Quiero hundirme muy profundo en Cherry de Chromatics hasta que este dolor cese. ¿Es posible hundirse en una canción? Lo imagino como algo completamente tangible, una sensación física. No creo que haya un dolor más profundo que el del amor no correspondido. A mí, por ejemplo, me está matando. Y me ha estado matando desde que lo conocí, en septiembre del año pasado. Este dolor infalible se había adormecido durante el tiempo que dejé de verlo. Tanto juré que ya no sentía nada por él que estaba empezando a saborear los primeros sorbos de la libertad. Me sentía libre, como volando muy alto con las alas extendidas y la mente despejada. Lúcida y resplandeciente. Sin dolores, sin frustraciones, sin palabras no habladas, sin lágrimas reprimidas, sin nudos en el estómago. Me sentía libre porque él estaba lejos y yo ya lo estaba olvidando. Ahora que estoy aquí no sabría decir si volver a verlo me causó una felicidad inmensa o una tristeza infinita. Sé que los primeros días fueron una alegría absoluta, pero los últimos fueron la aproximación y el llamado de un dolor lacerante que sabía que en algún punto iba a volver a presenciar. Este hombre de ojos cafés no ha dejado de afectarme.
Recuerdo la última noche en la cocina. Él cocinaba pasta con salsa Alfredo mientras yo lo observaba envuelta en mi bata de baño. De repente había recibido un mensaje que, al leerlo, se entregó en una sola sonrisa dulce casi desconocida para mí. Entonces cometí el gran error. «Te ves tan feliz... ¿Por qué?», le pregunté, esperando lo peor, casi arrepintiéndome. «Yeah! Cause that’s what being in love feels like». Jamás me había arrepentido tanto de haber cuestionado algo que yo ya sabía. Una vez más, estaba sobrepasando los límites de la mordacidad y el sadismo. Estas palabras me llegaron como fuetazos tórridos a los oídos. Me quedé fría, perpleja, con los pies pegados al piso como si estuvieran cubiertos de cemento y todo lo que pude hacer fue tragar saliva. La sonrisa que tenía hace un minuto fue desvaneciéndose de mi cara y la mirada se me quedó puesta en el vacío. A estas palabras dolientes le siguieron un silencio sordo y abrupto que se fue apoderando de todo el apartamento hasta que, después de varios minutos, pude por fin recomponerme y me dirigí a la habitación. «¿¡Has estado alguna vez enamorada!?» Gritó desde la cocina como tratando de enmendar el daño que ya estaba hecho y que sabía que había hecho. Pero yo ya estaba con la cara sumida entre las sábanas llorando esa profunda soledad que cosas como esta me causaban. Lloraba mi realidad. Estaba con él pero seguía estando sola. Como siempre, como desde que lo conocí, como desde que empecé a obsesionarme con Cherry al tiempo que me obsesionaba con él desde el momento en que se había aparecido como algo mágico en mi vida. No quisiera contar lo que vino después, porque es aún más tortuoso, pero lo haré, aunque me derrita en lágrimas.
