We had it all. Lo teníamos todo. Vivíamos en el paraíso sin saber que vivíamos. Nos rodeábamos de mar y sin embargo no nos cansamos lo suficiente como quien vive sin saber que un día las cosas se acaban, y a nosotros se nos acababa el tiempo. No nos cansamos como debimos. No nos quemamos de la manera en que suelen quemarse dos humanos juntos. Vivimos con demasiada libertad cada día que iba llegando sin contar las horas ni escuchar las manecillas del reloj y ya no sé si eso es bueno o malo. Nos divertimos como suelen hacerlo los niños antes de tropezar con los cordones sin amarrar. A lo mejor me quise quemar contigo pero fue el sol quien lo hizo en la playa. Quería que fueras tú para tener suficiente. Que un día, de la nada, me levantara y dijera «ya no más», pero no me bastó con las mañanas que desperté a tu lado. Lo teníamos todo y no lo agotamos. Flotamos, ciegos, inadvirtiendo el futuro con esta manera nuestra de extrañarnos porque no nos besamos lo suficiente, no nos arrojamos al mar las veces que fueran necesarias hasta que la sal nos secara la piel. No te miré tantas veces como pude, como quise. No te rodeé hasta el tedio con mis brazos flacos para que me protegieras de una caída. Todo venía y luego se iba como el viento y tú y yo éramos dos fantasmas en el tiempo lento de los mortales. Eras vino y no te bebí lo suficiente hasta embriagarme. Mi postre en la tarde, mi flan de sobremesa y no te repetí tantas veces hasta que el azúcar me helara la sangre. En la embriaguez de tu licor me hubiera frenado, pero fuiste vino que nunca terminé de beber porque el tiempo me lo arrebató de los labios como un animal violento. Necesitaba cansarme de ti pero no te agoté, no te besé hasta el cansancio porque creí ver al tiempo estirarse como la piel sobre los huesos cuando en realidad a la mañana siguiente te perdía. A lo mejor un día despertaba y ya no eras tú con un beso precipitado en mi frente antes de irte al trabajo. Ya no eras tú llegando a las doce. Ya no eras tú en el paraíso; en mi paraíso ilusorio de cielo exento y la infinidad del mar a cincuenta metros de nuestros pies descalzos. A menos de un metro te tenía siempre y ese también era mi paraíso. Pero una mañana te perdía y yo con mi copa de vino a punto de estallarse en mis labios ya rotos te dije adiós. Una herida sobra otra. Qué adiós tan a medias, tan mediocre, tan fracturado, tan escéptico, porque en el fondo te rogaba «no te vayas» y porque el adiós que más duele es el que nunca quiere darse, pero te fuiste y me quedé incompleta con un sentimiento inconcluso que nunca se esfumó. Hoy todo lo que sumo es lo que nunca me restó de ti con tu cariño incompleto. Siempre me faltó algo más: un beso más, un abrazo más, un día más para volver a hacerte el amor, una canción más para volvértela a bailar, una tormenta más para aferrarme más a ti, una noche más para llorarte con mi angustia infantil y decirte que te voy a extrañar. Siempre más. Más mar, más vino, más flan, más sal, más cielo, más horas, más tiempo, más todo, hasta el tope, hasta el pico, hasta el final... pero solo me quedó tu copa de vino a medio terminar.
domingo, 14 de octubre de 2018
lunes, 28 de mayo de 2018
Que sí, que no
Me dices
que me odias y después que no, que si me odiaras, no estarías acá. Yo me río. Yo
no te odio, ni te amo, ni te quiero. A lo mejor ni me gustes ahora. Me dices
que mis dientes son dos Cliclets Adams. Te encantan. Me preguntas que qué te
miro. Me dices que deje de mirarte tanto la boca. Que por qué te miro tanto la
boca. Te estoy fastidiando con mi sonrisa de niña pícara. Te digo que me
encanta verte enojado, que me excita. Te acercas a mí a propósito. Sabes que si
te acercas demasiado voy a terminar besándote y termino besándote. Me da igual.
De todas formas iba a besarte. Eres un maldito bastardo.
Tartrazine
La noche
del jueves:
- Recibí un mensaje de Andrés Coca-Cola a las once y cuarenta.
- Yo estaba en la cocina.
- Hablamos por WhatsApp, como si cuatro meses no hubiesen pasado.
- Me dijo que nos viéramos al día siguiente.
- Llegué a mi casa a las tres y cuarenta de la mañana.
- No estaba soñando con Andrés Coca-Cola.
--
La ciudad
duerme y yo estoy despierta en el único carro que se desplaza por toda la
Autopista. Estoy en el asiento delantero. Alzo los brazos y canto muy alto
Smile Like You Mean It. No me importa que esté incomodando al Uber con mi voz
disonante and I’m smiling, like I mean it. Son The Killers, al fin y al cabo, y
soy yo en este carro a las dos y media de la mañana preguntándome si la
chaqueta roja que llevo puesta es real, si las manos cálidas de Andrés
Coca-Cola son las que se extienden para rodearme el cuello desde atrás y
si es cierto que no se trata de otro de los sueños que llevo teniendo con
Andrés Coca-Cola desde que dejamos de hablar.
No es un
sueño. Somos él, yo y el conductor de Uber dirigiéndonos al McDonald’s de la
127 con Autopista mientras la ciudad reposa en un suspiro. La ciudad amodorrada
y Andrés Coca-Cola y yo, como sacados de un cuento de un librito viejo, estamos
despiertos uno al lado del otro, o mejor dicho, uno al frente del otro, porque
le estoy robando besos para divertirme.
El McDonald’s de 24 horas estaba en mantenimiento y Andrés
Coca-Cola y yo hemos terminado en el estacionamiento de una estación de gasolina
comiendo cualquier cosa que nos quitara el hambre: él un perro caliente y yo unas papitas de limón con té Hatsu. Nos sentamos en una de las mesas. Cerca a nosotros hay un hombre viejo en pijama muy extraño, pero no le presto mucha atención. Hago ruido al morder
las papitas, me divierto, me siento, por fin, libre. Me dice que nadie antes lo
había llamado bastardo y ambos nos reímos. Me pregunta
si sigo siendo vegana de mentiras, le digo que he olvidado su segundo apellido,
él recuerda mi nombre completo, le digo que me dé una pista, él me dice que aparece
en la Biblia, me da las primeras letras, B y A, yo le
digo: Andrés Santafé BAstardo, y él se ríe. Veo al respaldo de mi paquete de papas la palabra tartrazina y le pregunto qué es. Me responde enseguida: un colorante amarillo número 5. Le digo que es un ñoño y él me dice que sus papas de
pollo son más saludables porque no contienen tartrazina. Yo me
río, le digo que no me importa, que me da igual y sigo comiendo. Y seguimos
hablando, ya no recuerdo de qué.
Tartrazina.
--
Mi vida es
una ruleta de colores que no para. Jamás esperé un mensaje de Andrés Coca-Cola.
Jamás un jueves a las once y cuarenta de la noche. Jamás un Maria. Jamás un ¿nos vemos
mañana? Jamás un ven temprano.
Jamás un ven ya. Jamás un baja y voy. Jamás un ¿dirección? Jamás un salgo ya. Jamás un baja en cinco.
Está claro
que Andrés Coca-Cola está loco. Y digo que está claro porque incluso yo se lo
he dicho y él me ha respondido que siempre.
Y está claro que yo también lo estoy. Por haber aceptado y haberlo visto, y por
haberme subido a ese Renault Clio a las dos y media de la mañana. Por haberme
vestido de nuevo, por haber bajado, medio resfriada, y haber caminado hacia él
mientras me esperaba al pie de la portería. Por haberme acercado y haberlo
saludado de beso en la mejilla con recelo, pero de beso en la mejilla. Por
dejarme abrazar y haberlo abrazado. Una, dos, tres veces. Por haberlo besado
tanto. Una, dos, tres, cuatro, cinco... tantas veces. Por haberle dicho maldito
bastardo y luego besarlo otra vez. Por haberle dicho que ya todo me daba igual.
Por haberlo ahorcado ligeramente con mis manos mientras le miraba a los ojos.
Por decirle que yo no iba a ser su cuarta novia de mentiras y reírme y besarlo.
Por decirle que a su apartamento no volvía jamás y besarlo.
