Siento tanta impotencia de no poder regresar el tiempo atrás, o de adelantarlo lo suficiente como para volver a sentir un hueco profundo en el estómago, que quiero llorar.
Odio la comida. Lo siento, madre. Pero odio tus almuerzos. Odio que todo lo tengas que servir en platos grandes. Odio tus sopas y la manera despreocupada en que pones cualquier cosa en el plato con el fin de que se vea lleno, como si te bastara con que el almuerzo aparentara ser harto, completo...
Odio que me alimentes, madre.
Odio que tengas que poner tanta salsa de tomate en el arroz con pollo. ¿Por qué mierdas desperdicias así la salsa? Parece que se te fuera la vida chorreando todo el puto arroz de esa asquerosa salsa roja.
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| (Como me siento ahora mismo) |
Estoy harta de que me des pan al desayuno. Estoy harta de tener que ingeniarme siempre algo para ocultar la comida que me das; para escupirla, botarla, dársela a la perra, guardarla en los cajones, tirarla a la ventana.
No puedo más.
Creo que nunca había comido el almuerzo con tanto asco. Sentía asco de ver la comida ahí, al frente de mí, de sentir su sabor, de tener que tragarla al frente de mis padres.
Sentía un nudo en la garganta.
Quería llorar escandalosamente.
Pararme de la silla y encerrarme en mi habitación.
Empezaré a restringir más. Al desayuno, sobre todo. Porque ya que los almuerzos son platos gigantescos llenos de porquería, debo encontrar la manera de disminuir calorías lo más que pueda; y la única opción que me queda es en las mañanas.
Mierda, quiero largarme y echarme a llorar. Quiero gritar. Estoy tan asqueada de todo.
Hoy puedo decir, con firmeza, que odio mucho la comida.

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