Es difícil explicar el estado emocional en el que me encuentro ahora, pero supongo que lo más acertado sería decir que es algo parecido a la nada: no siento nada. O siento que no siento nada... No sé cómo explicarlo.
Desde que D se fue al trabajo, a eso de la una, de repente mi estado de ánimo se vino al piso. Con D hemos venido hablando desde el lunes y supongo que eso es lo que me ha mantenido viva. Esta mañana hablamos. ¡Esta mañana fue un mensaje suyo lo que me ha despertado! Me hizo tan feliz... Y desde que se fue no hemos vuelto a hablar. Abro nuestra conversación y la leo y releo una y otra vez. No hablamos mucho y sin embargo siento como si hubiese sido más que suficiente para tener los ánimos de respirar aunque sea.
[Activo(a) hace 7 horas].
Hace 7 horas que no hablamos. Me lo imagino trabajando, ocupado, yendo de un lado a otro con la mente llena de mil cosas, menos de mí, quizá. ¿No es irónica la vida? No hablamos por más de un mes (el mes más eterno e infernal sin él) y cuando vuelve a mi vida a los cuatro días consigue trabajo y entonces no tiene tiempo de nada. Maravilloso.
Me siento tan vacía... Supongo que hacía mucho no sentía estas ganas terribles de hacer nada. Y cuando digo nada es literalmente nada: no me he bañado, no he hecho deberes, no he visto algún programa en la tele o alguna peli o serie que me interese... Y esta noche decido no comer. Sí, tengo hambre, y sin embargo no me apetece ni comer. Al lado mío solo tengo una taza de té verde; espero a que se enfríe un poco.
¿Qué son estas ganas inexplicables de no hacer nada que no me apetece ni llorar las penas que llevo adentro? Es que ni eso, joder. Ni ganas de llorar tengo y yo tan chillona y sensible que soy.
He concluido que la falta de D genera mi desgano. Si no está él, no quiero nada. No quiero nada y entonces mi única compañía son los libros, mi cama y la música...
Lo de no bañarme aún, aparte de que se debe a que carezco de las ganas para hacerlo, se debe también a que tengo miedo. Y si ha llegado el momento de sincerarme, confesaré entonces que he engordado. Y no, esta vez no se trata de una distorsión de la imagen de mi propio cuerpo, ni de alucinaciones, ni de exageraciones ni nada por el estilo. Desearía que fuera por alguna de esas razones; pero no, esta vez se trata de la realidad, que son todos los kilos de más repartidos por todo mi cuerpo y haciéndome entender que me he convertido en un maldito cerdo. Me miro al espejo y ya no veo ninguna panza plana. ¿A dónde se ha ido? No veo los huesos de las caderas, ni las costillas sobresaliendo, ni nada que me haga feliz ni me haga sentir perfecta. Nada que me apremie por mi esfuerzo y mi fidelidad a Ana. Siento los gorditos a los lados y mis muslos más enormes que nunca. Siento la grasa sobresalir como si fuera espuma en expansión. En resumen, todo lo que puedo ver al espejo es el resultado de un sacrificio que desde hace mucho se fue a la mierda. Un sacrificio que yo misma mandé a la mierda.
Decepción.
No me baño porque tengo miedo. Miedo a mi cuerpo. Miedo a enfrentarme a mi desnudez y al espejo y no ver lo que mis ojos quisieran ver. Es tan horrible tener que soportarlo...
D es todo lo que me interesa ahora y si tengo que soportar más días sufriendo porque nuestras conversaciones no son las mismas, lo haré. Haré lo que sea con tal de hablar aunque sea una vez al día, como hoy, como esta mañana. He pensado en él en todo el día. A decir verdad, se siente mal cuando eres consciente de que esa persona no te ha pensado como tú en ella, pero, ¿qué puedo hacer?
Nada.
No hay nada que pueda hacer.
Aunque con D hablé esta mañana, siento como si hubiese sido el día más triste. O por lo menos el más triste en mucho tiempo. Me he sentido sola como nunca; como siempre. No soporto mi propia soledad ya. Lo que antes era mi deleite, mi placer (pasar tardes enteras disfrutando de mi propia compañía sin el estorbo de nadie) de repente ha pasado a convertirse en un constante martirio que viene y me tortura y no se va.
El calor que no puede darme ninguna persona me lo han dado hoy mis sábanas. ¿Suena triste? Es que lo es. Mi vida es simplemente triste.
Y terminaré esta entrada y seguramente terminaré también de beber mi té, iré a la cama de nuevo y seguiré leyendo; 83 páginas más y acabo Abzurdah. ¿¿Qué haré cuando me termine el libro?? Creo que de solo pensarlo entro en pánico porque literalmente siento que Abzurdah ha sido mi única fiel compañía desde la semana pasada, y una vez que lo acabe ya no tendré a qué recurrir.
Terminaré de escribir y en la oscuridad de mi habitación contaré las horas y los minutos que restan para volver a hablar con D. A las once vuelve a casa. Es todo lo que sé. No sé si querré hablarle, si prefiera quedarme dormida, si esperar... A veces incluso tengo miedo a hablarle porque siento que, una vez más, lo triste de nuestras conversaciones me afectará lo suficiente como para querer desaparecer.
A mi madre le he contado que con H ya nada de nada. Que se acabó. Sinceramente, siento como si me hubiese liberado de una carga encima. ¿Qué hacía ilusionando a alguien de una forma tan cruel? ¿Qué hacía con alguien cuando en realidad quería estar con otra persona? No sé qué me pasa, pero siento que siempre termino tomando las peores decisiones.
Todo va de mal en peor. Esta mañana he hecho que mi padre se pusiera de mal humor porque ve que no me nace orar, ni ir a la iglesia, ni leer La Biblia, ni hacer cualquier otra cosa que se relacione con Dios y la religión. En mi casa son todos híper religiosos (especialmente mi padre) y lo que no saben es que desde hace mucho perdí las ganas hasta de pertenecer a una religión. ¿Desde cuándo hacerlo suena a obligación?
Mi vida es eso: falta de ganas de todo.
Me cuesta mucho tener que acostumbrarme a los cambios repentinos de mi vida; las subidas y las bajadas, la seguridad de un amor y la sensación de abandono en menos de cinco segundos, las risas que acaban en un llanto desesperado, las esperanzas que se convierten en ilusiones rotas... Me cuesta todo esto. Me cuesta esta montaña rusa que no acaba nunca y me tiene mal.
Hoy no me preguntes cómo estoy, porque no lo sé. Juro que no lo sé...

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