche y me monto un kilo encima de un día para otro?


Qué difícil es esto, en serio. Este ir y venir. Este: hoy me siento body positive, pero mañana me miro al espejo y quiero morirme. Echo de menos estar bien, comer normal, ser carefree.


¿Hasta dónde irá mi e.d.?


The Clientele - I can't seem to make you mine


Hace mucho no subía una canción a mi blog. Hoy es un domingo perfecto para compartir esta. Su letra me fascina y me entristece. Me brincan recuerdos a la mente.

 I can’t seem to make you mine 
Through the long and lonely night
And I try so hard, darling
But the crowd pulled you away
Through the ribbons and the rain
And the ivy coiled around my hands



A mi mente

A mi mente le falta entender muchas cosas todavía. Cosas como que nunca fuiste tanto, por ejemplo. Como que nunca llenaste ningún vacío. Como que jamás dejaste rota mi alma, porque en realidad ya lo estaba. Le falta entender que nunca fuiste nada o que fuiste algo superfluo… polvo viejo. Si intento salvar algo de lo poco que recuerdo, tanto esfuerzo me indica que nunca hubo nada. Que todo se fue y que no volverá. Nunca nos entendimos, jamás. Nunca compartimos algo. Tú eras sal y yo dulce. Tú con tu política y yo con mis bailes y mi arte que jamás apreciaste. Eras todo lo malo, todo lo sombrío, todo lo amargo. Tú con tu odio y tus ganas de hundirte en tus propias ruinas. Tan frío, tan seco como nuestros últimos encuentros, tan distante y egoísta. Y yo siempre tan dispuesta a escucharte, a darte lo poco que quedaba de mí misma, porque cuando te conocí ya estaba perdida, incompleta. No, cariño, no me tenías a mí, nunca tuviste esa fortuna. Tenías a mis restos y hasta mis restos te di. Al fin y al cabo, ¿qué te vi? ¿Qué me juré a tu lado? ¿Qué vi que en realidad no había? Te confundí de todas las formas posibles; te confundí por abrazos y besos, por mis ilusiones tontas que me llevaron a entregarte más de lo que merecías. Te confundí por el amor de mi vida. Y si me preguntan si te extraño, diría que hay días en que lo hago. Unos más que otros. Hay tardes en que tengo ganas mil de verte, pero hay otras en las que quisiera gritarte a la cara y mostrarte cómo me dejaste: rota. Sí, todavía imagino tus ojos verdes; sí, todavía me pregunto por ti, pero no eres necesidad y sin ti también puedo respirar. Eres fantasma ya. Tardes de junio olvidadas. A mi mente le falta entender tantas cosas… Que no se me ocurra la locura de estar contigo otra vez. Que no te vuelva a buscar nunca más. 

Lo siento

Lo siento si te he lastimado. Si todos estos años te estuve evadiendo. Confieso que ya no puedo mirarte de frente sin que mi alma esté aturdida. Aún de lejos tus ojos me señalan el daño, la ausencia, el vacío infinito…

Lo siento si dejé que te deslizaras de mis dedos antes de darme cuenta. No estuve pendiente de ti, ni de lo que hacías, ni hacia dónde ibas.

Perdóname. Perdona mis palabras descaminadas y el olvido de ti, de lo magna que eras. Y sin embargo, allá, desde la otra orilla donde estás, te giras y me entregas esa sonrisa hermosa que tienes. Pero veo que está desarmada, toda rota por los años y me conmociono profundamente.

Estás abatida, lejos de mí en el tiempo y la distancia. Todos mis engaños… todos mis desaires y suplicios. Todo lo sentiré por siempre.

Te amo y quiero entregarme a tus brazos en un abrazo infinito. Decirte lo que dejé de decirte en todo este tiempo. Que eres magnífica, eres poesía y eterno resplandor a mi vida. Pero fui egoísta, vine a quitarte todo y te dejé sin nada. Fui nube negra, bruma de noche sin fin.  

La noche de baile


Recuerdo la noche de baile en Múcura. La noche que me negó un beso. Ese día nos fuimos a dormir temprano; el sol y el mar nos habían dejado tan exhaustos, que a las ocho de la noche, después de cenar, ya teníamos el sueño pegado a los ojos. Leí un rato antes de acostarme y después caí profunda. De lejos, se alcanzaba a oír el barullo de la gente que se jactaba de la música y se movía con cierta vehemencia. La isla estaba de fiesta esa noche y más de la mitad estaban celebrando. Mientras tanto, él y yo descansábamos como dos niños que caen rendidos al final de un día largo y presuroso.