Reencontrarme con el amor imposible de mi vida fue una mezcla de sentimientos agridulces. Una mezcla insoluble de la que aún no me he podido zafar y que me tiene dando vueltas en una ruleta de felicidad y desconsuelo. Dormir con él era mi momento preferido del día, porque sentía que era el único momento en el que realmente lo sentía mío. Cada noche me extasiaba de esa enorme ilusión que solo duraba hasta la mañana siguiente, cuando el sol nos asustaba con esos rayos y ese calor asaltantes. Solo en la noche lo prometía mío. Solo en las noches me podía dar el lujo de sostenerlo entre mis brazos y acercarme a él tanto como pudiera. De vez en cuando me alejaba para que él hiciera lo mismo y lo hacía. Mierda, lo hacía. Sin que yo dijera nada, me buscaba y respondía a mi deseo silente. Me tomaba en sus brazos quebrantadores y me hacía inmensamente feliz. Me sujetó cada noche que hizo frío, cada que nuestros cuerpos se helaban y quedaban al descubierto, semidesnudos y sin sábanas. Me acogió cuando estuve enferma, cuando me quejaba somnolienta, cuando necesité calor. Me estrechó cada vez que me giraba y nuestros cuerpos se rozaban de nuevo. Me arropó con sus malditos brazos cálidos la última noche que hubo ráfagas de viento en la habitación y en todo el apartamento. Esa noche el viento se colaba en las ventanas a causa de la impetuosa tormenta y yo, en la placidez de mi sueño, me maravillaba por esa seguridad excitante que me producían sus acogedores brazos bajo el estruendo de los truenos. Durante el día ya no era mío. Nos divertíamos haciendo mil cosas en el mar, en el apartamento, en la isla, en los restaurantes, pero no era mío. Lo sentía inalcanzablemente lejos. Lo admiraba con todo mi cariño desde una distancia descomunal mientras en silencio añoraba que llegara la noche.
En el viaje de regreso de Múcura a Tolú resolví que lo mío con él no daba para más. Que mi relación con él, casi tan pura y jocosa como lo habría soñado cuando lo vi por primera vez, se había estancado en algún punto desde hacía mucho tiempo, en esta ciudad fría. Mi relación con él siempre crecerá hacia los lados, con los buenos momentos, las risas, la comida exquisita, la música compartida, los bailes, los tragos, los viajes, la compañía, el buen sexo, pero nunca crecerá verticalmente con amor. Mi relación con él siempre fue tortuosa y perfecta. Siempre me traerá alegría y nostalgia. Deseo y añoranza. Luz y sombra.
Despedirnos fue algo absolutamente desgarrador, para mí, claramente. Lo sentí libre. Sentí que lo estaba dejando para siempre y que esta sería nuestra despedida definitiva. Al otro día él también viajaría. Se iría lejos, fuera del país para rehacer su vida allá y emprender un futuro con la mujer por quien se desvivía y por quien, de hecho, alguna vez ardí en celos al descubrir su belleza y su talento arrollador. Me estaba derrumbando por dentro y no quise ni un beso más suyo, porque al final ya todos me quemaban y me partían en pedazos. No miré atrás, no le dije más. Dicen que mirar atrás es de mala suerte y yo que soy supersticiosa y creo en la mala suerte de las conchas de mar y los gatos negros, hice caso al famoso dicho. Después de un buen tiempo llorando a moco tendido y recordando todos los momentos que habíamos compartido desde su recibimiento en el aeropuerto hasta el último adiós, dejé de llorar y el conductor, quien también lo conocía a él y quien se había percatado de la interrupción de mi terrible llanto, me lanzó un «¿Ya terminó de llorar?» en un tono socarrón y chirriante que me hizo reír. Después caí en un sueño profundo con el corazón truncado y los ojos llorosos. En pocos minutos viajaría a la ciudad y volvería a esa horrible realidad que solo puede esperarse en un lugar tan agitado y maltrecho. En la noche, lloraría. Lloraría entregada al dolor en plenitud y con cada parte del cuerpo hasta adentrarme en un sueño consolador que no me recordara más su ausencia. Y en la mañana, despertaría, me levantaría y volvería a empezar.
