Esta mañana D no me ha escrito; no me ha dejado ningún mensaje y sé que no lo hará. En unas horas se irá a trabajar y a las once de la noche volverá a casa, y entonces llegará cansado, a dormir. ¿Y dónde quedé yo? En la nada, en el olvido, supongo. Allá, lejos en un rincón polvoriento... inservible. Quedé en el rincón de tu mente en donde acumulas todas tus despreocupaciones, porque eso soy para ti ahora, en eso me he convertido: en una despreocupación más. ¿O me equivoco, D?
No lo creo.
¿Cuántas veces más tendré que repetirlo? Las suficientes hasta que me canse o pueda acostumbrarme: D ya no me quiere. D ya no me quiere... D me habla porque le toca, porque no quiere ser tan descortés, porque me ve tan ilusionada que por lo menos se toma la molestia de calmar mi dolor a punta de conversaciones pequeñas, que no dejan de ser insípidas. Ya nada tiene sabor en mi relación con D.
Despertarte en la mañana con la vana ilusión de que encontrarás un mensaje de esa persona en tu móvil, mirar y darte cuenta de que en realidad no hay nada, es de las peores cosas que hay. A mí la dejadez de D me duele terrible. Su descuido, su persistente desinterés hacia mí; la chica que hacía unos meses era el pilar de su vida. La que ocupaba el primer lugar. La que habitaba allá arriba, justo en el ápice de la montaña de su característica vida. La que había robado ese pedacito de corazón y que lo había marcado profundamente. La que estaba convencida de ser suya para siempre.
Pero una vez más me caigo y aquí estoy, tumbada en el suelo, tan desprotegida... tan dejada.
¡Quiéreme, D! O, mejor dicho, ¡ámame! ¡Ámame como tanto decías que me amabas! ¡Pregúntame cómo estoy, cómo amanecí! ¡Dime que me extrañas mucho, que piensas en mí todo el tiempo! ¡Dime todas esas cosas bonitas que solías decirme incansablemente! Hasta que fui yo la que se cansó... Y con el tiempo mi cansancio te cansó.
Ven y dime que mueres por verme. Que soy lo primero que quieres ver al comienzo del día. ¿No era eso lo que más añorabas, D? ¿Dónde están tus malditas promesas de un amor eterno? No hay nada. Todo ha quedado enterrado en el pasado. Todo se hunde en las dunas.
Me quedan las últimas 43 páginas para terminar Abzurdah. Un libro más que se va, que me cicatriza para siempre. No lo he terminado aún y sin embargo puedo sentir esa profunda nostalgia que sé que vendrá a visitarme en días amargos como hoy, cuando me sienta auténticamente sola y no tenga ni siquiera ese bendito libro para aplacar el horrible sentimiento de soledad que me concome todos los días.
¿Sin Abzurdah y sin D qué será de mí entonces? No lo sé... Ya me conseguiré algún otro libro, o algo. Pero algo tendré que hacer. O de lo contrario muero. Me muero.
Déjenme cerrar los ojos por un momento. Déjenme imaginar. Quiero soñar con lo que estaría pasando ahora mismo, si las cosas siguieran siendo como lo eran un domingo de mayo de 2014.
Hace un año, D y yo cumplíamos mes, nuestro primer mes, tres días atrás. Si las cosas siguieran igual, D me estaría escribiendo ahora mismo. No soportaría que las palabras se congelaran; me diría cualquier tontería, cualquier bobada con especial dulzura, con tal de no dejar que la conversación se esfume.
D me pide insistente que lo llame por Skype; quiere verme antes de irse. Volverá a casa a eso de las once y serán muchas horas en las que no podrá verme. Me promete que de vez en cuando sacará tiempo para escribirme. Que no importa qué tan ocupado esté, él me escribirá como sea. Ve mi último estado en Facebook que está en francés y me pregunta qué significa y que por qué escribí eso. Siempre tan interesado en mí...
C'est fou comment les gens t'oublient quand ils n'ont plus besoin de toi.
Me has olvidado, D. Aunque finjas estar ahí sé que me has olvidado. Ya no me necesitas más y es por eso que me has olvidado. Tienes a esa chica bonita que ahora mismo está ocupando mi lugar, tienes un trabajo, en pocos días te gradúas; te sientes realizado. ¿Qué hago yo en tu vida entonces? ¿Qué lugar ocupo? La respuesta es más que obvia y ya todos la sabemos: ninguno.
D me dice que me extraña, que en el trabajo me piensa incesantemente. Me pregunta cómo me siento, qué pienso hacer hoy; me pregunta que por qué soy tan hermosa...
—So babe...
—Yes?
—Why are you so beautiful?
Aaah, sí. Aún recuerdo.
Pero la realidad no esa, amigos. La realidad es una deplorable montaña de escombros que se acumulan y van aumentando y me hacen sentir insignificante y me hieren. En la realidad de la que os hablo, no hay ningún D que me echa de menos; no hay un D que me piensa, que me escribe, que quiere estar al tanto de lo que pasa en mi vida. No hay palabras bonitas ni mensajes cariñosos. Hay una brecha profunda en el corazón de una chica a la que le fueron prometidas mil cosas que jamás se cumplieron. Hay un llanto afligido por cada día que pasa... Hay dolor, abandono, desengaño...
Yo no me voy a rendir. No voy a ceder, no. Quizás todo lo que él necesita es tiempo para darse cuenta de que la chica con la que está no puede darle todo lo que yo le di durante once meses de su vida. Tiempo. Estoy dispuesta a esperar. Quiero que regreses a mí y me ames profundamente como lo hiciste alguna vez. Quiero.
Tú regresa que yo te espero.
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