A las once de la noche, quizá –en la isla había perdido la noción del tiempo–, me desperté de un solo golpe tan pronto reconocí a lo lejos una canción que me encantaba: Solitario, de Mitú. Esta canción la había escuchado por primera vez en vivo en el Sónar 2016 y después fue a parar en la sala de su casa la noche de Año Nuevo que celebramos juntos. Esa noche, llegué a su casa a la una de la mañana a bailar, a tomar champagne y a besarlo con todas mis fuerzas.  

«¿Vamos a bailar?», fue lo primero que le dije tan pronto abrió los ojos cuando lo desperté, y después nos dirigimos al lugar donde ya la gente se extasiaba bajo el embriagante efecto del alcohol y el retumbante sonido de la música. Allí estuvimos hasta las cinco de la mañana. Las primeras veces, bailó conmigo. Después se alejó.

Cuando lo observaba de lejos, era cuando más sentía esa sensación latente de que yo jamás le pertenecería a un hombre tan desprendido de mí. Él y su magnífico mundo, él y su independencia, él y su manera única y diferente de ver la vida. Él y su pasado, él y sus manías. Él y su todo. Bailaba y yo lo observaba mientras en mi mente me adelantaba a esa escena en la que lo despedía para siempre y sentía que me derrumbaba por dentro.

En una ocasión, él se fue al baño sin decir nada y yo me quedé bailando sola y desprotegida en medio de la gente. Algo que se asemejaba mucho a mi realidad con él. Una especie de analogía que me mostraba, una vez más, esa avalancha de abandono raudo y despreocupado que llegaba en los momentos más repentinos. Tan repentinos que cuando sucedía, no sabía a qué sujetarme. Nunca estaba preparada. Quedaba suelta flotando en un vacío frío. 

Seguí bailando tratando de disimular la desnudez sentimental y emocional que me envolvía en ese instante y de vez en cuando miraba a todos lados para ver si lo veía llegar de alguna parte. De pronto, un hombre de un metro y ochenta se acercó a mí sugestivo y resuelto. «¿Por qué estás tan sola?», me preguntó al oído. Aunque detesté la pregunta cliché y latosa accedí a bailar con él casi toda la noche, no solo porque su cara y cuerpo emitían una perfección desmesurada, sino porque además era estadounidense y bailaba increíblemente bien. Estaba anonadada. Se movía con una sutileza impecable que encajaba con mis movimientos, mis giros y mis ritmos a las mil maravillas. Conducía con una firmeza excitante y de vez en cuando sus manos grandes agarraban mi cintura de una forma que me hacía sentir menuda e incitante. No era nada escueto en su actuar, pero sin duda sabía cómo manejar tanto pavoneo para convertirse en un hombre sumamente atrayente que potenciara el borboteo de mi libido.

Más tarde, cuando lo vio llegar, me preguntó si se estaba interponiendo en algo y yo solo le dije: «No, yo no le gusto». Claro que a Andrés le daba igual. No se le veía por ningún lado una sola expresión de recelo que delatara un mínimo sentimiento de pertenencia hacia mí. Le daba tan igual que él seguía metido en su mundo bailando y perdiéndose entre la gente. Yo seguí bailando y fingiendo que también me daba igual, que esa noche, como siempre, éramos personas independientes con el derecho de estar con quien quisiéramos; pero una parte crédula de mí insistía en que estaba dejando de lado a quien verdaderamente debía ser mi partner de baile y a quien, de alguna manera, le pertenecía. Pero no. 

Después de unas canciones, me dirigí hacia él casi extrañándolo y queriendo besarlo. Entonces acerqué mis labios a su boca cálida obedeciendo a mi ávido deseo, pero fue ahí cuando me corrió la cara con un movimiento brusco que me dejó ente paralizada y avergonzada.

No era que tuviera celos ni nada por el estilo, era que esa noche se sentía tan desprendido de mí, que no hallaba espacio ni para un beso. Estaba claro: esa noche yo no tenía cabida en su vida.

El  lóbrego recuerdo de este beso que no fue lo intento compensar no con los que me aceptó, sino con aquellos que me lanzó inesperadamente. Esos fueron los más especiales: el primer beso de bienvenida cuando nos abrazamos en el aeropuerto; todos los que me plantó en la frente las veces que se fue a trabajar temprano mientras yo dormía; el desgarrador beso de despedida que hizo temblar mis labios y encharcarlos de lágrimas... 