Recuerdo la última noche en la cocina. Él cocinaba pasta con salsa Alfredo mientras yo lo observaba envuelta en mi bata de baño. De repente había recibido un mensaje que, al leerlo, se entregó en una sola sonrisa dulce casi desconocida para mí. Entonces cometí el gran error. «Te ves tan feliz... ¿Por qué?», le pregunté, esperando lo peor, casi arrepintiéndome. «Yeah! Cause that’s what being in love feels like». Jamás me había arrepentido tanto de haber cuestionado algo que yo ya sabía. Una vez más, estaba sobrepasando los límites de la mordacidad y el sadismo. Estas palabras me llegaron como fuetazos tórridos a los oídos. Me quedé fría, perpleja, con los pies pegados al piso como si estuvieran cubiertos de cemento y todo lo que pude hacer fue tragar saliva. La sonrisa que tenía hace un minuto fue desvaneciéndose de mi cara y la mirada se me quedó puesta en el vacío. A estas palabras dolientes le siguieron un silencio sordo y abrupto que se fue apoderando de todo el apartamento hasta que, después de varios minutos, pude por fin recomponerme y me dirigí a la habitación. «¿¡Has estado alguna vez enamorada!?» Gritó desde la cocina como tratando de enmendar el daño que ya estaba hecho y que sabía que había hecho. Pero yo ya estaba con la cara sumida entre las sábanas llorando esa profunda soledad que cosas como esta me causaban. Lloraba mi realidad. Estaba con él pero seguía estando sola. Como siempre, como desde que lo conocí, como desde que empecé a obsesionarme con Cherry al tiempo que me obsesionaba con él desde el momento en que se había aparecido como algo mágico en mi vida. No quisiera contar lo que vino después, porque es aún más tortuoso, pero lo haré, aunque me derrita en lágrimas.
Vino hasta la habitación y me preguntó qué me pasaba a pesar de que claramente ya lo sabía. Como si no supiera lo mucho que siempre me ha afectado su desamor. Como si no estuviera aware, ni tuviese conocimiento de nada. Le dije, todavía desnuda y tendida sobre la cama, que me dejara sola, que en serio quería estar sola. Y en verdad lo pedía a gritos. Pero claramente no se movió de ahí hasta convencerme y yo, cual tonta, cedí y me levanté de ahí con las pocas energías que tenía. Nunca me había comido un plato de pasta con tanta agonía. Creo que apenas podía pasar porque la pasta y el nudo que tenía estancado en la garganta se enredaban y formaban un nudo infinito que no me dejaban comer tranquila. Antes de comer, hablamos. Le expliqué, por milésima vez, lo que él significaba para mí. Le confesé mi amor nuevamente. Le dije que casi todos me decían que mis ojos desprendían un brillo repentino cada vez que hablaba de él. Mi sonrisa enorme me delataba siempre. Le dije que me sentía triste, que seguía sola. Y cuando se cambiaron los turnos, cuando le pregunté qué sentía él por mí, me supo decir de todo menos lo que en algún momento añoré escuchar. Nunca me dijo que me quería, nunca me dijo que me iba a extrañar, que yo también era especial para él. Nunca me dijo cualquier frase cursi y cliché a la que cualquiera se aferraría en un momento de desolación abismal. Las palabras salían de su boca frágiles, desaboridas y llegaban a parar en algún campo abierto como mariposas que vuelan sin rumbo. Me hablaba de mi futuro. De lo feliz que estaba por lo importante que sería este año para mí —¿lo sería? ¿Qué sabía él de mi futuro?—. En un momento me pareció que solo decía cosas desatinadas, frases sueltas que reemplazaba por otras que simplemente no le nacía decir. Su nivel de honestidad permanecía severo e implacable. Me decía que se alegraba de todos los proyectos que se asomaban a mi vida y que nuestra separación, como todo, solo era algo parte de la vida. Nunca mencionó al amor, porque nunca lo hubo. Jamás lo sintió. Y escuchar tanta vuelta de palabras desabridas que no me decían nada me produjo un asco voraz que me llevó a decirle: «Ya no tienes que decir más». Tomé mi plato de pasta tan pronto como estuvo listo y arrastré el alma hasta la cama de la habitación, en donde quise sumirme de nuevo.