Andrés
Coca-Cola y yo hablábamos de todo y nada. Con enigmas y sin reproches. Con
metáforas. Con odio y asco y cariño y deseo. Me dice por primera vez estás más alta que yo. A manera de metáfora, estoy segura. Yo estaba apoyada sobre un murito que me permitía estar unos centímetros
más alta que él. Lo suficientes para rodearlo con mis brazos y besarlo cuando
yo quisiera. Besarle la frente, la mejilla, el mentón, la boca, lamerme el
cuello, morderle el lóbulo de la oreja derecha, susurrarle maldito bastardo al oído y
meterle la pierna entre sus muslos para rozarlo y provocarlo, porque me encanta
hacerlo.
Es cierto
que por primera vez yo estaba más alta que él. Estaba por encima y no por
debajo, observándolo en todo su esplendor sobre su pedestal. Esta vez era yo
quien se reía y le decía: ¿Qué sentiste cuando te enteraste? Qué risa todo. Y
él me decía: a mí no me parece nada chistoso, Maria Catalina. Estaba por encima
de sus comentarios, de lo que hiciera o pensara de mí. De lo que sintiera por
mí. Al y al cabo fue él quien volvió a mí, quien vino a buscarme y quien quiso
venir a verme, al pie de mi edificio.
No me creo
esta escena en la que estamos Andrés Coca-Cola y yo en estas calles vacías. Me
siento en otra órbita, en algún planeta que solo habitamos Andrés Coca-Cola y
yo. Estoy en un espacio y tiempo completamente aislados de todo, porque mientras
la ciudad dormía, Andrés y yo nos reinventábamos en esas tres calles diferentes
a oscuras y en secreto, mientras nadie nos miraba. Mientras nadie nos
descubría. Mientras solo la noche era testigo de que nos habíamos vuelto a ver.
Me agarró
el pelo varias veces a manera de coleta y me dijo qué ganas de calvearte. Me
preguntó varias veces de qué me reía. Yo honestamente no dejaba de reírme,
porque no lo creía. Primero, Andrés al pie de mi edificio a medianoche.
Segundo, Andrés y yo besándonos como si nada nunca hubiera pasado. Le dije tú y
yo funcionamos muy bien así. Y él me dice ¿cómo? Y yo le digo sin pasados ni futuros.
Y no me
importa, nada de lo que haga o diga me importa. Nada de lo que haya pasado me
importa. Nada de lo que haya sido o hecho Andrés Coca-Cola hace unos meses me
importa. Entonces lo provoco, le sonrío, mostrándole los dientes y me muerdo
los labios, porque sé que le excita. Andrés Coca-Cola se acerca a mi pelo y me
huele. Le pregunto a qué huelo y me dice: Hueles a Maria Catalina González Moreno.
Le pregunto si a sus otras tres noviecitas de ahora también les habla de sus
muelas. Él me dice que sí, que el mismo repertorio para todas y yo me río aún
más alto. Me bajo del murito. Lo observo de pies a cabeza y él se queda quieto,
mirando cómo le miro. Lo tengo ahí al frente, de pie, con sus gafas, sus jeans
sueltos y su patética camiseta de Batman. Tiembla de frío porque yo tengo su
chaqueta. Se ha adelgazado. No le digo nada. No sé qué siento ahora por este
Andrés Coca-Cola que tengo a tres pasos de mí.
--
A las tres
de la mañana salíamos del estacionamiento. Yo voy antes que él, aún con su
chaqueta roja y empujo la puerta sin sostenérsela. No me importa que le dé en
las narices. Camino hasta el andén, cerca a la Autopista y le digo que me lleve
a mi casa. Andrés Coca-Cola quiere que vayamos a su apartamento y yo me río y
le digo que no. Mi misión es provocarlo y luego irme, aunque me muera de ganas
por meterme a la cama con Andrés Coca-Cola. Como sabe que no voy a hacerle
caso, que no soy la misma tonta de hace cuatro meses, no le queda más remedio
que sacar la billetera y darme todo el dinero que tiene. Su casa está a tres
cuadras en taxi, pero no iré con él. Tomamos el taxi, él me dice vamos, quiere que vayamos a su apartamento y yo me
río y lo beso. Le digo que es como en
los viejos tiempos, como la noche en que nos conocimos y estábamos en un taxi,
en el asiento trasero besándonos y tocándonos. Andrés Coca-Cola se ríe. Creo
que no entiende nada. Me quito la chaqueta y se la doy cuando se baja. Me dice
que le escriba cuando llegue pero qué va, no le escribo porque no se me da la
gana. Me meto a la cama a las tres y cuarenta y tengo cinco llamadas perdidas
de Andrés Coca-Cola y un mensaje suyo pidiéndome que me devuelva. Pero no,
chao. Tengo sueño y me quiero ir a dormir con los besos de Andrés Coca-Cola en
mi boca.
--
No. No
hablamos del pasado. No aclaramos nada, no resolvimos nada, ¿porque para qué?
Andrés Coca-Cola y yo no éramos una pareja intentando solucionar los problemas
de nuestra relación. Esa noche éramos dos locos impulsivos que hacían las cosas
porque sí. Qué vivían cada minuto que pasaba como viniera. Con o sin besos. Con
o sin verdades. Con o sin mentiras. Pero esa noche Andrés Coca-Cola me había demostrado ese genuino
cariño que sentía por mí y yo solo lo estaba aprovechando porque sabía que
después de esa noche no habría más así.
Llego al apartamento.
Me voy a la cama.
Tengo una sonrisa tonta que no se me quita.
Tengo mil besos robados.
Estoy agotada, extasiada y cierro los ojos por fin.
--
Llego al apartamento.
Me voy a la cama.
Tengo una sonrisa tonta que no se me quita.
Tengo mil besos robados.
Estoy agotada, extasiada y cierro los ojos por fin.
--
La tarde
del viernes fui a su apartamento a verlo. No me había olvidado del número y torre de
su apartamento de tantas veces que lo habría dicho antes, o de tanto releerlo
en una de las entradas del blog. Entrar fue como volver a un lugar del que recién
había salido ayer. Cuatro meses no bastan para que un lugar cambie mucho y
por eso el apartamento de Andrés Coca-Cola olía y se veía igual. Andrés
Coca-Cola me recibe como alguna vez lo había hecho: con el cepillo de dientes
en la boca, en shorts, medias y saco. Me ve y se ríe porque, al igual que yo, no esperaba
volver a verme al pie de la puerta del 509. Pero ahí estoy, con Some Kind of
Love de The Killers en mi cabeza y miro todo, intentando encontrar algo nuevo
pero todo sigue igual. Le digo: cuatro meses y no has aprendido a ordenar tu apartamento, y dejo mi bolso en la
cocina. Salgo al balcón mientras Andrés Coca-Cola tiende la cama. De repente tengo la sensación de haber imaginado este lugar más amplio. Quizás porque hace unos meses el poco cielo que se alcanzaba a ver era completamenta azul y no estaba tan nublado como ahora. O porque entraba el sol. O porque hace cuatro meses todo lo veía más colosal, más alto, más grandioso. Porque cuando uno está enamorado es y piensa así. Luego aterrizas y te das cuenta de que nada era tanto. Andrés Coca-Cola termina de hacer la cama y saca una cobija para que nos arropemos con ella. Yo lo conozco. A él y a sus reglas. Nada de meterse a la cama con ropa. Por eso la ha tendido y por eso la cobija. No quiere que pase nada. Yo me quito los zapatos y me acuesto a su lado, siempre al lado derecho de la cama. He venido a su apartamento sin decirle nada. Estaba durmiendo y le he despertado, ¿por qué no está
molesto?
¿Alguna vez
hablé de lo mucho que siempre amé la cama de Andrés Coca-Cola? A Andrés y a mí nos encanta acurrucarnos y abrazarnos. Así, sin más. Sin hablar mucho. Sin preguntar. Solo mirarnos a los ojos.
Sentirnos. Y eso hice, los primeros minutos. Acostarme
de espaldas mientras él veía algún partido viejo de la Champions League en ESPN. Pero de vez
en cuando se asomaba para ver si dormía y me observaba hasta que abriera los ojos. Me despierto, me giro y me
siento encima de él. Me muevo despacio sobre su pierna izquierda y luego sobre su sexo,
que está duro. Me dice que cierre las cortinas, que si no me da pena y yo le
respondo casi gritando que no. Que no me importa que me estén viendo unos
extraños, pero él insiste y entonces bajo las persianas. Regreso a la cama, sonriendo como niña, mordiéndome el labio. Gimo en su oído y él
me dice que pare aunque no haga nada para detenerme. Yo le digo que está siendo un novio muy juicioso y que a la
próxima le dijera al guarda que no me dejara pasar porque iría a su apartamento
a hacer lo mismo siempre. Termino y me recuesto sobre él y dejo que me rodee
con sus brazos. Tengo mi cabeza en su pecho y cierro los ojos. Me pasa las
manos por debajo del saco que llevo puesto y me acaricia la espalda con
ternura. ¿Alguna vez hablé de lo pequeña que me sentía en su cama? Amo la
escena y la sensación. No quiero que se acabe nunca.