A esos besos me aferro cada que regreso de este hosco recuerdo y quiero creer que de algún modo me quiso y me tuvo cariño. A esos me aferro en días como hoy. Días de mudez obcecada y tremenda nostalgia.

No quisiera decir esto me siento ridícula haciéndolo–, pero a veces Andrés me hace sentir demasiado miserable y otra vez llorar se está convirtiendo en un hábito. Él no tiene la culpa de nada, esto quiero dejarlo muy claro. Uno no puede pretender que una persona lo quiera a uno de la misma manera en que uno quiere. Uno no puede librarse de toda responsabilidad incriminando a otros la propia infelicidad de uno; nosotros somos los hacedores de nuestra infelicidad. Eso me lo hizo entender él una tarde fría en la ciudad; el día que me dijo que no podía quererme. Si poder es capacidad, entonces querer era también capacidad. 

Desde ese momento, entendí el amor como una capacidad. Querer, entre muchas otras cosas, es la capacidad de sentir en plenitud un cariño ávido hacia otra persona. Y él ni siquiera era capaz de quererme. Lastimosamente, el amor en muchos casos no es un sentimiento recíproco. Lloré tanto.

Andrés se fue y ya no me llama. Este desorden hormonal me tiene intranquila y vulnerable, casi al borde de la desesperación y ya no sé qué más hacer. Tengo que entender que lo que pasó en esos gloriosos diez días días en los que de verdad, en serio, estuve en el cielo, ya se fueron y no puedo arrastrar nada de lo que quedó al presente. Los momentos se anclaron ahí. 

Allá empezaron y allá se quedaron. 

jueves, 20 de abril de 2017

Nunca había escrito tanto sobre alguien. Nunca nadie me había provocado tanta inspiración. 


martes, 18 de abril de 2017

Me sentía atrapada en una escena de película. Yo, mi propia heroína, observada por docenas de espectadores irreales, que supongo solo eran producto de mi enigmática imaginación, fui testigo de uno de los pequeños momentos más intensos y excitantes de mi vida. Conquistábamos la calle al tiempo que la atravesábamos y las luces amarillas de los carros, inmóviles y prestos a darnos todo el protagonismo y la puesta en escena necesarios, alumbraban nuestros cuerpos ya elevados por el efecto del cannabis. Con la mente distorsionada y un sentimiento de éxtasis y confiabilidad profundos, con la admiración del momento y la imagen perfecta de tu cuerpo caminando lentamente a tres pasos de mí, descubro entonces que ahí estaba la mezcla exacta que traería consigo el producto de un nuevo proceso mental en mi vida. Tres cosas, nada más: el lugar, la ocasión y tú.

Cada movimiento empezaba a quedarse atrás y las imágenes se implantaban en alguna parte de mi cabeza sin poder distinguir entre lo real y lo imaginario. La felicidad inexplicable de tenerte ahí, conmigo, empezaba a abrirse campo mientras nos dejábamos llevar por la fogosidad del momento dirigiéndonos a uno de mis más recientes sitios favoritos en el mundo: tu cuarto. No creo que hubiese deseado otra cosa que la sensación que corría por mi cuerpo en ese preciso instante, me sentía embriagada de completa felicidad; de ti, de tu presencia, de tu nombre, de tu ser.

La noche investía el lugar de una oscuridad casi absoluta que me provocaba emoción y deseo. Entramos en silencio y subimos las escaleras. Y es aquí donde empezaré a soltar palabras de todo lo que pasa por mi mente ahora que intento recordar el momento: me siento alegre, veo tu cama, es de noche, la luz blanca de tu lámpara me agrada, es extraño, no me gusta la luz blanca. Veo tus libros, un mundo dentro de otro mundo y así sucesivamente, ¿dónde estás? Estabas en el baño, estoy parada en tu cama seleccionando palabras impresas en los lomos de tus libros y los dejo caer. Hay libros regados por toda tu cama, suena Oblivion de Grimes en el fondo, llegas, te quiero besar, siento tu tacto, vuelvo a sentirme feliz, me gusta tu boca, no tengo el pantalón puesto, me dices que no quieres nada, que solo quieres hablar, sonrío, me lanzo hacia ti, te quiero sentir, hablamos, me haces preguntas, me gusta observarte, me gustan tus ojos oscuros, todo sigue sintiéndose muy lento, estoy absorta, embelesada, me gustas mucho. ¿Qué es real y qué no lo es? Amo tu inglés perfecto y fluido, tu voz es exquisita, profunda, me ensordece. Estamos drogados, tengo sueño, tu Mac, tus cobijas, tus libros y la luz blanca. Quiero acostarme bajo tus cobijas, lo estoy, see you on a dark night, ¿por qué no quieres nada? Necesito creerte. Te beso fuerte, mi mano en tu sexo, no quieres nada. Háblame entonces, dices que quieres conocerme. Me estoy quedando dormida, te quiero abrazar, tu piel cálida… Coming up behind you, always coming and you'd never have a clue. Eres fascinante. Estoy durmiendo a tu lado, escuchas New Order por primera vez, te encantan, sonrío de nuevo. Temptation, duermes, respiras fuerte, Oblivion. ¿Me olvidarás algún día? ¿Olvidarás este momento? ¿Olvidarás primero para luego recordar, recordar(me)? Me. Kiss me, touch me, taste me, watch me, destroy me… 