Reencontrarme con el amor imposible de mi vida fue una mezcla de sentimientos agridulces. Una mezcla insoluble de la que aún no me he podido zafar y que me tiene dando vueltas en una ruleta de felicidad y desconsuelo. Dormir con él era mi momento preferido del día, porque sentía que era el único momento en el que realmente lo sentía mío. Cada noche me extasiaba de esa enorme ilusión que solo duraba hasta la mañana siguiente, cuando el sol nos asustaba con esos rayos y ese calor asaltantes. Solo en la noche lo prometía mío. Solo en las noches me podía dar el lujo de sostenerlo entre mis brazos y acercarme a él tanto como pudiera. De vez en cuando me alejaba para que él hiciera lo mismo y lo hacía. Mierda, lo hacía. Sin que yo dijera nada, me buscaba y respondía a mi deseo silente. Me tomaba en sus brazos quebrantadores y me hacía inmensamente feliz. Me sujetó cada noche que hizo frío, cada que nuestros cuerpos se helaban y quedaban al descubierto, semidesnudos y sin sábanas. Me acogió cuando estuve enferma, cuando me quejaba somnolienta, cuando necesité calor. Me estrechó cada vez que me giraba y nuestros cuerpos se rozaban de nuevo. Me arropó con sus malditos brazos cálidos la última noche que hubo ráfagas de viento en la habitación y en todo el apartamento. Esa noche el viento se colaba en las ventanas a causa de la impetuosa tormenta y yo, en la placidez de mi sueño, me maravillaba por esa seguridad excitante que me producían sus acogedores brazos bajo el estruendo de los truenos. Durante el día ya no era mío. Nos divertíamos haciendo mil cosas en el mar, en el apartamento, en la isla, en los restaurantes, pero no era mío. Lo sentía inalcanzablemente lejos. Lo admiraba con todo mi cariño desde una distancia descomunal mientras en silencio añoraba que llegara la noche.
En el viaje de regreso de Múcura a Tolú resolví que lo mío con él no daba para más. Que mi relación con él, casi tan pura y jocosa como lo habría soñado cuando lo vi por primera vez, se había estancado en algún punto desde hacía mucho tiempo, en esta ciudad fría. Mi relación con él siempre crecerá hacia los lados, con los buenos momentos, las risas, la comida exquisita, la música compartida, los bailes, los tragos, los viajes, la compañía, el buen sexo, pero nunca crecerá verticalmente con amor. Mi relación con él siempre fue tortuosa y perfecta. Siempre me traerá alegría y nostalgia. Deseo y añoranza. Luz y sombra.
Despedirnos fue algo absolutamente desgarrador, para mí, claramente. Lo sentí libre. Sentí que lo estaba dejando para siempre y que esta sería nuestra despedida definitiva. Al otro día él también viajaría. Se iría lejos, fuera del país para rehacer su vida allá y emprender un futuro con la mujer por quien se desvivía y por quien, de hecho, alguna vez ardí en celos al descubrir su belleza y su talento arrollador. Me estaba derrumbando por dentro y no quise ni un beso más suyo, porque al final ya todos me quemaban y me partían en pedazos. No miré atrás, no le dije más. Dicen que mirar atrás es de mala suerte y yo que soy supersticiosa y creo en la mala suerte de las conchas de mar y los gatos negros, hice caso al famoso dicho. Después de un buen tiempo llorando a moco tendido y recordando todos los momentos que habíamos compartido desde su recibimiento en el aeropuerto hasta el último adiós, dejé de llorar y el conductor, quien también lo conocía a él y quien se había percatado de la interrupción de mi terrible llanto, me lanzó un «¿Ya terminó de llorar?» en un tono socarrón y chirriante que me hizo reír. Después caí en un sueño profundo con el corazón truncado y los ojos llorosos. En pocos minutos viajaría a la ciudad y volvería a esa horrible realidad que solo puede esperarse en un lugar tan agitado y maltrecho. En la noche, lloraría. Lloraría entregada al dolor en plenitud y con cada parte del cuerpo hasta adentrarme en un sueño consolador que no me recordara más su ausencia. Y en la mañana, despertaría, me levantaría y volvería a empezar.
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