Suena mi
alarma a las cuatro y veinte y me paro. Debo estar en el trabajo a las cuatro y
media. Menuda mierda. Sonrío porque estoy mojada y él lo sabe. Me meto los dedos
y se los paso por la cara. Me pongo los zapatos, me miro al espejo del baño y
me peino un poco. Cojo mi bolso y me dirijo hacia la puerta, pero Andrés
Coca-Cola me detiene y me dice: ven y te despides de beso en la mejilla. Voy a su cuarto y dejo que me bese en la mejilla derecha con cariño. Yo corro la cara y le robo más besos en la boca. No sé cuándo volveré a disfrutar de algo así.
Salgo con
el corazón truncado bombeando sangre amarilla por todo mi cuerpo. Andrés
Coca-Cola es polvo amarillo, tartrazina que consumo cuando lo veo y lo toco y
lo beso. Estoy excitada y nostálgica. Feliz y triste. He vuelto al pasado en un
abrir y cerrar de ojos. En un jueves y viernes. Y entonces pienso: qué vaina tan
seria. Qué amor tan amarillo. Tan fingido, tan artificial. Todo tan falso. Qué amor de mentiras, tan amarillo, tan soluble en agua. Maldita tartrazina.
miércoles, 23 de mayo de 2018
John Doe
Lo vi. Vi a Andrés Coca-Cola en la calle. Así es, señores.
Este mundo es un pañuelito. No es un pañuelo, es un puto pañuelito que termina
encontrándote con las personas que menos quisieras ver. ¿O en realidad quería
verlo? Quizás sí, pero no estaba preparada. Uno no se prepara para un
reencuentro inesperado en la calle con la persona que te arrebató la vida en
cuestión de segundos, y Andrés Coca-Cola lo había hecho impecablemente, sin
fallo alguno.
Han pasado cuatro meses desde esa última llamada por
teléfono. Cuatro meses de nuestra mutua y deliberada desaparición. Cuatro meses
sin hablar, sin saber del otro, cuatro meses intentando olvidar y sanar, o por
lo menos en mi caso. Y lo estaba logrando. De verdad lo estaba logrando. I was
doing well, I swear. I was healing the grief in time, porque no es paja que el
tiempo todo lo cura dependiendo de lo que hagas con él. Y yo me estaba curando.
Había encontrado mil formas de olvidar y escapar. Bastaba con ver una foto suya
para no sentir nada más que asco y unas ganas terribles de vomitar, aunque
todavía tenía su imagen revoloteando en mi cabeza casi todo el tiempo. Todavía
soñaba con él, sin quererlo. Todavía pronunciaba su nombre, todavía contaba mi
historia, todavía lo recordaba, todavía lo maldecía.
-
Un día vas caminando en la calle mientras no piensas en
nada. Eres otra persona, dolida y sanada. Y caminas, caminas entre multitud de personas
que desconoces y no te conocen. Millones de caras sin nombre. Demasiados John
y Jane Does. Pero me equivoco, porque sí había una sola cara con nombre y
apellido. Camino y lo veo a lo lejos, con esa misma chaqueta roja que llevaba
puesta la noche que lo conocí. Lo reconocí enseguida. Era él, tan él, con sus
gafas y pelo negro. Con sus jeans de siempre, con su caminado soso. Andrés y yo
íbamos a encontrarnos en algún punto si ambos seguíamos moviendo nuestros
cuerpos a pesar de que estuviésemos en andenes distintos y nos separara una
calle amplia, thank God. Lo observé mientras se acercaba desde las hojas
de un árbol diminuto que, según yo, alcanzaban a ocultarme. Lo miré un segundo,
quizás dos, tres, y después no más cuando descubrí que sabía que yo también estaba ahí. Después seguí caminando con la sensación de
que se había girado para mirarme, quizá para ir detrás de mí hasta alcanzarme, tocarme el hombro y frenarme en seco con un: Maria. Pero está claro que eso solo iba a pasar en
mi cabeza.
No hablamos, no nos miramos directamente a los ojos, no
hicimos ningún esfuerzo por frenarnos, por gritarnos, por berrear nuestros
nombres, por cruzar la calle, por dejar el orgullo, por hablarnos frente a frente. Esas cosas solo pasan en las películas
y mi vida no es una película, porque eso no pasó. Ambos
continuamos nuestro camino de la misma forma en que habíamos continuado nuestra
vida cuatro meses atrás porque ninguno de los dos era motivo para frenar la
vida del otro al fin y al cabo. Andrés siguió su camino y yo el mío. En andenes
opuestos, hacia direcciones opuestas, hacia destinos opuestos, como siempre.
Como todo con él. Como mi corta relación con él, como me lo había insinuado la
vida desde un principio: nunca íbamos a encontrarnos, incluso si Andrés y yo
hubiésemos decidido en ese instante, diez segundos después, caminar hacia atrás
para volver a ese segundo de vida que nos había tomado por sorpresa de nuevo.
Éramos líneas paralelas que se habían encontrado de la misma
forma en que solo pueden encontrarse las líneas paralelas: encontrándose y no a
la vez. Nada de intersecciones. Nada de ángulos perfectos de noventa grados.
Nada de perpendicularidades que nos unieran por fin después de cuatro meses de
curación y olvido. Cuatro meses y era como si enero hubiera terminado ayer.
Cuatro meses y Andrés Coca-Cola acababa de decirme adiós por teléfono, antes de
colgar.
Así como nos encontramos, así mismo nos desencontramos como
dos paralelas que jamás intersectan por más que se prolonguen hacia el
infinito. Por más que el tiempo pase y se lleve toda la mierda hasta que lo
denso se convierta en plumas, por más que los días se extiendan y el viento
levante el polvo, eso éramos Andrés Coca-Cola y yo: dos coplanares, dos
vectores en un mismo plano que siempre mantendrían la misma distancia en este
mundo de paralelismos e intersecciones. Algo de Geometría tenía que aprender que me sirviera para toda la vida.
Estaba viviendo un episodio de Black Mirror en el que de
repente había encontrado a alguien del pasado a quien había bloqueado hace
mucho tiempo. Y a una persona bloqueada no se le dirige la palabra, no le
hablas, no le miras. Es sombra gris y blanca intermitente y su voz es un ruido
sordo indescifrable. Ese era Andrés Coca-Cola aquel viernes en ese andén. Una
puerta cerrada con llave, un recuerdo convertido en tumba, un nombre tapado con
tierrita, un túmulo, una sombra blanca, gris, negra, una voz amortiguada, un extraño
más, mi nuevo John Doe.
Si miráramos la escena desde lo alto de un helicóptero este
sería el panorama: dos personas, A y C con un pasado en común rodeadas de
perfectos extraños ignorantes de que ese mismo pasado sería lo que llevaría a A
y C a no reconocerse en la calle o, mejor dicho, a ignorarse. A prolongar el
bloqueo.
-
¿Pero qué le ibas a decir de todas formas? ¿Cómo ibas a
empezar? “¡Hola!, ¿cómo estás?” o “Hola… ¿Cómo estás…?” , ¿o ibas a gritar su
nombre en plan: ¡Andrés! E ibas a cruzar la calle corriendo, caminando como
tonta? ¿Y si salía corriendo? ¿Y si no tenía tiempo para hablar? ¿Y si seguía
derecho? ¿Y si te decía: “Maria Catalina, ¿cómo vas?” y se te caía el mundo a
los pies? ¿Y si decía: “No quiero nada con vos” y te esquivaba? ¿Y si decía: “Vos
no tenés nada que hacer aquí, permiso” y te apartaba? ¿Y si te dejaba ahí plantada,
con la humillación cargando a los hombros? No, no podía. No podía arriesgarme
así. Por eso seguí derecho, por eso hice como que no estaba pasando, como que
nunca pasó. Él no iba a hacer nada y yo tampoco. Me había convertido en una persona
nueva, me había reinventado por fin y tenía que aferrarme a ello. Aferrarme a
mí, no a él. No podía soltar. Me había caído y me había sabido levantar yo
solita. No iba a echar todo esto a la mierda para terminar de nuevo como estaba cuatro meses atrás: más rota que nunca. No iba a mandar todo mi
progreso a la mierda de un momento a otro. Me había costado y ahí estaba caminando
digna, tranquila, riéndome.