And if

A propósito de mi primera entrada de hoy. Esta imagen es demasiado relatable, se explica solita



Amarillo


Hay muchas cosas que quisiera explicar, pero mírame, si apenas, con la voz entrecortada, todo cuanto puedo decir es que estoy muy triste. Tiembla mi cuchara y ya no sé si lo que bebo son mis propias lágrimas que caen súbitamente en la copa.

Tiemblan también mis manos y cuestiono el frío y el dolor. Tiembla mi alma frágil. No puedo mirarte porque tengo los ojos vacíos y no quiero que me veas así. Me pesa todo el cuerpo y confirmo entonces la idea de que nunca pude alcanzarte. Estás frente a mí, sentado y no sabes qué decir. Te observo silenciosa tras el vidrio transparente que solo yo puedo ver, porque para ti es siempre invisible.

Acerco mi mano para tocarte, pero toco el vidrio, desde donde siempre te pude ver, desde donde estoy condenada a verte. Impalpable, tú, que me dejas así. Que me tienes ante ti desarmada, con el alma desnuda y ríos en el rostro. El corazón encharcado.

Amarillo… revuelvo el líquido con una cuchara que ya no es la misma y mi mano sigue temblorosa. Dibujo círculos por no tener que mirarte. Tengo palabras que flotan y se hunden y no logran ser habladas. Allá, un poco lejos, veo las luces que cuelgan desde arriba y estamos al aire libre.

Imagino… que el vidrio se rompe y no hay heridas. Pero las hay, porque el vidrio no está roto y por eso lo estoy yo. 

Camino pesadamente, despacio y tú a mi lado, taciturno, como la tarde que vemos caer. Y antes de partir me entrego en un abrazo preguntándome si será el último en mucho tiempo. Y te lloro, y me dueles, me dueles… 


Todavía


Todavía te imagino
 en lugares que veo
y en los que no he estado.

Lugares nuevos, puros,
que no me recuerdan a ti.
Que no has contagiado aún
con tu presencia exacta.

Lugares que conocen mi afán y deseo
de invadirlos contigo.

Todavía te dibujo en lugares,
calles que llevan tu nombre pintado,
que han descubierto
la belleza de tu alma.

Lugares en los que se ha
encerrado tu risa y que
me cantan las palabras
que me diste con tu voz contagiosa.

Todavía estás arriba
en las montañas.
Abajo en lo oscuro,
en cada esquina de las calles que visito.

En mi cuerpo,
pegado a mi piel.
En el frío de la noche
y la mañana.

Todavía estás en mi mente,
inmortalizado.
Brincando en recuerdos
Susurrándome secretos
Lloviéndome momentos.

Lejos o cerca,
todavía estás.
Todavía te pinto, te deseo,
te recuerdo tiernamente.

Todavía

Cherry

Quiero hundirme muy profundo en Cherry de Chromatics hasta que este dolor cese. ¿Es posible hundirse en una canción? Lo imagino como algo completamente tangible, una sensación física. No creo que haya un dolor más profundo que el del amor no correspondido. A mí, por ejemplo, me está matando. Y me ha estado matando desde que lo conocí, en septiembre del año pasado. Este dolor infalible se había adormecido durante el tiempo que dejé de verlo. Tanto juré que ya no sentía nada por él que estaba empezando a saborear los primeros sorbos de la libertad. Me sentía libre, como volando muy alto con las alas extendidas y la mente despejada. Lúcida y resplandeciente. Sin dolores, sin frustraciones, sin palabras no habladas, sin lágrimas reprimidas, sin nudos en el estómago. Me sentía libre porque él estaba lejos y yo ya lo estaba olvidando. Ahora que estoy aquí no sabría decir si volver a verlo me causó una felicidad inmensa o una tristeza infinita. Sé que los primeros días fueron una alegría absoluta, pero los últimos fueron la aproximación y el llamado de un dolor lacerante que sabía que en algún punto iba a volver a presenciar. Este hombre de ojos cafés no ha dejado de afectarme. 

