Hay muchas
cosas que quisiera explicar, pero mírame, si apenas, con la voz entrecortada, todo
cuanto puedo decir es que estoy muy triste. Tiembla mi cuchara y ya no sé si lo
que bebo son mis propias lágrimas que caen súbitamente en la copa.
Tiemblan
también mis manos y cuestiono el frío y el dolor. Tiembla mi alma frágil. No
puedo mirarte porque tengo los ojos vacíos y no quiero que me veas así. Me pesa
todo el cuerpo y confirmo entonces la idea de que nunca pude alcanzarte. Estás
frente a mí, sentado y no sabes qué decir. Te observo silenciosa tras el vidrio
transparente que solo yo puedo ver, porque para ti es siempre invisible.
Acerco mi
mano para tocarte, pero toco el vidrio, desde donde siempre te pude ver, desde
donde estoy condenada a verte. Impalpable, tú, que me dejas así. Que me tienes
ante ti desarmada, con el alma desnuda y ríos en el rostro. El corazón
encharcado.
Amarillo…
revuelvo el líquido con una cuchara que ya no es la misma y mi mano sigue temblorosa.
Dibujo círculos por no tener que mirarte. Tengo palabras que flotan y se hunden
y no logran ser habladas. Allá, un poco lejos, veo las luces que cuelgan desde
arriba y estamos al aire libre.
Imagino… que
el vidrio se rompe y no hay heridas. Pero las hay, porque el vidrio no está
roto y por eso lo estoy yo.
Camino pesadamente, despacio y tú a mi lado, taciturno, como la tarde que vemos caer. Y antes de partir me entrego en un abrazo preguntándome si será el último en mucho tiempo. Y te lloro, y me dueles, me dueles…
Camino pesadamente, despacio y tú a mi lado, taciturno, como la tarde que vemos caer. Y antes de partir me entrego en un abrazo preguntándome si será el último en mucho tiempo. Y te lloro, y me dueles, me dueles…
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