Claro que siempre lo tuve claro. Mi trabajo estaba demasiado
cerca a su casa como para no encontrármelo algún día, pero no ese y en esa
precisa hora, cuatro y media de la tarde, si mal no recuerdo. Ese día me habían
cancelado la clase en una compañía y decidí regresar a la sede aunque llegase
demasiado temprano para mi otra clase de siete y media. Es cierto que pude haberme
quedado dando vueltas en algún centro comercial, es cierto que pude haberme
quedado en alguna cafetería tomándome un café. Es cierto que mi bus pudo
haberse tardado más o menos, para impedir ese vago reencuentro con Andrés
Coca-Cola. Pero pasó, lo vi. Vi a Andrés Coca-Cola otra vez. Era él tan real e irreal a la vez. Tan olvidado y recordado, y tan importante que es aprender a querer y a no querer.
Porque con el tiempo yo había aprendido a no quererlo. De todos modos, para
mí era imposible querer a un John Doe, a un extraño más que ya no conocía.
miércoles, 31 de enero de 2018
lunes, 29 de enero de 2018
La escalera
Diecisiete años, ese era mi todo. Y las ganas, por supuesto, de meterme de pies y manos al mundo, saberlo todo, conocerlo todo y hacer con los hombres una escalera para ver todo desde arriba.
De todos modos, ya había comenzado a construirla: una escalera de mano como las que veía recostadas en las fachadas de Entrerríos, y que evitaba pasar por debajo por miedo a la mala suerte. Cada hombre en mi vida iba a ser un travesaño que pisaría para subir. Josué y Turri fueron los primeros y, como en todo ascenso, los primeros pasos parecen ser los más fáciles pero son de una simpleza engañosa; sin embargo, hay que ver cómo estamos en la mitad de la cuesta, que fue hasta donde logré llegar.
Retoma, Leticia, ¿en dónde ibas?, ¿en los brazos de quién? En alguna cama quedaste perdida creyendo que ahí encontrabas la libertad. Recuerda que habías trepado dos peldaños y estabas lista para poner pie en el tercero. Ah, y no te olvides de decir que peldaño que pisabas, peldaño que partías. Tenlo en cuenta para que todos sepan que cuando fuiste a bajar no encontraste en qué apoyarte.
Santa Suerte, Jorge Franco
domingo, 28 de enero de 2018
Crónicas de un dolor anunciado
Ya sé que no me volverás a hablar. Yo por mi parte intento pensar en las cosas malas, en todo eso que me dijiste o hiciste para no ceder y volver a quedar como tonta. Estoy siguiendo consejos. Recuerdo por ejemplo las veces que me corriste la cara cuando quise darte un beso, o cuando me giraba en tu cama para acariciarte con todo el cariño pero tú te movías, como desquitándote de mí con hastío. Recuerdo lo que pensabas de mi trabajo, decías que no podrías hacer algo así, que era demasiado fácil, que qué pereza. O cuando nunca estuviste dispuesto a ver una película que a mí me gustara. Recuerdo la vez que acostada en tu cama te pedí que me abrazaras y me preguntaste por qué, te dije que te extrañaba, sin poder mirarte a los ojos y me mostraste una imagen que decía: la peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo vas a tener. Recuerdo cuando me bañé en tu ducha y no volteaste a mirarme un segundo. Recuerdo cuando te pedí que contestaras el teléfono, por última vez, pero me dijiste que no fuera fastidiosa. Recuerdo cuando te pregunté cuándo iríamos a comer a algún restaurante juntos y me preguntaste para qué. Recuerdo cuando tu amigo te preguntó por mí y tú le dijiste: yo con esa vieja solo me hablo por WhatsApp.
Recuerdo todo esto pero a menudo también recuerdo la primera vez que fui a tu apartamento. Tenía todas las expectativas y no me decepcionaste una sola vez. Era completamente distinto. Te esperé al pie de tu edificio a eso de las ocho de la noche, nerviosa. Llegaste del trabajo en un Uber y cuando te acercaste para saludarme me dijiste estás muy linda. Yo sonreí. Hablamos mucho en tu cocina, te sentaste a mi lado, me recordaste lo mucho que te gustaban mis ojos y reímos. Después en tu cama me hiciste el amor. Te pedí que me desnudaras pero me susurraste despacito al oído mientras me besabas muy lento y me ibas quitando la ropa. Temblé de frío y placer. Te tuve dentro de mí por primera vez y fue perfecto, eras perfecto. Te imaginé así de perfecto siempre. Pero con el tiempo fuiste cambiando. Hubo días en los que ya no te reconocía más. Hubo noches en las que lloré en tu cama, a tu lado y jamás te diste cuenta, supongo. Hubo risas pero también hubo mucho llanto, porque me dolías. En algún punto ya no sabía lo que hacía o por qué estaba ahí. Yo te seguía la corriente, eras el agua del río que cada vez descendía con más fuerza hasta lanzarme al vacío. Hubo uno o dos te quiero que no volví a escuchar pero que aún recuerdo. En algún momento me quiso, pienso, e intento contentarme con ello. En algún momento me consideraste linda, en algún momento me pediste que pasara todo el día contigo, en algún momento me abrazaste mientras dormíamos, en algún momento me besaste la espalda y me susurraste oye, te estoy dando besitos. En algún momento me pediste que me pusiera una de tus camisetas, en algún momento me diste algo que nunca más volví a tener.
Te extraño. Lo aguanté todo, creo que más de lo que debí y aquí estoy, devastada, consciente de que se acabó. Sé que en algún punto querré volver sentir ese dolor que solo tú sabías darme. La autodestrucción es adictiva y tú te habías convertido en mi mayor adicción. Mi mayor placer, mi mayor invento cada vez que quise creer que me querías. My deadly sin, my favorite bad thing. De todos mis pasados tormentosos tú fuiste el mejor, es decir, el peor. El más caótico, el más tóxico y me dejaste sin nada. Te llevaste hasta los restos. A veces trato de ir un poco hacia atrás y vuelvo a encontrar todas las señales que me indicaban tu ausencia. Tu manera de estar y no estar. Mi manera de tenerte y no tenerte. “Si querés te podés ir, yo no voy a buscarte”. Y así fue, así de crudo, así de indiferente siempre, desde un principio, siempre arrojándome indicios de tu desafecto. Así fue solo que fuiste tú quien se marchó, no yo. Te di igual, te di demasiado igual. Me querías y después ya no, me besabas y después ya no, me escribías y después ya no, me llamabas y después ya no, me decías ven y después ya no.
-
Me dices que eres lo que nunca quise tener, pero mentiras, si lo que siempre quise tener fue dolor y fue lo que más supiste darme. Por eso te quise.
¿Querer o tener? Te pregunto, y te digo que más bien tener, porque eso eres: lo que nunca pude tener. Te tuve hasta donde tú me lo permitiste, hasta donde dijiste ya no más, chao. Y me dejas ir así, de la nada.
¿Querer o tener? Te pregunto, y te digo que más bien tener, porque eso eres: lo que nunca pude tener. Te tuve hasta donde tú me lo permitiste, hasta donde dijiste ya no más, chao. Y me dejas ir así, de la nada.
-
I thought we’d be something different.
I thought we’d be something else.
I thought you’d take me to the movies.
I thought you’d always want to kiss me.
Thought you’d take me out for lunch.
Thought dinner wasn’t only at your place.
I thought you’d chase me,
thought you’d see me like others did,
thought I’d mean something to you,
thought you’d want me,
thought you’d love me.
-
Te pregunto que si eso es todo y me dices sí, es todo, ¡era obvio!, después de que me mandas un mensaje diciéndome que esto no va para ningún lado. Te equivocas, sí va, va para la mierda o el mismo infierno que creamos. O más bien, que yo creé, porque todo lo que sea contigo fue inventado por mí. Llego a casa destrozada, llorando a gritos y diciendo no, no, no, no una y otra vez hasta quedarme sin aliento, porque no es posible que esto me esté pasando de nuevo. No es posible que siga cayendo una vez tras otra, tras otra, tras otra. No es posible que me haya hecho tanto daño a propósito. No es posible que haya llegado hasta aquí. No era necesario.
-
Hoy Andrés Coca-Cola me ha hecho mucho daño y estoy llorando en mi cama. Lloro porque me lo advertí, lloro porque no es la primera vez, lloro porque me lo he buscado yo solita y lo sé. O lo sabía. Me siento abyecta, más pequeña de lo que antes me sentía y no puedo evitar sentirme muy tonta. Sé que todo este tiempo me he subestimado demasiado.