Recuerdo la última noche en la cocina. Él cocinaba pasta con salsa Alfredo mientras yo lo observaba envuelta en mi bata de baño. De repente había recibido un mensaje que, al leerlo, se entregó en una sola sonrisa dulce casi desconocida para mí. Entonces cometí el gran error. «Te ves tan feliz... ¿Por qué?», le pregunté, esperando lo peor, casi arrepintiéndome. «Yeah! Cause that’s what being in love feels like». Jamás me había arrepentido tanto de haber cuestionado algo que yo ya sabía. Una vez más, estaba sobrepasando los límites de la mordacidad y el sadismo. Estas palabras me llegaron como fuetazos tórridos a los oídos. Me quedé fría, perpleja, con los pies pegados al piso como si estuvieran cubiertos de cemento y todo lo que pude hacer fue tragar saliva. La sonrisa que tenía hace un minuto fue desvaneciéndose de mi cara y la mirada se me quedó puesta en el vacío. A estas palabras dolientes le siguieron un silencio sordo y abrupto que se fue apoderando de todo el apartamento hasta que, después de varios minutos, pude por fin recomponerme y me dirigí a la habitación. 
«¿¡Has estado alguna vez enamorada!?» Gritó desde la cocina como tratando de enmendar el daño que ya estaba hecho y que sabía que había hecho. Pero yo ya estaba con la cara sumida entre las sábanas llorando esa profunda soledad que cosas como esta me causaban. Lloraba mi realidad. Estaba con él pero seguía estando sola. Como siempre, como desde que lo conocí, como desde que empecé a obsesionarme con Cherry al tiempo que me obsesionaba con él desde el momento en que se había aparecido como algo mágico en mi vida. No quisiera contar
lo que vino después, porque es aún más tortuoso, pero lo haré, aunque me derrita en lágrimas. 


Vino hasta la habitación y me preguntó qué me pasaba a pesar de que claramente ya lo sabía. Como si no supiera lo mucho que siempre me ha afectado su desamor. Como si no estuviera aware, ni tuviese conocimiento de nada. Le dije, todavía desnuda y tendida sobre la cama, que me dejara sola, que en serio quería estar sola. Y en verdad lo pedía a gritos. Pero claramente no se movió de ahí hasta convencerme y yo, cual tonta, cedí y me levanté de ahí con las pocas energías que tenía. Nunca me había comido un plato de pasta con tanta agonía. Creo que apenas podía pasar porque la pasta y el nudo que tenía estancado en la garganta se enredaban y formaban un nudo infinito que no me dejaban comer tranquila. Antes de comer, hablamos. Le expliqué, por milésima vez, lo que él significaba para mí. Le confesé mi amor nuevamente. Le dije que casi todos me decían que mis ojos desprendían un brillo repentino cada vez que hablaba de él. Mi sonrisa enorme me delataba siempre. Le dije que me sentía triste, que seguía sola. Y cuando se cambiaron los turnos, cuando le pregunté qué sentía él por mí, me supo decir de todo menos lo que en algún momento añoré escuchar. Nunca me dijo que me quería, nunca me dijo que me iba a extrañar, que yo también era especial para él. Nunca me dijo cualquier frase cursi y cliché a la que cualquiera se aferraría en un momento de desolación abismal. Las palabras salían de su boca frágiles, desaboridas y llegaban a parar en algún campo abierto como mariposas que vuelan sin rumbo. Me hablaba de mi futuro. De lo feliz que estaba por lo importante que sería este año para mí ¿lo sería? ¿Qué sabía él de mi futuro?—. En un momento me pareció que solo decía cosas desatinadas, frases sueltas que reemplazaba por otras que simplemente no le nacía decir. Su nivel de honestidad permanecía severo e implacable. Me decía que se alegraba de todos los proyectos que se asomaban a mi vida y que nuestra separación, como todo,  solo era algo parte de la vida. Nunca mencionó al amor, porque nunca lo hubo. Jamás lo sintió. Y escuchar tanta vuelta de palabras desabridas que no me decían nada me produjo un asco voraz que me llevó a decirle: «Ya no tienes que decir más». Tomé mi plato de pasta tan pronto como estuvo listo y arrastré el alma hasta la cama de la habitación, en donde quise sumirme de nuevo. 


