Recuerdo la noche de baile en Múcura. La noche que me negó un beso. Ese día nos fuimos a dormir temprano; el sol y el mar nos habían dejado tan exhaustos, que a las ocho de la noche, después de cenar, ya teníamos el sueño pegado a los ojos. Leí un rato antes de acostarme y después caí profunda. De lejos, se alcanzaba a oír el barullo de la gente que se jactaba de la música y se movía con cierta vehemencia. La isla estaba de fiesta esa noche y más de la mitad estaban celebrando. Mientras tanto, él y yo descansábamos como dos niños que caen rendidos al final de un día largo y presuroso.
A las once de la noche, quizá –en la isla había
perdido la noción del tiempo–, me desperté de un solo golpe tan pronto reconocí
a lo lejos una canción que me encantaba: Solitario, de Mitú. Esta canción la
había escuchado por primera vez en vivo en el Sónar 2016 y después fue a parar en
la sala de su casa la noche de Año Nuevo que celebramos juntos. Esa noche, llegué
a su casa a la una de la mañana a bailar, a tomar champagne y a besarlo con todas mis
fuerzas.
«¿Vamos a bailar?», fue lo primero que le dije tan
pronto abrió los ojos cuando lo desperté, y después nos dirigimos al lugar donde
ya la gente se extasiaba bajo el embriagante efecto del alcohol y el retumbante sonido de la música. Allí estuvimos
hasta las cinco de la mañana. Las primeras veces, bailó conmigo. Después se
alejó.
Cuando lo observaba de lejos, era cuando más
sentía esa sensación latente de que yo jamás le pertenecería a un hombre tan desprendido
de mí. Él y su magnífico mundo, él y su independencia, él y su manera única y
diferente de ver la vida. Él y su pasado, él y sus manías. Él y su todo. Bailaba
y yo lo observaba mientras en mi mente me adelantaba a esa escena en la que lo
despedía para siempre y sentía que me derrumbaba por dentro.
En una ocasión, él se fue al baño sin decir nada
y yo me quedé bailando sola y desprotegida en medio de la gente. Algo que se
asemejaba mucho a mi realidad con él. Una especie de analogía que me mostraba,
una vez más, esa avalancha de abandono raudo y despreocupado que llegaba en los
momentos más repentinos. Tan repentinos que cuando sucedía, no sabía a qué
sujetarme. Nunca estaba preparada. Quedaba suelta flotando en un vacío frío.
Seguí bailando tratando de disimular la desnudez sentimental y emocional que me envolvía en ese instante y de vez en cuando miraba a todos lados para ver si lo veía llegar de alguna parte. De pronto, un hombre de un metro y ochenta se acercó a mí sugestivo y resuelto. «¿Por qué estás tan sola?», me preguntó al oído. Aunque detesté la pregunta cliché y latosa accedí a bailar con él casi toda la noche, no solo porque su cara y cuerpo emitían una perfección desmesurada, sino porque además era estadounidense y bailaba increíblemente bien. Estaba anonadada. Se movía con una sutileza impecable que encajaba con mis movimientos, mis giros y mis ritmos a las mil maravillas. Conducía con una firmeza excitante y de vez en cuando sus manos grandes agarraban mi cintura de una forma que me hacía sentir menuda e incitante. No era nada escueto en su actuar, pero sin duda sabía cómo manejar tanto pavoneo para convertirse en un hombre sumamente atrayente que potenciara el borboteo de mi libido.
Seguí bailando tratando de disimular la desnudez sentimental y emocional que me envolvía en ese instante y de vez en cuando miraba a todos lados para ver si lo veía llegar de alguna parte. De pronto, un hombre de un metro y ochenta se acercó a mí sugestivo y resuelto. «¿Por qué estás tan sola?», me preguntó al oído. Aunque detesté la pregunta cliché y latosa accedí a bailar con él casi toda la noche, no solo porque su cara y cuerpo emitían una perfección desmesurada, sino porque además era estadounidense y bailaba increíblemente bien. Estaba anonadada. Se movía con una sutileza impecable que encajaba con mis movimientos, mis giros y mis ritmos a las mil maravillas. Conducía con una firmeza excitante y de vez en cuando sus manos grandes agarraban mi cintura de una forma que me hacía sentir menuda e incitante. No era nada escueto en su actuar, pero sin duda sabía cómo manejar tanto pavoneo para convertirse en un hombre sumamente atrayente que potenciara el borboteo de mi libido.