Está claro que para Andrés Coca-Cola solo soy alguien mientras esté en su apartamento. Está claro que me tiene ahí para él, to please him whenever he wants to cause he clearly knows I will always surrender, I will always want to say yes. Yes please, hurt fuck me more.
Hoy Andrés no me dijo nada de las cosas que suele decirme. De hecho, desde hace ya varios días no lo hace. Ya no me dice me fascinan tus muelitas, ni estás muy linda, ni me encantan tus ojos, son demasiado expresivos. Hoy tampoco me besó la espalda, ni me acarició después de terminar, ni me determinó como lo estuve deseando todo el día desde que llegué. Hoy no me dijo nada mientras me hacía el amor, ni me puso a escuchar ninguna de sus canciones. Pero sí supo llamarme fastidiosa y se molestó por mil cosas que hice. Hoy entendí un poco más. Hoy no vi cosas por ver otras con más claridad. No me vi en un parquecito con él, por ejemplo. Ni al pie de una estatua besándonos empapados de lluvia. No me vi de la mano con Andrés Coca-Cola dirigiéndonos a algún restaurante o a tomar un café. No lo vi viéndome bailar, ni cantar, ni leer. Entendí que esas cosas no iban a pasar con él, simplemente porque no. Porque uno no mezcla un Andrés con otro. Uno no mezcla las personas que tuvo en el pasado con las que tiene ahora. I can’t have my cake and eat it too. No puedo tener a un hombre que me haga feliz en la cama y al mismo tiempo me regale libros, o me mire como yo quiero que me mire, o vea conmigo mis películas favoritas o me deje poner las canciones que quiera sin que me pida que las quite porque va a empezar Fast and Furious.
Mi vida no está hecha para un balance de esos. No está hecha para el equilibrio. Desequilibrada, mi vida es una mezcla de dolor y placer, de risa y llanto. No hacía falta que le pidiera a Andrés Coca-Cola que me golpeara si con sus palabras y acciones iba a tener suficiente. Con razón me decía siempre que no. Él sabía.
Hoy lloré en su cama mientras él dormía de espaldas. Es cierto que me estoy haciendo daño deliberadamente. Que he escogido esto para mí. Que estoy en toda la libertad de dejar de verlo o escribirle, pero también es cierto que estoy envenenada y no puedo salir de donde me he metido. Andrés Coca-Cola es demasiado difícil de dejar, en parte porque le tengo miedo, en parte porque lo deseo.
And no, of course I won’t just leave your apartment, get home and sleep my life away to forget all this nonsense, because I’ll remember it all as soon as I wake up in the morning, still choking on the words unspoken, still shaking from the cold, still wanting to cry a little longer. Of course I won’t plan on doing that because it won’t be enough. I won’t forget how you treated me today, how unlovely and unwanted I felt. Lo recordaré todo al día siguiente, y al otro, y al otro, just to use it to make a decision. But oh boy, I still want to use you to hurt myself, but lately I’ve felt like it’s been too much, like I’m about to break into pieces you won’t pick up.
-
Te pregunto si todo está bien cuando sé que no. Solo quiero me lo digas tú para terminar de creérmelo. A veces sigo tu juego, porque al final nunca sé si juego el mío o si más bien juego el tuyo. Actúo como si estuviese acostumbrada, me río por dentro cada vez que me siento humillada. Me esfuerzo por ser indiferente, finjo, como si cada cosa que hicieras no me afectara, pero luego llego a casa a escribirlo y a llorarlo.
Sé que siempre he estado sola desde que salgo contigo, pero no puedo zafarme. Eres invasivo, te cuelas en todas partes de mí. También te deseo demasiado. Demasiado no es una buena palabra. No te puedo querer, no me lo permites, y aun si te quisiera sé que no podría decírtelo. Me da miedo que un día te aburras de mí, que no soportes verme y te vayas. Me da miedo que un día llegue y ya no abras la puerta.
I'm craving a long-term pain… dame más, dame más, dame más.
I'm craving a long-term pain… dame más, dame más, dame más.
-
Estoy mejor, tranquila porque te lo he hecho saber todo y de repente siento que has cambiado. No quiere decir que volvamos a estar juntos, pero por lo menos esto ha terminado bien.
He podido canalizar el dolor escribiéndote todo esto que no vas a leer jamás, pero escribiéndote. A menudo me siento en la ducha y dejo que el agua caiga sobre mí y me limpie y me restaure. Me lavo tus recuerdos, me limpio las heridas a medio sanar.
He podido canalizar el dolor escribiéndote todo esto que no vas a leer jamás, pero escribiéndote. A menudo me siento en la ducha y dejo que el agua caiga sobre mí y me limpie y me restaure. Me lavo tus recuerdos, me limpio las heridas a medio sanar.
Te digo que te voy a extrañar y me dices que no te irás a ningún lado, que siempre vas a estar ahí. Yo sonrío pero no me lo quiero creer, ya me han dicho esto antes y me han fallado. También lo he dicho yo y también he fallado. Me dices que eres lo peor para mí y yo te respondo que no, que lo peor para mí fui yo. Fui yo quien quiso jugar. No te puedo culpar mucho. I could say you were the greatest bastard, but I wanted it and I had it.
El tiempo cura muchas cosas. Mírame, vas a dejar de importarme como dejaron de importarme otros. Vas a dejar de dolerme tanto. Me voy a perdonar porque soy más que todos mis errores.
-
Hay días en los que te extraño más que otros. Hoy es uno de esos días, hoy te lloro en mi cama, soy incapaz de moverme. A veces pienso en todo lo que pudo haber pasado si hubiera aguantado un poco más, si no me hubiera quejado, si no te hubiera preguntado por qué me negabas, si no te hubiera hablado del daño. Te deseo demasiado. Me siento enferma, mentalmente, porque no es posible que a pesar de todo lo que pasó contigo te siga deseando. No me dejaste otra opción, era mi única forma de tenerte. A menudo cierro los ojos y repaso todo lo que pasó contigo. Me duele que no hable de las veces que salimos a comer juntos, o al cine, o a caminar, o a bailar, a tomar algo, o con tus amigos, porque nunca pasó. Nunca lo quisiste. Hablo de todas las veces que llegué a tu edificio, todas las veces que dije 509 torre A para luego terminar en tu cama. Todas las veces que me susurraste al oído qué sientes mientras lo hacíamos y yo te respondí: el infierno, el infierno…
Nos quemamos. ¿O me quemé yo sola? No sé, tal vez sí, tal vez me quemé. Me quemé en ese infierno y no puedo dejar de pensar. El recuerdo de tus manos me duele. Me encantaban, lo sabes, te lo dije pero seguro no lo recuerdas. Me corté el pelo, lo llevaba muy largo, pero seguro no lo notarías ni sabrías decir si te gusta o no. No sé, nada importa. Hoy pasé frente a tu edificio. Qué nostalgia, qué ganas de que me digas: ¿Hoy pasas? Qué ganas de que me extrañes y me digas: yo también quiero verte.
-
Me pregunto si sientes lo mismo que yo cuando abres la puerta y me ves ahí parada de nuevo, not in my underwear though, not yet. Nos quedamos un tiempo mirándonos, sin decir nada, y yo no reacciono hasta que por fin me dices: Hola. Me abres los brazos y yo me entrego a ti como si hubieran pasado meses, como si hubiese sido una eternidad sin verte. Te siento distinto, te extrañé y me plantas un beso tierno en la cabeza. Eze y su novia están en tu apartamento comiendo pizza con cerveza y me sorprende que te tenga sin cuidado que Eze sepa que yo estoy ahí y que más tarde nos vamos a quedar tú y yo solos. Te observo todo, de nuevo. Tu pelo se ve mejor ahora que ha crecido un poco, te has afeitado la barba, tienes unos jeans que hacen juego con tu saco gris de GAP y te ves malditamente bien. Hablamos en la cocina con Eze y su novia, nos reímos y de cuando en cuando tú me miras o yo te miro, brindamos en varias ocasiones y en mi cabeza memorizo cada detalle de esta escena.
Estás de pie y descalzo. Qué raro, detestas los pies. Eze y la novia hablan y yo me río. De vez en cuando me muerdo los labios porque sé que te encanta que lo haga pero pretendo hacerlo sin darme cuenta. A veces te observo, extrañaba tu sonrisa perfecta. Actúas con naturalidad, como si nada hubiera pasado y en varias ocasiones estiras el pie por debajo de la mesita para tocar mi pierna y llamar mi atención.