Reencontrarme con el amor imposible de mi vida fue una mezcla de sentimientos agridulces. Una mezcla insoluble de la que aún no me he podido zafar y que me tiene dando vueltas en una ruleta de felicidad y desconsuelo. Dormir con él era mi momento preferido del día, porque sentía que era el único momento en el que realmente lo sentía mío. Cada noche me extasiaba de esa enorme ilusión que solo duraba hasta la mañana siguiente, cuando el sol nos asustaba con esos rayos y ese calor asaltantes. Solo en la noche lo prometía mío. Solo en las noches me podía dar el lujo de sostenerlo entre mis brazos y acercarme a él tanto como pudiera. De vez en cuando me alejaba para que él hiciera lo mismo y lo hacía. Mierda, lo hacía. Sin que yo dijera nada, me buscaba y respondía a mi deseo silente. Me tomaba en sus brazos quebrantadores y me hacía inmensamente feliz. Me sujetó cada noche que hizo frío, cada que nuestros cuerpos se helaban y quedaban al descubierto, semidesnudos y sin sábanas. Me acogió cuando estuve enferma, cuando me quejaba somnolienta, cuando necesité calor. Me estrechó cada vez que me giraba y nuestros cuerpos se rozaban de nuevo. Me arropó con sus malditos brazos cálidos la última noche que hubo ráfagas de viento en la habitación y en todo el apartamento. Esa noche el viento se colaba en las ventanas a causa de la impetuosa tormenta y yo, en la placidez de mi sueño, me maravillaba por esa seguridad excitante que me producían sus acogedores brazos bajo el estruendo de los truenos. Durante el día ya no era mío. Nos divertíamos haciendo mil cosas en el mar, en el apartamento, en la isla, en los restaurantes, pero no era mío. Lo sentía inalcanzablemente lejos. Lo admiraba con todo mi cariño desde una distancia descomunal mientras en silencio añoraba que llegara la noche. 


En el viaje de regreso de Múcura a Tolú resolví que lo mío con él no daba para más. Que mi relación con él, casi tan pura y jocosa como lo habría soñado cuando lo vi por primera vez, se había estancado en algún punto desde hacía mucho tiempo, en esta ciudad fría. Mi relación con él siempre crecerá hacia los lados, con los buenos momentos, las risas, la comida exquisita, la música compartida, los bailes, los tragos, los viajes, la compañía, el buen sexo, pero nunca crecerá verticalmente con amor. Mi relación con él siempre fue tortuosa y perfecta. Siempre me traerá alegría y nostalgia. Deseo y añoranza. Luz y sombra.


Despedirnos fue algo absolutamente desgarrador, para mí, claramente. Lo sentí libre. Sentí que lo estaba dejando para siempre y que esta sería nuestra despedida definitiva. Al otro día él también viajaría. Se iría lejos, fuera del país para rehacer su vida allá y emprender un futuro con la mujer por quien se desvivía y por quien, de hecho, alguna vez ardí en celos al descubrir su belleza y su talento arrollador. Me estaba derrumbando por dentro y no quise ni un beso más suyo, porque al final ya todos me quemaban y me partían en pedazos. No miré atrás, no le dije más. Dicen que mirar atrás es de mala suerte y yo que soy supersticiosa y creo en la mala suerte de las conchas de mar y los gatos negros, hice caso al famoso dicho. Después de un buen tiempo llorando a moco tendido y recordando todos los momentos que habíamos compartido desde su recibimiento en el aeropuerto hasta el último adiós, dejé de llorar y el conductor, quien también lo conocía a él y quien se había percatado de la interrupción de mi terrible llanto, me lanzó un «¿Ya terminó de llorar?» en un tono socarrón y chirriante que me hizo reír. Después caí en un sueño profundo con el corazón truncado y los ojos llorosos. En pocos minutos viajaría a la ciudad y volvería a esa horrible realidad que solo puede esperarse en un lugar tan agitado y maltrecho. En la noche, lloraría. Lloraría entregada al dolor en plenitud y con cada parte del cuerpo hasta adentrarme en un sueño consolador que no me recordara más su ausencia. Y en la mañana, despertaría, me levantaría y volvería a empezar.