Esta mañana cuando regresé a mi habitación después
de ducharme, sentí nuevamente esa horrible melancolía. Esa tristeza profunda e
interminable que viene y me consume, y luego se va llevándose una parte de mí o dejándome sin nada. Cerré la puerta y me senté a un lado de la cama con la toalla puesta protegiéndome del
frío. Tenía el pelo empapado, las manos gélidas… los ojos tristes. Miré a mi
alrededor y por primera vez en mucho tiempo sentí la habitación más vacía que
nunca. Estaba claro que de repente me había convertido en la persona más
solitaria, más abandonada, más reemplazada… Todo eso era ahora, sí. Sobretodo
reemplazada. D me había reemplazado de la manera más cruel y
desgarradora. ¿Cómo pudiste hacerme esto, D? Me reemplazaste cuando
más te necesitaba, lo sabes…
Miré a la izquierda
sin mucho interés. Observé el computador a lo lejos, muerto como él solo. Como mi alma. Estaba apagado, apartado
en un rincón sobre el escritorio. No emitía ningún ruido. Ninguna llamada de
Skype, ningún mensaje, ningún sonido que socavara ese eterno silencio que se
encerraba en las cuatro paredes de la fría habitación. Nada que me hiciera creer que no estaba sola. Nada que pudiera hacerme sentir viva. Nada. Estaba totalmente en silencio como todo en mi vida. Todo era vacío ahora.
Estaba inmersa en la nada, en el silencio, en la oquedad... D ya
no estaba en mi pantalla. Ya no lo veía despertar ni él a mí, ya no me despedía
de él cada mañana antes de partir. Ya no me veía él mientras me arreglaba,
mientras me pintaba con cierta feminidad... Extrañaba eso. Extraña que D me observara con ojos de admiración,
como solía hacerlo siempre. Pero sus ojos ya no estaban; ni los momentos, ni las palabras, ni las mañanas juntos... Las cosas habían dado
un vuelco en mi vida en el momento en que menos lo esperaba.
Recordé entonces la noche anterior: me había quedado dormida llorando, de nuevo. ¿Por qué siento que de repente se ha vuelto una costumbre? Todas las noches acabo siempre en mi cama llorando intranquilamente, sintiéndome pequeñísima, abandonada, olvidada… ahogándome entre gritos desesperados, empapando la almohada de lágrimas y abrazando con fuerza a mi elefante porque en momentos como ese es todo lo que tengo. Y recordé escuchar Bosco de Placebo mientras lentamente me dejaba caer en un sueño profundo que pronto me ayudaría a olvidar la realidad que estaba viviendo. Esa realidad que tanto me carcomía Los ojos me pesaban del cansancio, me ardían de tanto llorar. Bosco sonaba a lo lejos, repitiéndose una y otra vez incansablemente, y en pocos minutos ya me había quedado dormida, sumergida en algún lugar lejos de la realidad de este mundo indolente. Últimamente dormir se había convertido en mi placebo, en mi único efecto curativo. Dormía para no pensar, para no sentir.
"Esto que siento no lo sabe ni entiende nadie", pensé. ¿Hay algo más doloroso que sufrir en silencio? Todo en mi vida era ahora una polvorienta fotografía a blanco y negro. Nadie jamás iba a entender todo el sufrimiento que en esos momentos me dominaba por dentro, y yo no tenía otra opción más que conformarme. Más que quedarme callada… más que fingir una sonrisa forzosa que miente y aparenta y nunca dice la verdad. Nadie jamás iba a entender por qué en mi fotografía solo había blanco y negro.
Recordé entonces la noche anterior: me había quedado dormida llorando, de nuevo. ¿Por qué siento que de repente se ha vuelto una costumbre? Todas las noches acabo siempre en mi cama llorando intranquilamente, sintiéndome pequeñísima, abandonada, olvidada… ahogándome entre gritos desesperados, empapando la almohada de lágrimas y abrazando con fuerza a mi elefante porque en momentos como ese es todo lo que tengo. Y recordé escuchar Bosco de Placebo mientras lentamente me dejaba caer en un sueño profundo que pronto me ayudaría a olvidar la realidad que estaba viviendo. Esa realidad que tanto me carcomía Los ojos me pesaban del cansancio, me ardían de tanto llorar. Bosco sonaba a lo lejos, repitiéndose una y otra vez incansablemente, y en pocos minutos ya me había quedado dormida, sumergida en algún lugar lejos de la realidad de este mundo indolente. Últimamente dormir se había convertido en mi placebo, en mi único efecto curativo. Dormía para no pensar, para no sentir.
"Esto que siento no lo sabe ni entiende nadie", pensé. ¿Hay algo más doloroso que sufrir en silencio? Todo en mi vida era ahora una polvorienta fotografía a blanco y negro. Nadie jamás iba a entender todo el sufrimiento que en esos momentos me dominaba por dentro, y yo no tenía otra opción más que conformarme. Más que quedarme callada… más que fingir una sonrisa forzosa que miente y aparenta y nunca dice la verdad. Nadie jamás iba a entender por qué en mi fotografía solo había blanco y negro.
En esos momentos,
mientras volvía a impregnarme de las letras de Bosco y pensaba en qué ponerme, odié mi habitación. Me miré al espejo que tenía
justo al frente y que amenazaba con mostrarme la peor imagen de mí: mi yo más
dejado; allí, sentada en la cama con el pelo suelto y empapado, con las ojeras púrpuras causadas por
el llanto y el desvelo, con los ojos embebidos de una tristeza absoluta que de repente
se había apoderado de mi vida. Observé que los brazos me colgaban lánguidos de
lado a lado como si en serio ya no me quedasen ganas de nada. Recién estaba empezando
el día y sin embargo ya me sentía física y mentalmente agotada, destrozada. Y
entonces escucho la voz de mi madre detrás de la puerta, avisándome que el
desayuno está preparado y preguntándome si prefiero comerlo en la habitación o en
el comedor. Le dije que en el comedor; no quería sentirme sola. No soportaba
estar un segundo más allí encerrada. La sensación de soledad en mi habitación
me consumía por dentro, me estaba empezando a matar lentamente. Ya no soporto
ni siquiera mi propia habitación. Ya no me hallo en ninguna parte porque D no
está allí, para salvarme. Y no lo va a estar, nunca más. Ya no…
Ya
no.
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