Extrañé tu carita. Me siento en casa, como volviendo a un hogar que nunca fue mío, pero que se siente familiar. El olor de tu apartamento es demasiado particular y me gusta. Miro todo alrededor, nada ha cambiado mucho. Eze y su novia se han ido en un Uber y tú y yo nos dirigimos a la cama sin necesidad de hablar. Ahí estoy, desnudándome de nuevo, metiéndome bajo tus cobijas y no puedo creer lo que está pasando. Me abrazas enseguida, siento otra vez el calor de tu cuerpo y te abrazo, te abrazo, te abrazo…
Gimo mucho, anhelando que la vida fuera solo ese instante en el que te tengo y tú me tienes. Me aprietas, me sujetas con fuerza como si no quisieras que me soltara de ti, pero sabes que no lo haré. De vez en cuando buscas mi boca para besarme con cariño mientras entras y sales de mí. Estoy, nuevamente, en el infierno. Me dices que por eso no querías que viniera, que sabías que íbamos a terminar así, pero te digo que no me importa si siempre termina así, porque lo quiero, lo quiero y esta vez no estoy jugando ningún juego. De todas formas fuiste tú quien me escribió, fuiste tú quien me buscó, fuiste tú quien dijo: ¿Vienes? Me preguntas al oído qué vamos a hacer y yo en mi mente respondo: quedarnos en este infierno.
Me abrazas, te estás quedando dormido y yo solo puedo pensar en todo lo que está sucediendo. Las cosas de la vida pasan inesperadamente y jamás imaginé que esta noche terminaría en tu apartamento. Te escucho dormir, siento tu respiración en mi piel y yo también intento descansar pero por alguna razón nunca puedo conciliar el sueño en tu cama. Pienso, recuerdo, suspiro… y en mi mente también te pregunto lo mismo: ¿Qué vamos a hacer, Andrés?
-
Te preocupa el daño. Me has repetido varias veces que no quieres hacerme más daño, pero este no es el daño. El daño no es acostarme contigo. El daño era antes, cuando me sentía insuficiente para ti. Cuando sentía que me gustabas más de lo que yo podría gustarte. Cuando actuaba con miedo. El daño eran tus “quieta, fastidiosa” y tus “mejor hablamos ahorita” por teléfono cuando algo te molestaba. Tus daños eran tus “cómo así, Maria Catalina, ¿es que no me estás prestando atención?”, tus "¿qué te acabo de decir? tus “quita esa canción”, tus desplantes, tus quejas, tus “yo ya estoy muy viejo para estas maricadas”. Tu manera única de no quererme.
-
Son las diez de la noche, hace frío y estoy llorando. No en mi cama, esta vez estoy en la calle, con tu ex que me abraza y me dice que lo siente. De repente la vida me ha dado un vuelco porque he descubierto la verdad. Mientras salías conmigo, a ella la buscabas y le escribías que la amabas y que querías casarte con ella. Mientras te acostabas conmigo, ibas detrás de ella, pretendiendo volver a tenerla. El mundo es un pañuelo, querido, y dos personas se pueden encontrar de maneras inimaginables. Supongo que por eso te alejaste, porque te enteraste de que yo era la profesora de tu ex y tu ex era mi estudiante. Nos enteramos en clase, en mi clase, en una conversación que surgió de la nada, de una pregunta casual que también iba para el resto del grupo. Ella empezó a hablar de ti y tantas coincidencias nos llevaron a tu nombre. No supimos qué hacer, ni cómo reaccionar. El mundo se nos acababa de caer encima.
You’re such a bastard, what a prick. No sabías qué hacer con tu vida y por eso andabas como una pelota rebotando de un lado a otro. Me enviabas fotos y a ella también, me escribías y a ella también, me llamabas y a ella también, le decías que la amabas y a mí no, a mí ni un te quiero. Le decías que la extrañabas y a mí no.
Claro que no me ibas a decir todo eso, porque con ella habías estado seis años y conmigo nada. De haberlo sabido no hubiese estado dispuesta a ceder tanto de mí, a entregar tanto, no valía la pena. Me da náuseas.
-
Acabo de descubrir la verdad y no sé qué hacer, tengo otra clase de 7:30 p.m. a 9:00 p.m. y le doy a tu ex mi número para hablar de todo. No sé cómo estoy dando la otra clase, pero mientras explico, me pasan mil cosas por la cabeza; mientras me río, me estoy derrumbando; mientras hablo, mi mundo está cayendo a mis pies.
La llamas primero a ella, a decirle que no, que conmigo nada, solo besos, que la amas, que te quieres casar con ella, que entre tú y yo hay mucha diferencia de edad, que no, que no estábamos saliendo, que fui yo quien te escribió ayer para que nos viéramos en tu apartamento, que no, que no habíamos tirado, que la amas, que se case contigo.
Me llamas a mí, a decirme lo peor: que no tiene nada de malo, que tú y yo no teníamos nada serio, que no te hable así, que no quieres nada, que lo nuestro no había funcionado, que nunca me trataste mal, que cómo me enteré, que cómo supimos las dos, que no debías contarme nada porque era tu vida privada, que conmigo no quieres nada, que chao.
Y de verdad, chao.
Y en serio, no más.
Y esta vez sí adiós.
Bastard.
-
Tu ex y yo entramos a un pub, a tres cuadras de tu casa. Quedamos esa misma noche para hablar de todo. De tu relación con ella y de la mía contigo. Uno de tus miles de amigos paisitas está ahí, me dice tu ex, y no podemos sentirnos más incómodas. Me contó todo. Me habló de lo lindo que fuiste con ella, de tus detalles bonitos, tus "no hagas planes este fin de semana", tus sorpresas, tus viajes, tus flores y tus lloriqueos, de tus idas y regresos, de tus largas esperas, y yo no me lo puedo creer. No puede ser que exista este lado de ti. Te juré crudo siempre, amargo, un perfecto bastardo. Pero mientras yo moría por ti tú morías por ella, porque así es la cadena de la vida.
Lo peor fue comparar: a ella le decías muelas y a mí también, a ella le encantaba tu acento y a mí también, le encantaba que fueras tan alto y a mí también, le encantaban tus besos y a mí también. Ambas habíamos dormido en la misma cama, habíamos compartido la misma ducha, el mismo puto apartamento de mierda. Tu cuerpo, tu sexo, tu buen polvo.
No puedo comparar lo que viví contigo con lo que viviste con ella durante seis años. Me duele, pensé que ya había pasado, las pocas veces que te escuché hablar de ella lo hiciste con indiferencia y en el fondo juré que no estabas con nadie más. Me duele lo que ella es para ti y lo que yo soy para ti. Me duele la ilusión, lo que creí que pasaría después de la última noche en tu casa y lo que en realidad terminó pasando.
-
He llorado mucho, tengo la cara destrozada. Tengo una montaña de daños y escombros dentro de mí y estoy rota, más de lo que estaba. Me meto a la cama al llegar a casa, quiero dormir y olvidarlo todo por un momento, pero luego cuando despierto rompo en un llanto escandaloso que llega hasta la cocina y mi madre viene corriendo preocupada... no sirvió de nada dormir, no se me ha pasado.
-
No tenías que hacerlo, te juro que lo iba a entender y me hubiera dolido menos. Hubiera sido más fácil, me hubiera ido hace mucho. No hubiera insistido ni esperado tanto. Me hubiera despedido, sin molestarte más y me hubiera alejado con el cariño que te guardaba. Nunca lo admitiste, pero solo estabas conmigo para usarme mientras la buscabas y esperabas a que volviera. No lo entiendo... no lo quiero entender. Me duele en el alma verme así, en esta posición en donde la que menos importa soy yo. A la que no quieres ver es a mí, a la que no llamarías es a mí, de quien no esperas un mensaje es de mí. Te duele porque la perdiste a ella, no a mí. A mí me duele porque te perdí a ti y, una vez más, vuelvo a perderme a mí.
-
-
No tenías que hacerlo, te juro que lo iba a entender y me hubiera dolido menos. Hubiera sido más fácil, me hubiera ido hace mucho. No hubiera insistido ni esperado tanto. Me hubiera despedido, sin molestarte más y me hubiera alejado con el cariño que te guardaba. Nunca lo admitiste, pero solo estabas conmigo para usarme mientras la buscabas y esperabas a que volviera. No lo entiendo... no lo quiero entender. Me duele en el alma verme así, en esta posición en donde la que menos importa soy yo. A la que no quieres ver es a mí, a la que no llamarías es a mí, de quien no esperas un mensaje es de mí. Te duele porque la perdiste a ella, no a mí. A mí me duele porque te perdí a ti y, una vez más, vuelvo a perderme a mí.
-
No se trata de pasar la página, se trata de arrancarla y si acaso quemarla. Pasar la página solo implica que después te vas a devolver, a buscar alguna frase, un fragmento, algún recuerdo que vuelva y te hunda. No quiero más esto para mí. No lo necesito en mi vida. No te quiero ni te necesito. Hoy, por fin, te estoy arrancando de este libro.
domingo, 21 de enero de 2018
“There’s so much more to life
than finding someone who will want you, or being sad over someone who doesn’t. There’s
a lot of wonderful time to be spent discovering yourself without hoping someone
will fall in love with you along the way, and it doesn’t need to be painful or
empty. You need to fill yourself up with love. Not anyone else. Become a whole
being on your own. Go on adventures, fall asleep in the woods with friends,
wander around the city at night, sit in a coffee shop on your own, write on
bathroom stalls, leave notes in library books, dress up for yourself, give to
others, smile a lot. Do all things with love, but don’t romanticize life like
you can’t survive without it. Live for yourself and be happy on your own. It
isn’t any less beautiful, I promise.”
― Emery Allen
A veces
A veces surge una luz entre el recuerdo, una satisfacción que me dice: yo viví esto, y luego la luz se nubla para avisarme que no es posible vivirlo una vez más.
Jorge Franco, Santa Suerte
sábado, 20 de enero de 2018
Maria Catalina, quiérase
Igual contigo no era libre, contigo no me sentía.
Contigo nunca pude pararme de la sillita de tu cocina para bailar sin
cuidado. Nunca pude reproducir mis canciones preferidas y hacer fonomímica
porque ni siquiera volteabas a mirarme, ¿te acuerdas? Contigo solo me perdía
más, me hundía más. He llorado hasta la náusea (terminé vomitando en el baño) y
esta tarde me metí a la cama a dormir mi propio crimen. Lo planeé todo yo y qué
bien me ha salido. Salió bien de lo mal que salió. Cualquiera me habría
felicitado por la precisión de mi espectáculo, por ese show en el que yo misma
me quise ver actuando siguiendo el libreto al pie de la letra. Cualquiera se
habría sorprendido con lo bien que supe actuar el personaje de la historia de
mi crimen. Couldn’t have starred it any better. Me imagino los aplausos, las
puestas en pie de la audiencia y los hats off to you, Catalina, another
brilliant performance! Porque sé que lo planeé y ejecuté al pie de mi
imaginación.
Es cierto que de nada vale hacer lo que hago
mientras tú no me ves, porque a ti no te importa. Tú no eres el que llora, no
eres el que termina comprando la barra más grande de chocolate Lök de la tienda,
no eres el que cierra las cortinas del cuarto, no eres el que termina enfermo de amor vomitando en el baño, no eres el que se queda sin
ganas de nada, paralizado, el que se pone a releer las conversaciones de chat para
buscar esos instantes de los que se desprendía un destello de luz, una muestra
mínima de afecto que indicara una promesa. No. Más bien te imagino llegando a casa, sin mí esperándote o
esperándome, sintiendo el peso que te quitaste de encima porque me acabas de
mandar a la mierda. Te imagino descansando mientras yo no dejo de lloriquear,
mientras grito NO mil veces hasta que me duela la cabeza, mientras me
arrepiento de no haber podido ir más lejos.
He acumulado tanto. Contigo estaba llegando al
tope y lo sabía y así fue. Me doliste más que el resto y me duraste muchísimo
menos. Llegaba siempre a tu puerta con el miedo de que esa fuera la última vez.
Siempre quise repetir, siempre deseé que hubiera mil ocasiones más. Siempre me
va a doler. ¿Por qué estaba contigo? Cause I’m mentally ill. Porque quizá el
cariño que te tenía era más por ese maldito vínculo sexual que por cualquier
otra cosa. La atracción era tan fuerte que nunca quise admitirlo. Me lo negué
mil veces, porque me avergonzaba. No quería aceptar el deseo. Te inventé mil
excusas. Te saqué cosas de donde no las había: va a funcionar, le gusto,
me llama mucho al teléfono, me pide que le escriba cuando llegue a casa, me dijo te quiero. Pero
mentiras que todo era para ocultar la verdad: no era feliz contigo. No recuerdo
haberlo sido alguna vez, pero el deseo me tenía ganada. Confieso que la última
vez casi lloro después de venirme, porque entendí que estaba completamente
atrapada.
Contigo nunca supe cómo actuar. Siempre me
sentí ridícula, haciéndote caso deliberadamente, aguantando tus regaños, tus
Maria Catalina no hagas esto, Maria Catalina no hagas lo otro, Maria Catalina
qué pereza en serio, Maria Catalina no más, Maria Catalina qué niñada, Maria Catalina qué video, Maria
Catalina yo ya estoy muy viejo para estas maricadas, Maria Catalina, Maria
Catalina, Maria Catalina… todo lo que esperé nunca llegó. Cada vez era más
oscuro. Tú te reías más y yo lloraba más. Tú te alejabas más y yo me acercaba
más.
¡Pero claro que me ibas a descartar primero!,
porque yo no iba a poder hacerlo. Claro que esperé hasta este último momento.
Claro que te iba a pedir si podía llamarte cuando llegaras a casa para que me dijeras
no mujer, quiero llegar a descansar y estar tranquilo. Claro que me iba a dejar
humillar hasta el último segundo, claro que siempre iba a estar dispuesta a
perder la dignidad. Claro que iba a seguir escribiendo sobre ti, y claro que me
metí contigo solo para sentir algo. Estaba dispuesta a intentarlo todo con tal
de sentir algo, así fuera dolor. I just
wanted to feel something. Sex with you was amazing, but not good enough to fill my void, porque
los agujeros de la vida no se llenan con sexo, ni con alcohol, ni con fiestas,
ni con comida. Y en mi caso no se iba a llenar jamás mientras siguiera contando
las veces que terminara en tu cama. No lo ibas a llenar tú jamás; al contrario,
me ibas a dejar peor: más hundida, más agujereada, más dolida, más ofendida y no fue hasta
hoy que lo entendí. No fue hasta hoy que supe levantarme y quitarme el polvo
de encima.
Te voy a sacudir de mi ropa, te voy a despegar de mi piel, voy a soltarte, voy a sacar los trastes corriendo, nadando, escribiendo o duchándome mil veces hasta que se me quite tu nombre o el recuerdo amargo de tu indolencia. Hasta que no más, hasta que por fin.
Te voy a sacudir de mi ropa, te voy a despegar de mi piel, voy a soltarte, voy a sacar los trastes corriendo, nadando, escribiendo o duchándome mil veces hasta que se me quite tu nombre o el recuerdo amargo de tu indolencia. Hasta que no más, hasta que por fin.
sábado, 13 de enero de 2018
No es posible que le tema tanto. Mentiras, sí, sí es posible. Te metiste con un tipo mayor para temerle y hacer caso a todo lo que diga como una niña pequeña. Tú que creías que te vestías divino, pues no, te equivocas, olvídate de las converse blancas, no sobrestimes los tacones (no le provocan nada) y por favor trata de no mostrar mucho con lo que te pongas (detesta las mostronas).
El día que me aparecí en su apartamento con una faldita negra, medias veladas negras y tacones negros, no lo impresioné en lo absoluto. Lo recuerdo tanto. Fue tanta su indiferencia que me encantó. Me excitó. Ahora camino en tacones y faldita y me siento horrible, asqueada de los hombres que se me quedan mirando con la boca abierta. ¿Cómo puede el rechazo excitarme tanto? O mejor dicho, su rechazo. Esto es algo que aún no comprendo. Andrés Coca-Cola tiene una habilidad especial para despertar mi libido a través de su indolencia. Me tiene en su mano como una hormiguita y sé que podría ser aplastada en cualquier momento. Tanta crueldad me aflige y seduce a la vez.
Andrés me tiene a sus pies y lo sabe, pero no sé si él sabe que yo lo sé. No sé si me creerá tan tonta. Al menos soy del tipo de tonta que sabe que lo es. No puedo hacer mucho, este juego me encanta. Este juego en el que sé que seré yo la que terminará perdiendo. Me encanta y me va a encantar siempre y cuando lo tenga ahí, así como él me tiene. Siempre y cuando lo tenga ahí abriéndome la puerta de su apartamento cada que vaya a buscarlo, seré feliz. No me importa el daño, ni lo que sea que pueda pasar. Necesito que esta Coca-Cola me dure mucho tiempo.
El día que me aparecí en su apartamento con una faldita negra, medias veladas negras y tacones negros, no lo impresioné en lo absoluto. Lo recuerdo tanto. Fue tanta su indiferencia que me encantó. Me excitó. Ahora camino en tacones y faldita y me siento horrible, asqueada de los hombres que se me quedan mirando con la boca abierta. ¿Cómo puede el rechazo excitarme tanto? O mejor dicho, su rechazo. Esto es algo que aún no comprendo. Andrés Coca-Cola tiene una habilidad especial para despertar mi libido a través de su indolencia. Me tiene en su mano como una hormiguita y sé que podría ser aplastada en cualquier momento. Tanta crueldad me aflige y seduce a la vez.
Andrés me tiene a sus pies y lo sabe, pero no sé si él sabe que yo lo sé. No sé si me creerá tan tonta. Al menos soy del tipo de tonta que sabe que lo es. No puedo hacer mucho, este juego me encanta. Este juego en el que sé que seré yo la que terminará perdiendo. Me encanta y me va a encantar siempre y cuando lo tenga ahí, así como él me tiene. Siempre y cuando lo tenga ahí abriéndome la puerta de su apartamento cada que vaya a buscarlo, seré feliz. No me importa el daño, ni lo que sea que pueda pasar. Necesito que esta Coca-Cola me dure mucho tiempo.
domingo, 7 de enero de 2018
Overdose
El viernes tuve una sobredosis de Andrés Coca-Cola. Andrés llegó de un viaje largo para irse a otro aún más largo y sé lo que lo voy a extrañar otra vez. Lo peor de días como el viernes es que se pierden y después uno es un acopio de recuerdos y nostalgias.
Cada vez me encariño más y tengo miedo, pero es esta sensación de adrenalina la que hace que quiera seguir cayendo en picado, porque hace mucho me lancé con los ojos vendados. Lo quiero mucho, es el highlight de mi vida en estos momentos y a veces quisiera no darle tanta importancia, pero no puedo.
Cada vez me encariño más y tengo miedo, pero es esta sensación de adrenalina la que hace que quiera seguir cayendo en picado, porque hace mucho me lancé con los ojos vendados. Lo quiero mucho, es el highlight de mi vida en estos momentos y a veces quisiera no darle tanta importancia, pero no puedo.
martes, 2 de enero de 2018
Coca-Cola
Con Andrés Coca-Cola me pasa algo extraño. De él guardo una imagen que se ha ido distorsionando con los días. Puede que el Andrés que ahora me guste sea el Andrés de esa imagen que aún conservo en mi cabeza: la del primer día. La del saludo imprevisto con su mirada firme, su acentico caldense y su voz gruesa. La de ese perfecto extraño demasiado serio y maduro que entre más me trataba con indiferencia más me excitaba. No voy a decir que aún no lo hace, porque afortunadamente me sigue tratando así y por ende me sigue excitando, pero esa imagen ha perdido color y ha adoptado otras formas. Ya no lo veo tal cual, hay cosas que han cambiado. Al fin y al cabo si el dinero es una ilusión, el amor también lo es. Quizás, si estoy con él, es porque quiero pensar que estoy con el Andrés que yo misma inventé.
Andrés Coca-Cola es demasiado simplón: no lee, no escribe, no baila, no ve películas, no tiene nada artístico. Muchas veces me ha preguntado qué haces y yo le respondo escribo y en mi mente digo sobre ti otra vez, idiota, pero él jamás se preocupa por lo que escribo. No me dice muéstrame, yo quiero ver, ni me pregunta por qué lo hago, ni dónde, ni sobre qué. Andrés es desabrido y sin embargo me tiene ahí detrás llamándolo, escribiéndole, rogándole, buscándolo al apartamento, haciendo lo que él me diga, dejando de hacer lo que no y así... Ya les dije que estaba siendo una tonta. Lo importante es que lo sé.
Tal vez he dado razones por las que Andrés Coca-Cola debería no gustarme, es decir, ¿cómo podría fijarme en un tipo que de artístico no tiene nada? No va conmigo, pero la verdad es que lo he pensado muy bien y no hay ni un solo tipo que hasta el momento haya dado la talla. Todos han tenido pero también les ha faltado. Entonces, ¿para qué exijo? ¿Por qué necesariamente tiene que ser uno que escriba y lea? Es cierto que toda la vida hablé mal de los ingenieros, pero yo ya no quiero un amor a letras, porque esos son los amores que no dan más, se quedan ahí, en letras y no más. Ya lo viví con alguien y no pienso volver a hacerlo. Hasta la ilusión de acostarme con ese alguien se quedó congelada en narrativa y palabras, porque cuando la materializábamos en una cama era un fracaso total. Un revés muy grande que me bajó de las nubes para aterrizar en la realidad que me envolvía, lejos de todas esas letras que significaron mucho y nada. Entonces no. No, thanks. I had enough.
Hace poco me estaba cayendo un tipo que no solo lee y escribe, sino que además dibuja muy bien (alcanzó a dibujarme un Husky siberiano en la nieve y un elefante africano), pero no pude con su físico y lo descarté enseguida. Me di cuenta de que detestaba sus manos blanditas, la irregularidad acentuada de su cuerpo, su caminado tambaleante y corcovado, su boca babosa (escupía al hablar) y hasta su nariz demasiado imperfecta. Me gustaban su mente y su edad mayor, pero nunca me sentí atraída por su físico a pesar de que había perdido peso. Preferí tenerlo en la pantalla, hablando de mundos y personas; de nosotros y la vida. Me aproveché de que yo le gustaba para mandarle nudes que tomaba para él por el solo capricho de sentirme deseada por un hombre que jamás me iba a tener porque no me despertaba nada, pero un día me cansé de hablar tanto, de tener que responderle largo y tendido, de tener que filosofar siempre con cada conversación que teníamos, y le dije que no más. De todas formas, Andrés Coca-Cola había llegado a mi vida y supuse que con eso tendría suficiente cuando en realidad seguía sin tener nada. Solo se tiene suficiente cuando se está solo.
A Andrés Coca-Cola sigo sin entenderlo. Tal vez es por esa imagen que se distorsiona y yo intento enfocarla con el lente pequeño de mis ojos, porque este Andrés es ahora otro Andrés para mí. No logro entenderlo pero lo que sí sé es que él es como la Coca-Cola: too sweet. Pero no hablo del sweet relativo a tierno y cariñoso, hablo de ese nivel desorbitado de azúcar que hace daño, que indigesta y enferma, porque así es él: dulce y dañino. Dulce y oscuro. Dulce y nocivo. Una palabra suya son diez cucharadas de azúcar, un beso veinte, cada gemido mil. Voy a morir de sobredosis y me encanta.
No entiendo cómo duraron tanto sus relaciones de cinco y seis años; Andrés es demasiado complicado. Nunca lo sabré porque él no habla del pasado, o mejor dicho, de sus pasados, pero eso es algo que me gusta. Supongo que prefiero no entender. Lo único que se me ocurre es que puede que a sus otros pasados Andrés también les haya resultado adictivo, como la Coca-Cola, porque si algo deben saber es que Andrés absorbe. ¿Cómo? No tengo la más remota idea, pero absorbe. Uno solito se va empecinando sin darse cuenta y en menos de nada ya está dentro de una pesadilla. Sin darme cuenta ya estaba haciendo lo que él dijera. Una vez intenté borrarlo de mi vida y no pude, le seguía respondiendo cada mensaje, cada llamada que me entrara, y al día siguiente estaba de nuevo haciendo sombra en su puerta.
Creo que le tengo miedo. No quiero que me deje porque si lo hace me quedaré sin dolor. No me va a doler cuando se vaya, por eso lo necesito ahí, como mecanismo para sentir un dolor constante que me cautive y embobe; recuerden que soy masoquista. Un día Andrés Coca-Cola me va a salir mal, peor que todos mis pasados, y yo me voy a reír, porque te lo dije, Catalina, te lo repetí muchas veces: ¿Qué hacías detrás de un tipo de treinta y dos que lo único que hizo fue empequeñecerte? Te fascinaba, te encantaba cómo te hacía sentir y por eso no podías dejarlo. He broke your bones while you laughed. Ese día no vayas a salir corriendo buscando en quién apoyarte. Recuerda que fuiste tú la que empezó el juego.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)