Más tarde, cuando lo vio llegar, me preguntó si
se estaba interponiendo en algo y yo solo le dije: «No, yo no le gusto». Claro
que a Andrés le daba igual. No se le veía por ningún lado una sola expresión de recelo que delatara un mínimo sentimiento de pertenencia hacia mí. Le daba
tan igual que él seguía metido en su mundo bailando y perdiéndose entre la
gente. Yo seguí bailando y fingiendo que también me daba igual, que esa noche, como
siempre, éramos personas independientes con el derecho de estar con quien
quisiéramos; pero una parte crédula de mí insistía en que estaba dejando de
lado a quien verdaderamente debía ser mi partner
de baile y a quien, de alguna manera, le pertenecía. Pero no.
Después de unas canciones, me dirigí hacia él casi extrañándolo y queriendo besarlo. Entonces acerqué mis labios a su boca cálida obedeciendo a mi ávido deseo, pero fue ahí cuando me corrió la cara con un movimiento brusco que me dejó ente paralizada y avergonzada.
Después de unas canciones, me dirigí hacia él casi extrañándolo y queriendo besarlo. Entonces acerqué mis labios a su boca cálida obedeciendo a mi ávido deseo, pero fue ahí cuando me corrió la cara con un movimiento brusco que me dejó ente paralizada y avergonzada.
No era que tuviera celos ni nada por el estilo,
era que esa noche se sentía tan desprendido de mí, que no hallaba espacio ni para
un beso. Estaba claro: esa noche yo no tenía cabida en su vida.
El lóbrego recuerdo de este beso que no fue lo
intento compensar no con los que me aceptó, sino con aquellos que me lanzó inesperadamente.
Esos fueron los más especiales: el primer beso de bienvenida cuando nos
abrazamos en el aeropuerto; todos los que me plantó en la frente las veces que
se fue a trabajar temprano mientras yo dormía; el desgarrador beso de despedida que hizo temblar mis labios y encharcarlos de
lágrimas...
A esos besos me aferro cada que regreso de este hosco recuerdo y quiero creer que de algún modo me quiso y me tuvo cariño. A esos me aferro en días como hoy. Días de mudez obcecada y tremenda nostalgia.
A esos besos me aferro cada que regreso de este hosco recuerdo y quiero creer que de algún modo me quiso y me tuvo cariño. A esos me aferro en días como hoy. Días de mudez obcecada y tremenda nostalgia.
No quisiera decir esto –me siento ridícula
haciéndolo–, pero a veces Andrés me hace sentir demasiado miserable y otra vez
llorar se está convirtiendo en un hábito. Él no tiene la culpa de nada, esto
quiero dejarlo muy claro. Uno no puede pretender que una persona lo quiera a
uno de la misma manera en que uno quiere. Uno no puede librarse de toda
responsabilidad incriminando a otros la propia infelicidad de uno; nosotros
somos los hacedores de nuestra infelicidad. Eso me lo hizo entender él una
tarde fría en la ciudad; el día que me dijo que no podía quererme. Si poder es capacidad, entonces querer era también capacidad.
Desde ese momento, entendí el amor como una capacidad. Querer, entre muchas otras cosas, es la capacidad de sentir en plenitud un cariño ávido hacia otra persona. Y él ni siquiera era capaz de quererme. Lastimosamente, el amor en muchos casos no es un sentimiento recíproco. Lloré tanto.
Desde ese momento, entendí el amor como una capacidad. Querer, entre muchas otras cosas, es la capacidad de sentir en plenitud un cariño ávido hacia otra persona. Y él ni siquiera era capaz de quererme. Lastimosamente, el amor en muchos casos no es un sentimiento recíproco. Lloré tanto.
Allá empezaron y allá se quedaron.
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