A mi mente le falta entender muchas cosas
todavía. Cosas como que nunca fuiste tanto, por ejemplo. Como que nunca
llenaste ningún vacío. Como que jamás dejaste rota mi alma, porque en realidad
ya lo estaba. Le falta entender que nunca fuiste nada o que fuiste algo
superfluo… polvo viejo. Si intento salvar algo de lo poco que recuerdo, tanto
esfuerzo me indica que nunca hubo nada. Que todo se fue y que no volverá. Nunca
nos entendimos, jamás. Nunca compartimos algo. Tú eras sal y yo dulce. Tú con
tu política y yo con mis bailes y mi arte que jamás apreciaste. Eras todo lo
malo, todo lo sombrío, todo lo amargo. Tú con tu odio y tus ganas de hundirte
en tus propias ruinas. Tan frío, tan seco como nuestros últimos encuentros, tan
distante y egoísta. Y yo siempre tan dispuesta a escucharte, a darte lo poco
que quedaba de mí misma, porque cuando te conocí ya estaba perdida, incompleta.
No, cariño, no me tenías a mí, nunca tuviste esa fortuna. Tenías a mis restos y
hasta mis restos te di. Al fin y al cabo, ¿qué te vi? ¿Qué me juré a tu lado?
¿Qué vi que en realidad no había? Te confundí de todas las formas posibles; te
confundí por abrazos y besos, por mis ilusiones tontas que me llevaron a entregarte
más de lo que merecías. Te confundí por el amor de mi vida. Y si me preguntan
si te extraño, diría que hay días en que lo hago. Unos más que otros. Hay
tardes en que tengo ganas mil de verte, pero hay otras en las que quisiera
gritarte a la cara y mostrarte cómo me dejaste: rota. Sí, todavía imagino tus
ojos verdes; sí, todavía me pregunto por ti, pero no eres necesidad y sin ti
también puedo respirar. Eres fantasma ya. Tardes de junio olvidadas. A mi mente
le falta entender tantas cosas… Que no se me ocurra la locura de estar contigo
otra vez. Que no te vuelva a buscar nunca más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario